lunes, 6 de abril de 2015

Una Llamada Inesperada: Capítulo 4

Pero la noche anterior ni había parpadeado cuando se puso las nuevas sandalias de tiras y tacones altos. Solo le había advertido del peligro de caerse y romperse el cuello, luego le sugirió que comprobara su seguro para invalidez y le dió un beso en la mejilla. Jamás se había considerado. el tipo de mujer que pusiera fin a una relación porque su pareja no se aprovechaba de ella, pero tenía necesidades que gritaban ser satisfechas. De algún modo debía encontrar una forma de hacerle saber que estaba preparada para dar el siguiente paso, y pronto.
Hizo una mueca al mirar el sofá mientras se dirigía al dormitorio. Pronto también compraría un sofá nuevo, cómodo, pero de momento los préstamos para la universidad y las propinas para hombres que bailaban desnudos tenían más importancia. Se levantó el pelo largo del cuello húmedo y lo recogió en un moño suelto. Le daba miedo la noche y esperaba no estar apunto de encender un fuego que quizá Tomás no fuera capaz de apagar.
-¡Vamos, Paula, deja de mirar embobada y ponte a gritar! -Cecilia rió y la obligó a ponerse de pie, luego juntó las manos en tomo a la boca y ululó ante el hombre que daba vueltas en el escenario.  El culturista desnudo llevaba un tocado y hacía girar un palo corto con llamas en ambos extremos, al parecer ajeno al peligro que corría su virilidad. Se movía por el escenario en saltos cortos al ritmo de un calipso que salía con estridencia por los altavoces. Paula  no le quitaba la vista de encima y Cecilia vitoreaba como una mujer que nunca antes hubiera visto una porra.
De hecho, toda la sala ondulaba con cientos de mujeres de pie, las manos alzadas para ofrecer propinas mientras animaban a los hombres que bailaban en la pasarela con forma de u. Desde luego, los bailarines no necesitaron mucho ánimo para quitarse la exigua ropa y menearse para poner frenéticas alas presentes. La música palpitante y los gritos agudos habían alcanzado un nivel abrumador.
De pronto, se mareó y se aferró a la silla que tenía delante. La vergüenza la invadió en oleadas. Le hormigueaba cada centímetro cuadrado de la piel. Sentía los pechos pesados y, debido al calor que reinaba en la sala, no podía justificar los pezones endurecidos por el frío. El estómago le cosquilleaba de deseo.
Contuvo el aliento y permitió que la atmósfera la consumiera. El aroma de los aceites corporales de los artistas, el sabor a transpiración en su labio superior, la proximidad de cuerpos a su alrededor, la música palpitante, todo remolineaba en torno a ella como una bruma de iones sexualmente cargados. No se debía tanto a los cuerpos desnudos de 16 bailarines como a la abierta exhibición que le resultaba tan excitante, al hecho de que los hombres estuvieran orgullosos de sus físicos y de que las mujeres no temieran expresar su aprecio.
Se humedeció los labios salados. Bastaba para empujar a una mujer decente a hacer cosas que por lo general no haría.

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