Pedro no parecía haberse dado cuenta del parecido, pero su madre sí. Además, sabía que Paula estaba embarazada cuando tuvo que huir de Billings, Pedro no. No dejaba de mirar al niño con ojos como platos. De repente, se desmayó.
Pedro se arrodilló al lado de su madre, muy preocupado. Paula se sintió muy culpable, porque todo había sido culpa suya. Le entregó rápidamente el niño al señor Gimenez y se arrodilló para tomarle el pulso a la mujer. Aunque débil, éste era constante y regular.
—Ha sido el shock —dijo Pedro, mirándola con frialdad—. Dios sabe que ya ha sufrido bastante esta noche. Eres tan fría como el hielo, ¿verdad, Paula?
—El mundo de los negocios no es para los débiles de corazón —replicó ella—. Juan me enseñó las reglas del juego. Yo fui una estudiante muy aplicada.
Pedro no se molestó en responder. Se levantó y llamó rápidamente a una ambulancia para su madre, dejando que Paula la cuidara. Ana abrió los ojos muy brevemente.
—El niño... —susurró—. El niño... ¡Paula!
—Trate de no moverse. Se pondrá bien.
—Lo siento —musitó Ana con los ojos llenos de lágrimas.
—Yo también...
Paula comprendió que le iba a resultar muy difícil justificar sus actos. Si le ocurría algo a Ana, no habría modo alguno de detener a Pedro. Lo que antes había parecido muy sencillo, se había tornado un asunto muy complicado.
La ambulancia pareció tardar una eternidad. Cuando llegó, Pedro se ocupó de que los camilleros metieran a su madre en el vehículo y luego saltó a su lado.
Mientras se dirigían hacia el hospital, agarró con fuerza la mano de su madre, aunque no podía dejar de pensar en lo que acababa de averiguar. Paula era Pau Gonzalez, el tesoro oculto de Juan Gonzalez. Tal y como su madre había dicho, probablemente la razón por la que Gonzalez se había esforzado tanto en hundirlo era para vengar a Pau, a Paula, por el dolor y la angustia que él le había causado.
Y eso que ella le había dicho lo mucho que lo amaba... Tan profundo era su amor que se había casado casi inmediatamente con otro hombre y había tenido un hijo con él. Había visto cómo aquel pequeño de cabello claro se dirigía hacia ella con los brazos extendidos y la llamaba mamá. Él casi nunca había pensado en niños, pero cuando lo había hecho, habían sido siempre los niños que tenía con Paula. El dolor que sintió al comprobar lo completa que había sido la venganza de Paula lo dobló en dos.
—Mamá —susurró, tomando entre las suyas la mano de su madre.
Ella gimió. Las lágrimas le caían abundantemente por las mejillas.
—Pedro, ese niño... ¿Has visto al niño?
—Madre, ¿cómo te encuentras? —le preguntó él, sin saber a qué se refería su madre.
—Me he desmayado... —dijo ella, abriendo los ojos.
—Así es. Vamos de camino al hospital.
—Pero si sólo has sido un desmayo...
—Dejemos que sean los médicos los que digan eso. Ahora, túmbate y quédate muy quieta. Te pondrás bien.
—Paula—musitó Ana, agarrando con fuerza la mano de su hijo.
—Menuda sorpresa, ¿eh? Y yo le di un trabajo como camarera cuando ella podría comprarme el restaurante con la calderilla que le sobra.
Ana comprendió en aquel momento lo mucho que debió de haberse divertido Paula cuando ella trató de sobornarla con veinte mil dólares. Jamás habría podido imaginarse quién era Paula. Además, no sólo había tenido al hijo de Pedro , sino que aún lo tenía a su lado. Pedro no lo sabía. Había dado por sentado que el niño era el hijo de Gonzalez. Si le decía la verdad, tendría que revelarle sus propias culpas.
¿Sería capaz de consentir que los dos se enzarzaran en una guerra por la custodia del pequeño? ¿Podría permitir que el niño se convirtiera en un peón sólo porque el niño llevara el apellido Alfonso? ¿Por tener un nieto?
Se cubrió el rostro con la mano. Tantas mentiras. Paula había dicho que todo había terminado. Que su deseo de venganza se había aplacado. Evidentemente, pensaba volver a llevarse al niño a su casa y a olvidarse de Pedro y de ella. Sin embargo, ella ya no podía olvidar. Pedro tenía un hijo cuya existencia desconocía. Eso era culpa suya. No sabía qué hacer...
—No te preocupes tanto —le dijo Pedro—. No voy a consentir que Paula nos arrebate la empresa.
—Jamás pensé que lo harías, aunque eso sería precisamente lo que yo me merecería.
Pedro frunció el ceño. Le preocupaba el comportamiento de su madre. Desde que Paula había regresado a Billings, no era la misma. Se preguntó qué secreto compartirían las dos mujeres, secreto que había convertido a su madre en un manojo de nervios. Antes de que pudiera seguir pensando en el asunto, llegaron al hospital.
—Esa señora se ha desmayado —dijo Franco, mientras iban en el coche de camino a la casa de la tía Gladys—. ¿La he asustado yo?
—Por supuesto que no, cariño. Se ha llevado un gran sobresalto. Ahora, cállate como un niño bueno y escucha tu cinta nueva —añadió, colocándole ella misma los cascos.
— ¿Sabía ella lo de Franco? —le preguntó Joaquín.
—Hasta esta noche, no —respondió ella—. De hecho no pensé que fuera a saberlo nunca. Si no hubiera sido por el pinchazo, así habría sido. ¿Crees que la junta aceptará nuestra oferta?
—Lo dudo —contestó Joaquín, aunque con una extraña intranquilidad—. Tratarán de convencer a Pedro sobre esos contratos, pero no creo que acepten una nueva dirección o que se rindan ante una OPA hostil, ni siquiera ante el precio que estamos ofreciendo.
Sin embargo, Joaquín tenía sus planes, planes que ni Paula ni Pedro sabrían hasta que él estuviera listo para sorprenderlos a ambos.
—Mientras salga algo bueno de todo esto, no me importa.
—Pareces agotada —murmuró él con una expresión ligeramente culpable—. Todo esto ha sido muy duro para tí, ¿verdad?
—Sí. No quería disgustar a la señora Alfonso. No creí que...
—Se pondrá bien.
—Eso espero, Joaquín—afirmó. Dada la tensa situación en la que estaban las cosas entre Pedro y ella, no quería empeorarlas más.
Aquella noche, llamó al hospital. Le informaron que la señora Alfonso simplemente sufría de agotamiento y que estaba muy bien. Fue el único momento de alegría en un día agitado. Al menos, la madre de Pedro no había sufrido un ataque al corazón. Sin embargo, tenía otro problema entre manos. Ana había visto a Franco. ¿Le diría a Pedro la verdad? Si lo hacía, ¿qué ocurriría entonces?
Muy buenos capítulos! quiero saber como sigue, que va a hacer Ana con todo lo que le tienen que contar a Pedro!???
ResponderEliminarwooooooooow q buenos capitulos
ResponderEliminarAyyyyyyy, cada vez mejor esta novela, espectaculares los 4 caps Naty!!!! Me tiene totalmente atrapada jaja
ResponderEliminarNatyyyy por dios que suspenso ... que hara Ana Alfonso ? creo que se va a armar un lio barbaro !!
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