Así como se encargaba de todo lo demás que su padre necesitaba. Pero cada vez más, se sentía dividida entre la lealtad hacia él y ese caso. Tenía- mucho en qué pensar. Sin duda podría encontrar otra cosa en el ámbito profesional que le resultara igual de satisfactoria y mucho menos dolorosa.
La puerta se abrió a su espalda y Hernán entró con unos papeles.
-Lo siento, señor, necesito su firma.
Con un gesto, su padre le indicó que se acercara.
-De acuerdo. ¿Cuánto tiempo crees que tardará?
-No tengo ni idea. Pensé que encontraría a Delfina de inmediato, o que ella regresaría a casa -movió la cabeza-. Es nuestra última oportunidad de encontrarla con discreción.
-Estoy seguro de que harás lo que sea necesario -mientras firmaba los papeles, preguntó con tono distraído-: ¿Llamarás cada día y hablarás conmigo en persona?
Paula parpadeó. ¿Eso era todo? ¿Ninguna discusión? ¿Ninguna pregunta? ¿Ni siquiera curiosidad por saber cómo mantendría a raya a Pedro Alfonso?
No, claro que no.
«Estoy seguro de que harás lo que sea necesario...».
El senador Miguel Chaves calculaba que su leal hija ordenaría su caos antes de que lo tocara políticamente, y eso era lo único que le importaba. Aunque supiera lo que había aceptado, habría considerado la conveniencia política de esos actos y habría dormido bien aquella noche.
-Muy bien, entonces -dijo, luchando contra el nudo que tenía en la garganta-. Me marcharé pronto.
De pronto su padre alzó la vista hacia la puerta e hizo entrar al jefe de personal, Pablo Suarez, un hombre delgado de mediana edad y de buen aspecto. Otro político con grandes ambiciones, que últimamente había hecho que Paula se preguntara cuánto tiempo le sería leal a su padre antes de iniciar un camino político propio.
-Tengo los resultados de esa encuesta -anunció Suarez.
-Ya era hora.
Su padre la despidió con un gesto de la mano sin mirarla siquiera.
Al salir del despacho, Hernán la alcanzó.
-Escucha, Paula, si hay algo que pueda hacer para ayudarte a encontrar a Delfina, sólo tienes que decírmelo.
Hernán no podía ayudarla. Únicamente Pedro Alfonso tenía los medios para llevar a buen puerto esa tarea.
-Lo tengo controlado, Hernán.
-Es que... pareces molesta. Si quieres hablar de ello, tengo tiempo.
Paula le ofreció una sonrisa agradecida.
-Gracias, Hernán. Aprecio tu preocupación -al menos alguien había notado su infelicidad-. Cuando Delfina se encuentre en casa, a salvo, entonces quizá acepte tu ofrecimiento -le dedicó una sonrisa-. He de tomar algunas decisiones importantes y me vendría bien un amigo.
-Suena serio.
-No te haces ni idea -murmuró al dar la vuelta para marcharse.
Y tampoco su padre...
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