Lo que te requerirá unos diez minutos - bufó su amiga.
-No a alguien como yo con los aparatos electrónicos.
-Bah. Te espero en mi casa en una hora. Muestra algo de coraje y trae muchos billetes de un dólar.
Paula se despidió y luego contempló el teléfono con el ceño fruncido, buscando un botón para cortar. Esos nuevos modelos portátiles hacían que resultara obsoleto aporrear el auricular, aunque ella no era propensa a eso, ya que con treinta años todavía esperaba tener muchas experiencias que fortalecieran su carácter.
Al final, apretó el botón de marcar y se quedó sorprendida al escuchar el tono. Avivada su confianza, apretó el botón de programación y pasados unos minutos de apretar distintas teclas de flechas, logró introducir los números de la gente o los lugares que marcaba más a menudo: Tomás, Cecilia, su madre, su hermana, el despacho de personal del hospital, diversos amigos, el servicio de pizza, de comida tailandesa, china y mexicana a domicilio.
Se secó la transpiración de la frente con el borde de la camiseta. ¿Era su imaginación o su apartamento era el sitio más caluroso al norte del ecuador? Desde donde se encontraba podía contemplar el maldito termostato programable de la pared. El encargado del edificio lo había programado tres veces y la casa aún parecía una sauna. Bueno, al día siguiente se encargaría de buscar el manual de instrucciones... quizá tuviera una racha de suerte tecnológica, pero no quería abusar de ella esa noche. Además, sudar era bueno para los poros. el Apoyó la cabeza en un cojín y pensó en lo n mucho que había llegado a detestar ese sofá beige. Dos años. antes había aceptado el puesto de enfermera en urgencias. Cuando se traslado a Birmingham, Alabama, dejando atrás a r su madre y hermana, había comprado unos muebles ultramodernos para el salón como símbolo de su recién estrenada independencia. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que las líneas duras y los colores apagados eran poco acogedores cuando te sentabas a ver una película romántica. Por otro lado, a Tomás los muebles le resultaban un cambio positivo de los estilos floridos más preferidos por las mujeres.
Hizo una mueca, ya que las preferencias de Tomás también se aplicaban al sexo: era un mini- malista. Al instante, lamentó la reflexión, porque Tomás Trainer era un contable trabajador y ambicioso y un consumado caballero del sur. Bueno, consumado quizá era una pobre elección de vocablo. Al estirarse para relajar los hombros, bostezó. Su insomnio, mezclado con el estilo caballeroso de Tomás, estaba poniendo a prueba su resistencia física, razón por la que preferiría saltarse la fiesta en el club de boys. Se pasó una mano por la cara en un intento por desterrar las imágenes provocadoras que remolinearon en su mente. Nunca había ido a un club donde se desnudaban hombres, pero tenía una , sensación mala, muy mala, de que un lugar así ...solo serviría para avivar la llama de su vientre que con desesperación intentaba apagar. Se puso de pie y recorrió el perímetro del salón, abriendo ventanas para dejar entrar un aire menos viciado que el que había en su diminuto apartamento.
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