— ¿Lo amabas?
—No —admitió—. El único hombre que he amado... murió en Vietnam. Era militar de carrera. Era amigo de mi esposo. Horacio Alfonso tenía dinero y perspectivas y yo quería respetabilidad y seguridad. Lo arrojé todo por conseguirlas. Incluso me quedé embarazada para que se casara conmigo, pero el precio que pagué...
— ¿Has tenido noticias del hospital? —le preguntó Paula, tras una pequeña pausa.
—Sí. Me dijeron que Pedro estaba descansando cómodamente y que estaba fuera de peligro. Ahora, sólo rezo para que se recupere por completo. Lo que le dijiste ha debido de surtir efecto, porque la enfermera me dijo que estaba consciente.
Cuando llegaron al hospital, se dirigieron a la habitación en la que se encontraba Pedro. Ya había salido de la UCI y tenía los ojos abiertos, adornados con una mirada acusadora. El dolor que sentía a pesar de los analgésicos que estaba tomando era tan evidente como su ira.
— ¿Cómo te sientes? —le preguntó Ana con miedo.
— ¿Cómo diablos te crees que me siento? —le espetó él—. Dios mío, eres valiente. En tu lugar, yo estaría haciendo las maletas.
—Pedro, trata de comprender —suplicó Ana.
—Lo he estado intentando desde que me he despertado de la anestesia. ¿Sabes lo que me has hecho?
— Sí —susurró ella casi temblando—. Lo sé muy bien, pero pensaba que hacía lo que creía que era mejor para ti.
—Era yo quien tenía que haber tomado esa decisión, no tú.
-Pedro...
—Y tú —le dijo a Paula, que había guardado un segundo plano hasta entonces—. ¿No te paraste a pensar que habría merecido la pena que me hicieras escuchar?
—Tenía miedo de que me arrestaran. -
— ¡Me podrías haber escrito!
—Lo hizo —intervino Ana—. Yo rompí la carta. Pedro lanzó una maldición. Su madre tuvo que contener las lágrimas.
—Fuera —le ordenó a su madre.
— No hagas eso —intercedió Paula —. Todo esto es agua pasada. Nadie sufrió daños más que yo. No tienes que fingir que estabas muerto de amor por mí. Me deseabas y me habías tenido. Todo había terminado antes de que yo me marchara de Billings y lo sabes. Te alegraste de poder tener una excusa para sacarme de tu vida. Ciertamente, tuviste mucho consuelo cuando yo me marché.
— ¡No sabía que había un niño! —exclamó él.
—¿Y si lo hubieras sabido? —le preguntó Paula—. Tú no querías tener nada conmigo. No creo que hubieras querido a Franco.
— ¿Y tu esposo sí?
—Sí. Juan lo quería muchísimo.
Pedro lanzó un suspiro y, tras realizar un gesto de dolor, cerró los ojos.
—Oh, Pedro—murmuró Paula.
—Sobreviviré —musitó él. Entonces, abrió los ojos y contempló a las dos mujeres—. Desgraciadamente para ustedes dos.
— ¿Necesitas algo? —preguntó Ana, como si él no hubiera dicho nada.
—No —le espetó él.
Paula asintió para sí misma y llamó a la enfermera. Ella le puso una inyección y volvió a marcharse. Aan decidió bajar a comprar un café para las dos. Paula, por su parte, tomó una silla y se sentó al lado de la cama de Pedro. Entonces, le tocó suavemente la mejilla.
— Seis años —susurró él.
-Sí.
—No lo sabía... Oh, Dios, Paula, yo no lo sabía...
Los ojos se le llenaron de lágrimas durante un instante. Paula se inclinó sobre él y le acarició suavemente el cabello con una mano.
—No... No puedo soportarlo, Pedro...
Con los labios, le acarició suavemente la mejilla, la barbilla, la comisura de la boca...
—Cariño... Cariño, lo siento. Lo siento tanto...
Pedro movió la cabeza lo suficiente para que ella pudiera alcanzarle los labios. Ella los besó con ternura, un breve roce que pareció borrarle del rostro parte del dolor que él sentía. Entonces, Paula apoyó la frente sobre el hombro de Pedro.
— ¿Podré andar?
—Por supuesto que sí —respondió ella, rezando para que aquello no fuera una mentira—. Ahora, trata de dormir. Necesitas descansar todo lo que puedas.
—Mi madre... mi madre me mintió...
—Una madre es capaz de hacer cualquier cosa por un hijo. Por favor, no pienses más en ello. Tienes que mejorarte. Trata de no culparla.
Pedro trató de hablar, pero estaba demasiado débil y demasiado dolorido. Cerró los ojos cuando la medicina empezó a surtir efecto. En silencio, Paula empezó a llorar.
Ana se detuvo en la puerta, haciendo un gesto de dolor al ver la angustia que se reflejaba en el rostro de Paula. Se marchó de la habitación, decidida a darles intimidad a ambos. Qué bien había comprendido aquella mirada. Hacía que su sentimiento de culpa fuera aún mayor...
Pasó otro día antes de que Pedro pudiera sentarse en la cama. Estaba muy pálido y débil. Había perdido peso, pero nada de eso parecía surtir efecto alguno en su mal genio. Resultaba grosero y completamente hostil a cualquiera que estuviera a su alrededor. Había empezado a comprender el alcance de sus heridas y la posibilidad de que tal vez no volviera a andar.
—Me mentiste —le acusó a Paula—. Tú me dijiste que podría andar, pero el cirujano no está seguro.
—Sabes muy bien que él dijo que eso depende de lo bien que te recuperes de la operación y lo mucho que estés dispuesto a trabajar con el fisioterapeuta cuando te den el alta. El doctor Danbury cree que tienes muchas posibilidades.
— Danbury vino aquí procedente de la clínica Mayo en un avión privado de Gonzalez International.
—Le gané la partida a tu madre, eso es todo. Ella habría hecho lo mismo.
—Tú y yo somos adversarios. Te agradezco mucho lo que has hecho, pero no va a suponer diferencia alguna en el sentido empresarial. Lucharé contra tí con uñas y dientes para que no me arrebates mí empresa.
Excelentes los 4 caps.
ResponderEliminarwooooooooooooooooooow q bueno q se lleven bien . me encantaron los capitulos Naty
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