—Dale tiempo y lo hará.
—Espero que tenga tiempo. Espero que pueda volver a caminar.
—El tiempo lo dirá.
—Sí.
Paula subió la escalera. Estaba muy cansada. Sin embargo, cuando se tumbó en la cama y trató de dormir, los recuerdos se lo impidieron.
La primera vez que hicieron el amor, Pedro la había llevado a montar a caballo al rancho familiar, que estaba en las afueras de la ciudad. A Ana no le parecía lo suficientemente aceptable para vivir, pero a Pedro le encantaba.
Paula había conocido a Ana Alfonso aquella mañana, en la mansión que la familia tenía en Billings. La mujer se había mostrado inmediatamente fría y hostil. Había dejado muy claro que no tenía ningún interés por una de las muchas chicas con las que salía su hijo y no había dejado pasar la oportunidad de mencionar que, aquella noche, su hijo tenía una cita con una muchacha de buena familia.
El incidente le había provocado un mal sabor de boca a Paula. Había empezado a sospechar que ella no era la única chica para Pedro y sabía que no podía competir con una chica de la alta sociedad. No tenía ni la educación, ni las ropas ni el dinero. Lo único que tenía era un cuerpo que él deseaba. Sin embargo, si se lo daba, podría ser que no volviera a verlo después. No sabía qué hacer.
Pedro había atado los caballos a unos árboles y había llevado a Paula a la orilla de un arroyo que partía en dos la finca. Él iba vestido con unos vaqueros, como ella, una camisa de franela y un sombrero. Paula completaba su atuendo con una blusa de color rosa. Era verano y hacía mucho calor. Estaban a una gran distancia de la casa o de cualquier lugar habitado.
—Pensé que me habías dicho que éste era un rancho muy pequeño —murmuró secamente Paula, sonriendo al ver cómo él se apoyaba sobre un árbol con el sombrero en los ojos.
—Es pequeño, cielo —dijo él—. Comparado a los ranchos que suele haber en Montana, la tierra cabe en un dedal.
—Pues a mí me parece muy grande.
Se rodeó las piernas con los brazos y apoyó la barbilla sobre las rodillas. El viento le alborotaba el cabello. De repente, notó que la mano de Pedro se lo agarraba y tiraba de ella hacia atrás, de modo que la hizo caer al suelo. Entonces, colocó una pierna sobre las de ella y la miró con sus relucientes ojos claros.
Era como un sueño para ella... Olía la cara colonia que él llevaba, el del cuero... Era alto y fuerte.
La presión de aquella pierna sobre las de ella era muy íntima, como el modo en el que el torso aplastaba los pechos. A Paula le encantaba aquella postura. Le encantaba él. Llevaba días deseando que él la tocara pero Pedro había mantenido las distancias. Aquella era la primera vez que estaban cerca y eso provocaba que el cuerpo le vibrara de un modo muy peligroso.
Pedro estaba sintiendo algo parecido. Ya no podía contener más el deseo. La necesitaba. Paula se mostraba sumisa y dulce y era lo suficientemente mayor como para saber lo que quería. No había razones para seguir conteniéndose.
—Llevo días esperando esto —dijo él con voz ronca—. ¿Tienes miedo de mí, Paula?
—No. No te tengo miedo —susurró ella, a pesar de que sí estaba asustada.
Jamás había conocido la pasión de un hombre y, en la postura en la que estaban en aquellos momentos podía sentir la fuerza de la erección de Pedro contra la pierna.
Se le ocurrió que algunos hombres debían de estar más generosamente dotados que otros y sintió un momento de pánico al preguntarse si podría acogerlo dentro de su cuerpo, dada su falta de experiencia.
Pedro no sabía que ella era virgen, porque Paula le había hecho creer algo muy diferente. Pensaba que tenía veintecuatro años, cuando sólo contaba con vienteún. Tantas mentiras...
Pedro se inclinó sobre la boca de ella e hizo que se abriera de un lametazo.
—Muy suave —susurró—. Y dulce como el azúcar.
La lengua se introdujo hasta los más oscuros recovecos de la boca de ella con un lento y sensual ritmo que produjo un extraño efecto en el cuerpo de Paula. Los pezones se le irguieron y sintió una cálida humedad entre las piernas. Poco a poco, la larga pierna de Pedro se fue colocando entre las de ella y comenzó a moverse con el mismo ritmo que la lengua. De repente, la tortura se detuvo. Instantes después, él le quitó la blusa y el sujetador y la boca se prendió en un seno desnudo con una ferocidad que la llenó de un profundo placer. Paula no tuvo tiempo de avergonzarse porque él le viera los senos desnudos. Se vio sumergida en una pasión tan profunda en la que no importaba nada más que el placer que Pedro le estaba proporcionando.
Después de eso, todo se fundió en un puro éxtasis. Pedro los desnudó a ambos casi sin que ella se diera cuenta. Entonces, mientras la miraba el rostro y los ojos, la penetró con un único y furioso movimiento.
El agudo dolor que Paula experimentó se vio superado por el increíble placer que experimentó con la penetración. A pesar de todo, notó que no podía acogerlo por completo dentro de ella.
—Dios, eres virgen —susurró él.
Sin embargo, los involuntarios movimientos de Paula desataron su deseo con una fuerza casi explosiva. Empujó hasta completar su satisfacción, apenas lúcido como para agarrarle las caderas y moverla al mismo ritmo que él. Alcanzó el orgasmo casi inmediatamente y gruñó de placer al escalar las laderas del placer más completo que había experimentado jamás. Tembló contra el cuerpo de Paula durante una eternidad y, de repente, se relajó y cayó encima de ella, cubierto de sudor.
—Lo siento —musitó. Con la boca, notó que ella tenía los ojos húmedos, pero sonrió, pensando que las lágrimas eran porque no la había satisfecho. Le mordisqueó suavemente la boca—. Esta vez te esperaré, pequeña.
Y así fue. La segunda vez, la besó y la acarició de un modo que ella sólo había podido imaginar. El cuerpo empezó a arderle antes de que la estrechara contra su cuerpo y empezara a transportarla a un éxtasis impensable. Paula gritó de placer, porque éste era tan terrible que le pareció estar a punto de morir.
Cuando terminaron, él la abrazó durante un largo tiempo. Paula tenía la mejilla contra el húmedo y velludo torso de Pedro mientras él se fumaba un cigarrillo. No se vistieron porque no había necesidad. El disfrute de Pedro por la desnudez de Paula era evidente. Se terminó el cigarrillo y permaneció mirándola, como si estuviera viendo en ella una belleza que jamás había pensado experimentar. Paula no se mostró avergonzada. El placer que había encontrado había terminado con todas sus inhibiciones. Su primera vez había sido maravillosa.
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