miércoles, 3 de junio de 2015

Actitud Incorrecta: Capítulo 11

Al parecer, no lo estaba. Casi podía oler el miedo que irradiaba en crecientes oleadas. En ese momento se hallaba detrás de ella, contemplando la nuca larga y elegante, luchando contra el poderoso impulso de probar la delicada piel. Recordó la facilidad con que respondía a él.
Pero no necesitaba que eso desestabilizara su vida.
Se inclinó y le murmuró directamente al oído:
-Muéstrame qué tienes.
La vió temblar.
«Esto tiene que bastar», pensó. «Ahora cancelará todo el asunto».
Pero no sucedió nada de eso. Todavía rígida, respiró de forma audible y alzó unas manos trémulas a la parte superior de la blusa. Mirando por encima de su hombro, Pedro podía ver cada movimiento. Fascinado, le fue imposible apartar la vista. Indicarle que parara.
¿Hasta dónde estaría dispuesta a llegar?
-¿Qué es lo que quieres de mí, Pedro? -preguntó con voz serena, dura incluso, mientras se soltaba el primer botón-. ¿Pruebas de que te mantendré cobijado por la noche? Perfecto -el segundo botón-. Puedo hacerlo. Y seré lo que quieras que sea.
Con la vista clavada en el escote que se abría a él, se dijo que quería que se marchara.
« ¡Mentiroso!».
El cuerpo le indicó lo mentiroso que era mientras ella terminaba de desabotonarse la blusa con la delicadeza de una profesional. Desde lo alto, pudo contemplar con claridad unos pechos hermosos que sobresalían de un material transparente que bien podría no haber estado allí.
El corazón le latió más deprisa. La boca se le re secó. La erección se tornó más dura.
Decidido a empujarla hasta el precipicio del cual al final huiría, pegó su extensión contra la espalda de ella y quedó atónito al ver que se arqueaba hacia él. Vió que los pezones florecían y se endurecían a través de la tela transparente. La oferta resultaba demasiado tentadora. No pudo evitarlo. Deslizó las manos por el cuello y las bajó lentamente hasta los senos.
Ella emitió un leve jadeo y Pedro sintió que ardía.
Arqueándose más hasta que los pechos casi suplicaron que los acariciara, echó las manos hacia atrás hasta apoyarlas contra la parte posterior de sus muslos y lo pegó a ella de modo que la extensión de su erección encajó en las nalgas suaves.
Se movió tan levemente que Pedro habría podido achacarlo a su imaginación. Salvo que volvió a moverse, una y otra vez... movimientos sutiles, furtivos, que no tardaron en tenerlo listo para la eyaculación. Los pechos se deslizaron hacia sus manos como por voluntad propia. Le frotó los pezones ya excitados a través del sujetador y la oyó gemir.
Su boca anhelaba rodearle los senos con -su calor húmedo; su pene ansiaba verse cubierto por la boca de ella.
Y si los dedos que se tensaban sobre sus muslos servían de indicación, ambos pensaban en lo mismo. La respuesta sexual de Paula despertó recuerdos largo tiempo reprimidos.
Por aquel entonces habían sido jóvenes, e inocentes Y habían compartidos sus cuerpos con una entrega que desde entonces nunca había experimentado.
Con esos recuerdos demasiado abrumadores para sentirse cómodo, se obligó a apartar las manos y a separarse, permaneciendo detrás de Paula hasta recuperar la compostura.
Pero ella giró en el taburete y lo desafió.

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