-Paula Chaves... veintiocho años.. soltera... licenciada en Ciencias Políticas... trabajo como enlace de prensa de mi padre, el senador Miguel Chaves.
-Háblame de tí -repitió Pedro.
Ella pareció confusa durante un segundo, antes de empezar otra vez.
-Soy inteligente... decidida... leal.
-Háblame de tí -dijo por tercera vez, deseando obtener alguna percepción de la mujer de verdad.
-¿Qué quieres de mí? -inquirió con exasperación.
Quería todo lo que tenía para ofrecer. La quería en su cama, donde inventaría formas nuevas de poseerla. Pero no estaba preparado para ir allí, por el momento no. Y si era inteligente, no lo haría nunca.
-Algo que no me estás dando -expuso. Lo que quería era honestidad.
-Es obvio. Pero, ¿qué?
-Dime algo que nadie sepa de tí -algo que lo ayudara a entenderla.
-¿Y por qué habría de hacerlo? –preguntó ,ceñuda.
-Porque quieres participar en el juego. -Quizá no -reconoció, bajándose del taburete.
-¡Ajá! -la exclamación la inmovilizó-. En realidad, no te importa si te ayudo a encontrar a Delfina.
-¡Eso no es verdad! ¡Claro que me importa! -incómoda, volvió a sentarse-. ¿Cuál era la pregunta?
-Cuéntame algo de tí que nadie más sepa. Había perdido el control. Lo vió. Lo percibió. Lo oyó en su voz cuando al fin habló.
-Yo ... yo... no siempre me gusto a mí misma. « ¿Y quién se gusta siempre?», pensó él, sorprendido de que Paula lo hubiera admitido. -Porque...
-A veces hago cosas... no porque crea en ellas, sino porque son convenientes.
«El sello de un verdadero político». Sin embargo, que lo reconociera hizo que la respetara.
-¿Y eso cómo hace que te sientas?
-Intento no pensar mucho en ello.
Pedro percibió la profundidad de su súbita incomodidad y pensó en un modo posible de salir de esa situación. No era demasiado tarde para lograr que Paula cambiara de parecer. Para empezar, jamás debería haber jugado con ella. Pero como lo había hecho, tenía que llegar hasta el final.
-¿Yo soy conveniente? -preguntó de pronto, encarando lo que temía que fuera verdad-. ¿Por eso recurriste a mí en busca de ayuda?
-Sí -se ruborizó-, supongo que se podría considerar de esa manera.
-¿Qué otra manera hay?
Ella apartó la cara de la cámara y de él. Si era demasiado tarde para abandonar, si iba a arriesgarse por Paula, lo mínimo que necesitaba saber era que ella podría aprender algo de la experiencia.
Entró en el ámbito de la luz y captó su atención inmediatamente.
-¿Qué es lo que intentas ocultar, Paula? -Nada -apretó la boca. Se acercó más.
-¿Qué más harías para encontrar a Delfina, para asegurarte de que está a salvo?
-Lo que sea necesario. -¿Por qué?
-¡Porque es mi hermana, porque la quiero y porque depende de mí velar por ella!
Pedro no le hizo ver lo obvio. Que la profundidad de la responsabilidad que asumía era la de una madre y no la de una hermana. Al darse cuenta de que empezaba a sentir simpatía por todo lo que estaba viviendo, se recordó que no quería tener nada que ver con ella o su familia. No otra vez. El objetivo era conseguir que abandonara.
Se acercó a ella lo suficiente para que la fragancia familiar le despertara todos los sentidos y dijo:
-Dices que harías cualquier cosa. Demuéstralo.
-¿Qué? ¿Cómo?
-Utiliza la imaginación -susurró y vió que los ojos de ella se abrían mucho-. Vamos a trabajar en intensa proximidad. En las calles. Solos tú y yo. Y las noches... calló para que asimilara la palabra-. ¿Estás preparada para las noches, Paula?...
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