A pesar de ser un hombre decente, Paula nunca había sentido atracción alguna por él, quizá porque tenía el sello de aprobación de su padre. Había salido con demasiados de esos hombres, más interesados en el trabajo del senador que en ella, como para sentirse atraída por Hernán. Casi todo su mundo personal estaba habitado por políticos y periodistas, de modo que le costaba encontrar a alguien que de verdad le interesara.
Salvo por Pedro Alfonso...
-¿Has sabido algo de la pequeña? -preguntó Hernán cuando ella se sentó ante la montaña de correo que tenía en su mesa.
«La pequeña» era Delfina, desde luego. Los dos se caían bien, y hacía tiempo que Paula sospechaba que su hermana se había convertido en mujer con Hernán en la cabeza.
-No, pero espero saber algo pronto -dijo, sin explayarse.
-¿De verdad? Echo de menos a esa mocosa y me tiene preocupado -reconoció Hernán-. Como no averigüemos pronto algo de su paradero, el senador va a tener que cambiar de enfoque y poner a las autoridades al corriente de la situación.
-No creo que llegue a eso.
No quería hablar más del asunto, y menos con un compañero de trabajo.
Ni siquiera lo había hecho con Nora Hamilton, su compañera de piso de la universidad y mejor amiga desde hacía mucho tiempo. Luchó contra el impulso de llamarla, ya que sabía que Nora tenía problemas propios. Problemas masculinos, como de costumbre.
Lo que hizo que pensara otra vez en Pedro. Era un problema, desde luego, y en todos los sentidos de la palabra. Pero de algún modo lo superaría.
Se puso a repasar los papeles que tenía sobre la mesa, pero no consiguió concentrarse. No dejaba de pensar en Pedro, en lo que iba a tener que hacer para lograr que siguiera buscando a Delfina.
Miró la hora. Su padre aún estaría en la oficina. Por lo general, salía a comer a la una o a veces más tarde.
Se dirigió a la parte de atrás del edificio y a los dominios de él, donde llamó a la puerta de su des¬pacho antes de abrir.
-No tienes nada de qué preocuparte -decía en voz baja cuando ella entró, cerrando en silencio. Estaba sentado, el cuerpo ancho y físicamente tonificado de espaldas a ella. Con voz exasperada, continuó-: ¡Cuántas veces voy a tener que tranquilizarte!
Paula se preguntó a qué clase de problema iban a tener que enfrentarse. Pensando que no tenía ganas de apagar más fuegos, suspiró, indicándole así que no estaba solo.
-Volveré a llamarte -dijo él con voz otra vez cordial.
En cuanto colgó, le dijo:
-Espero que sea algo que pueda, solucionar
Hernán, porque...
-¡Es algo que solucionaré yo! -exclamó. Sus ojos, una tonalidad más oscura que el pelo plateado, se clavaron en ella.
Paula enarcó las cejas pero no hizo comentario alguno.
-Sólo he venido para comunicarte que voy a estar buscando a Delfina. No he conseguido nada sola, de modo que he traído refuerzos.
-¡Te he dicho que nada de policía!
Era evidente que no estaba de buen humor.
-Nada de policía -le aseguró.
-Ni investigadores privados. No necesito que ningún pelagatos me chantajee para guardar mis secretos.
Sus secretos. Sí, eso era lo que los había metido en problemas, algo que no le había revelado a Pedro.
-Ningún investigador privado -convino-. Le he pedido un favor a Pedro Alfonso.
Su padre maldijo hasta que el rostro se le puso rojo.
-¡Te he hablado de él!
-Ya no tengo dieciséis años Y yo... nosotros lo necesitamos para que encuentre a Delfina. Pedro conoce a chicos de la calle. Ha estado preparando un documental sobre ellos. Confían en él. Hablarán con él.
-Y él hablará con la prensa.
-No -movió la cabeza-, porque yo me encargaré de que no lo haga.
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