lunes, 4 de mayo de 2015

Atrapada en este Amor: Capítulo 40

— ¿Viene ella contigo? —le inquirió a Joaquín.
—Me temo que más bien es al revés —contesto Joaquín. Entonces, se sentó y dejó que Paula colocara su maletín encima de la mesa y se dirigiera a todos los presentes.
—Siento abordarles de esta manera, caballeros — dijo con voz fría y clara—, pero su presidente, Pedro Alfonso, me tiene contra la pared. Tenemos que diversificarnos y necesitamos esos minerales para hacerlo. Por lo tanto, no me ha quedado más alterativa que negociar en secreto par obtenerlos.
Pedro se irguió en el asiento. Era consciente de la sorpresa que se había llevado su madre.
— ¿Qué es lo que quieres decir con eso de «nosotros»? —preguntó en tono amenazante.
— ¿Es que no me he presentado? Lo siento —dijo con una fría sonrisa en los labios—. Me llamo Pau Gonzalez—añadió, tomándose una pequeña pausa para dejar que aquellas palabras surtieran su efecto—. Soy la viuda de Juan Gonzalez vicepresidenta y directora ejecutiva de las operaciones nacionales de Gonzalez International.
El gesto que se reflejó en el rostro de Pedro fue un poema. Compensó complemente los seis años de angustia y sufrimiento. De dolor. Ana palideció y estuvo a punto de desmayarse.
Paula se ocupó de sus asuntos y detalló tranquilamente la absorción, los cambios que se producirían y el precio.
—Tú no absorberás mi empresa —dijo Pedro.
—Claro que lo haré —replicó ella con voz fría—. Tengo los poderes necesarios. Puedo derrotarte en una votación.
—No tienes las acciones de mi tío abuelo...
Paula lanzó el poder por encima de la mesa con increíble eficacia.
— ¡Eso es imposible!—exclamó Ana.
—El hermano de su padre no tiene muy buena opinión de ninguno de los dos, señora Alfonso —observó Paula—. Me temo que lo ha hecho. Ese papel me concede los votos que necesito para hacerme con el control de la empresa, a menos que sus abogados puedan sacarse un conejo de la chistera —añadió. Recogió los papeles y volvió a introducirlos en el maletín. Estaba muy tranquila—. Deseo los contratos de minerales. Me haré con ellos aunque para ello tenga que absorber toda la empresa. Ya me harán saber su decisión. Agradecería mucho que fuera a primeros de semana cuando me dieran la respuesta. Tengo una serie de contratos que dependen de esto y que no pueden demorarse más —concluyó. Le hizo una indicación a Joaquín—. Muchas gracias por su tiempo. Buenas tardes.
Salió de la sala seguida por Joaquín. Cuando hubo atravesado las puertas, escuchó el revuelo que se montaba en la sala.
Pedro no se movió. Casi no podía ni respirar. Se había dado cuenta de cómo Paula había estado jugando con él. Su madre le tocó suavemente la mano, pero él se sobresaltó por la tensión que acumulaba en su interior.
—Ella es la razón por la que Juan Gonzalez trató de destruirnos —susurró Ana—. ¡Fue por Paula!
—Dios... —susurró Pedro. Comprendió que, de algún modo, ella había conseguido casarse con uno de los hombres más ricos del mundo y se había convertido en su peor enemiga. Si no tenía cuidado, terminaría por destruirlo.
—Lo siento —musitaba Ana entre lágrimas—. Es culpa mía...
Pedro casi no escuchaba a su madre y, de todos modos, no entendía lo que decía. Su sufrimiento era casi insoportable. Le había dicho a Paula  que ella jamás encajaría en su estilo de vida, que nunca tendría la suficiente sofisticación, pero resultaba que Paula  podía comprarlo y venderlo. Ella se debía de haber reído mucho... Era la viuda de Juan Gonzalez Tenía un imperio propio y una fortuna increíble. Tenía en sus manos las herramientas necesarias para la venganza y las había utilizado aquella noche. Pedro cerró los ojos. Había pensado que tal vez ella seguía queriéndolo a pesar de todo. Sin embargo, Paula acababa de demostrarle lo que sentía. Seguramente en lo único que había pensado, incluso mientras se entregaba a él, era en la venganza. Él se había vuelto a enamorar mientras que Paula había estado simplemente preparándose el terreno para realizar aquella OPA hostil. Se levantó y se dirigió hacia la ventana. De algún modo, el dolor que sentía por la posibilidad de perder su empresa no era nada comparado al que sentía por la traición de Paula.
El señor Gimenez llegó treinta minutos más tarde de lo acordado para recoger a Joaquín y a Paula  por culpa de una rueda pinchada. Eso significó que los dos estaban esperando aún cuando Pedro y Ana Alfonso salieron de la sala de juntas. Paula necesitó mucho valor para no achantarse cuando vio que Pedro se dirigía a ella con unos ojos tan fríos como el hielo.
— ¿Formaba todo parte del plan? —le preguntó.
Ella sabía perfectamente a lo que se refería. Sonrió, levantó una ceja y lo miró atentamente.
— ¿No eras tú el que solía decir que, en el mundo de los negocios, nada es sagrado?
— ¡Contéstame, bruja!
Paula observó a una destrozada Ana Alfonso. Sintió una profunda pena por ella. En cierto modo, se avergonzaba de sí misma.
—Sí —dijo, sin sentimiento alguno—. Todo formaba parte del plan.
El odio que se reflejó en el rostro de Pedro  resultó casi insoportable, pero Paula  no podía permitir que él supiera lo mucho que aún sentía por él. Además, tenía que proteger a su hijo. Dejar que Pedro se le acercara demasiado podría costarle a Franco. Entonces, horrorizada, contempló cómo el señor Gimenez se acercaba con el niño a la puerta. A continuación, la abrió y dejó que el pequeño entrara en el vestíbulo antes que él.
— ¡Mami, hemos tenido un pinchazo! —exclamó el niño, levantando los brazos para que su madre lo levantara.
—Mi niño, ¿te preocupaba no llegar a tiempo? — dijo, tratando de disimular, aunque sabía que Pedro y Ana  estaban atónitos de ver al niño.
—Sí. El señor Gimenez dijo unas palabras muy malas. Tienes que hablar con él —comentó el niño con voz de adulto.
En otras circunstancias, Paula se habría echado a reír. En aquel momento, no había tiempo alguno para el humor.
Pedro  la observaba con una ira incontenible. No sólo se había ido con otros hombres, sino que había tenido un hijo con él. Tenía en brazos al hijo de Juan Gonzalez y la odiaba por ello.
—Usted es Gimenez, por supuesto —le espetó al guardaespaldas, al reconocerlo.
—Y usted Alfonso, por supuesto —replicó Gimenez  con voz tensa.
Sintiendo que se avecinaban problemas, Paula se interpuso entre los dos hombres. Le había dado muchas sorpresas desagradables a Ana  aquella noche, pero no había pensado en Franco.Había sido un accidente. Si no hubiera sido por el pinchazo, Ana jamás habría visto al pequeño.

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