Los ruidos de la calle penetraron para tentarla a salir. Suspiró y pegó la nariz contra la mosquitera de la ventana. Hasta la gente próxima a ella se quedaría asombrada si supiera que la Buena Enfermera sufría de esa aflicción íntima: un impulso sexual jadeante, ardiente, palpitante. vigoroso y desmesurado.
Se detuvo antes de llamarse ninfómana, ya que no era promiscua. De hecho, tenía fama de ser un poco puritana, lo cual años atrás había descubierto que era un dispositivo de seguridad eficaz contra una tendencia peligrosa.
Sí, había habido un par de encuentros corrientes con otros estudiantes de la universidad y desde entonces una o dos relaciones breves. Pero los hombres no la habían excitado, no habían llegado hasta su jardín secreto.
Fue a la cocina y abrió la heladera, suspirando con alivio cuando notó el aire fresco que salió de su interior. Alzó el bajo de la camiseta para enfriarse el vientre, luego sacó una banana.
Contempló la banana y suspiró... todo parecía fálico esos días. Mordió el extremo y agitó la camiseta. Al concentrarse en el trabajo había logrado mantener a raya sus poderosos impulsos... hasta un año atrás. Entonces, activado por el cambio hormonal que la mayoría de las mujeres experimentaba al llegar a los treinta, por años de represión o por ese maldito calor sureño, su cuerpo había lanzado una sosegada rebelión.
Paula siempre había dado por hecho que un día se casaría, y había dirigido sus esfuerzos por encontrar al Señor Perfecto, pensando que explorar su sexualidad al menos sería más seguro dentro de los límites de una relación monógama. Tomás Trainer había parecido el candidato perfecto: atractivo y con éxito, educado y reflexivo, inteligente y amistoso. Le gustó de inmediato. Pero después de dedicar los últimos meses a su relación, había alcanzado una conclusión: no tenía interés en acostarse con ella.
Estaba madura para que la recogieran, pero él parecía satisfecho de dar vueltas alrededor del árbol.
La verdad era que anhelaba algo más que sexo; buscaba la proximidad, la intimidad generada cuando dos personas que se amaban compartían el sexo.. Si el espectro del amor verdadero aún existía, Paula lo quería. No la relación triste y de dependencia que sus padres habían disfrazado como matrimonio. Buscaba a un hombre que bajara la guardia, que por ella hiciera el tonto, que la adorara.
Suspiró y volvió a abanicarse. Mientras tanto, esa rebelión interior comenzaba a alcanzar proporciones enormes. Durante sus años de estudio había leído casos documentados de combustión espontánea. Al ritmo que funcionaba su horno interior, y sin un final para la oleada de calor estival, temía estar acercándose a ese punto.
Terminó la banana y, reacia, cerró la puerta de la heladera, luego estudió el rojo intenso con el que se había pintado las uñas de los pies con la débil esperanza de que Tomás tuviera algún fetiche.
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