Pero era eso lo que quería, ¿no? Incluso había tratado de obtener la ayuda de Andy y Lucía para deshacerse de ella. Entonces, ¿por qué titubeaba? Podría empujar a Paula hasta que ya no aceptara más ser empujada y se marchara, quedando libre de ella para siempre.
¿O no sería así?
Había necesitado mucho tiempo, años, de hecho, pero al final había creído estar libre. Aunque era evidente que no había acabado con ella, o no iría por ahí con una erección, como un novato que esperara mojar la mecha por primera vez.
Su primera vez había sido con Paula. Había tenido dieciocho años y quizá fuera el último chico del instituto en estar con una chica. Habían dedicado semanas a llegar hasta ese punto. Encuentros furtivos en rincones escondidos durante los cuales ella dejaría que la tocara y también lo tocaría. Habían ardido el uno por el otro y aprovechado cada oportunidad para explorarse.
Paula había sido la primera mujer a la que había probado.
La primera y única mujer que le había dado su virginidad.
Quizá ése era su problema, que las primeras veces se grababan de forma especial en una persona.Tal vez en cuanto volviera a tenerla, se convencería de que no era nada del otro mundo.
-Estas calles son algo fantasmagóricas -comentó ella, acercándose un poco a él.
Pedro contuvo el aliento. No había terminado con ella, sin importar lo mucho que lo deseara. Pero se prometió que terminaría. Que se la quitaría de la mente.
-No te preocupes. Conmigo estás a salvo -al menos en el sentido literal.
El barrio estaba cuidado, casi limpio, compuesto en su mayor parte por casas viejas levantadas antes de que se hubieran tendido las calles, a principios del siglo XX. Lo que otrora habían sido primeras plantas, en ese momento se hallaban al nivel de la acera, y algunos de los jardines aún seguían «hundidos». Podían ser viejas, pero estaban cuidadas o rehabilitadas y entre ellas había algunos edificios nuevos. Pero esa manzana no se hallaba especialmente bien iluminada... muchos árboles ocultaban las farolas. Delante, un par de jóvenes, de poco más de veinte años, se apoyaba contra una alambrada de hierro, fumando y charlando en tonos bajos e intensos.
Eran chicos corrientes, aunque sin duda parecerían amenazadores a una mujer acostumbrada a un barrio mejor. Si esa zona la ponía nerviosa, todavía la esperaba una gran sorpresa. La miró y se dio cuenta de que se hallaba más tensa que de costumbre.
-Ven -dijo.
Algún oxidado sentido de caballerosidad lo impulsó a rodearle la cintura con un brazo y acercarla para hacer que se sintiera más segura.
Debía de gustarle la tortura. Su súbita erección palpitaba con cada paso que daba y lo instaba a abandonar la búsqueda y a encontrar un sitio donde tomarla y acabar de una vez. Imaginó que la penetraba, que la hacía gemir de placer...
Sí, la tortura...
Vio un cenador y se preguntó si podría guiarla hasta allí para disfrutar de un momento de intimidad, pero se contuvo. «Más adelante», se prometió. Más adelante la tendría de cualquier modo que le apeteciera, y entonces, el hechizo con que lo había sometido durante tanto tiempo se rompería.
Giraron por una esquina y ante ellos apareció el parque. Una fuente borboteaba cerca de la hierba y media docena de adolescentes se sentaba alrededor de una mesa de picnic que había del otro lado. Paula aceleró el paso y Pedro se mantuvo a su lado. Aún se encontraban demasiado lejos como para distinguirlos con claridad, pero seguramente localizar a Delfina no resultara tan fácil....
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