jueves, 4 de junio de 2015

Actitud Incorrecta: Capítulo 12

-¿Y bien? -preguntó con frialdad, desvane¬cida la mujer apasionada de momentos atrás-. ¿He pasado tu prueba, Pedro? ¿Serviré?
Unos instantes antes, habría jurado que estaba tan excitada como él. De hecho, lo seguía jurando aunque la expresión que mostrara fuera pasiva. Lo miraba con tanta expectación como si fueran a cerrar un trato de negocios. Sabía que había estado excitada. Pero sin poner el corazón en ello... lo cual estaba bien, porque tampoco el suyo podía volver a involucrarse.
-Perfectamente -respondió.
Después de pasar esa prueba estúpida, Paula tragó saliva y acalló sus emociones. No quería pensar en lo mucho que la había afectado el ardiente encuentro. Había sabido que hallarse cerca de Pedro iba a ser un reto. Lo que no había imaginado era lo devastador que resultaría. La reacción fácil que le había provocado había representado toda una sorpresa.
-Entonces, trato hecho -expuso, con más calma de la que sentía. ¿En qué se había metido?-. Bien, ¿cómo procedemos? -preguntó.
-Empezaremos esta noche.
-Esta noche -repitió. Ganaba tiempo para ver qué podía obtener de ella antes de encontrar a Delfina-. ¿Por qué esperar?
-Porque esta tarde tengo una cita con un cliente y un potencial vídeo industrial para rodar. Y mañana se suponía que debía reunirme con Tomás en el Club Undercover para planificar algunos vídeos musicales nuevos que quiere para el club, de manera que tendré que fijar una nueva cita con él. ¿Sabes?, tengo un negocio que llevar. Además, por la noche es cuando resulta más fácil encontrar a los chicos.
-Oh -asintió-. Esta noche, entonces. ¿Quedamos aquí?
-Abajo, en el Andy's Cybercafé a las ocho -ella asintió, pasó delante de él y se dirigió a la puerta-. Paula, espera.
Se detuvo con una mano en el picaporte. No iba a permitir que viera cómo se sentía.
-Con respeto a esta noche... -dijo él- ve a casa y ponte algo un poco más... informal.
¿Acaso pensaba que iba a salir a recorrer las calles con ropa que la convirtiera en un blanco?
-No soy estúpida.
-No pensé que lo fueras -la estudió minuciosamente, desde los zapatos italianos hasta el pelo cuidadosamente peinado-. Pero tendrás que esforzarte para encajar.
Recordó cuando era él quien no encajaba.
-No te preocupes, Pedro. Estaré apropiada... como siempre.
-A propósito... -comentó él cuando iba a abrir la puerta-, ¿dónde está tu casa en la actualidad?
-Sigo en la zona DePaul -supuso lo que pen¬saba, se ruborizó y lo miró a los ojos-. Sí, Pedro, aún vivo en la casa de mis padres, si eso te parece bien -tenía que quedarse allí por el bien de Delfina.
-Eh, es tu vida.
Abandonar el alojamiento cerrado de Pedro alivió una gran parte de la tensión que sentía. Sintió como si respirara por primera vez desde que se encontrara con él en la escalera.
«Esta noche será más fácil», se dijo. Estarían rodeados de gente. Podría sobrellevarlo sin problema.
Pero ¿y luego? ¿Cómo podría soportar pasar la noche con él?
Experimentó un escalofrío al tratar de quitarse de la cabeza lo que Pedro esperaría de ella. Las cosas que tendría que hacer para mantenerlo satisfecho. Pero las imágenes sensuales que la invadieron no quisieron desaparecer con tanta facilidad. Ni la tensión que había vuelto a crecer en su interior. Desearlo era como una enfermedad.
A pesar de sus esfuerzos, jamás había podido olvidarlo. Pero no era el mismo muchacho del que se había enamorado, y quizá estar con él la curara.
Detuvo un taxi y fue directamente al despacho de su padre, situado en Lincoln Park West. Como el Congreso disfrutaba de las vacaciones de verano, él se hallaba en la ciudad, pero molesto por tener que ocuparse de los negocios en otras partes del estado.
Cualquier cosa menos atender a su propia hija. La carrera de Miguel Chaves siempre había sido lo primero.
Como el dinero que había invertido en el despacho. Mientras, por lo general, un político alquilaba un local aceptable, eso no era para su padre. Con fondos personales, había comprado una de las casas de piedra de tres plantas que quedaban en Clark Street. Supuestamente, los inquilinos de las dos plantas superiores cubrían la hipoteca y los gastos del edificio, mientras su padre había convertido toda la planta baja en una lujosa oficina. Paula compartía una oficina con Hernán Paz, el otro encargado de prensa. Cuando el Congreso inauguraba las sesiones,Hernán pasaba más tiempo con su padre en Washington, D. C, mientras ella se encargaba de las cosas en el estado natal. Hernán era un chico guapo con el pelo rubio y unos poco comunes ojos azul marino que encendían los corazones de muchas mujeres...

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