Empezaba el juego. Paula se esforzaba por no entrar en pánico. Tenía que atraer a Pedro a «Su», yate al día siguiente. Eso no sería un problema, pero sí lo sería interpretar el papel de propietaria de un super yate que nunca había pisado. Habría matado a David por meter la pata. Había sido muy específica con sus requisitos. Seis meses como su ayudante no remunerado le daba derecho a ser específica. Un maltrecho barco pesquero habría sido mejor que ese palacio flotante. David le había asegurado que la tripulación aseguraría a cualquiera que ella era la dueña. Sabiendo que Delfina se preocuparía, hizo una foto del opulento dormitorio y se la envió. No le habló de la metedura de pata de David, bastaría con una bonita foto que no desvelara nada. Delfina necesitaba centrarse en la tarea de sacar adelante su proyecto de Alfonso Industries. La empresa recomendada no tenía nada que ver con el informe de Delfina. Sería un desastre absoluto para Alfonso Industries, su hundimiento. Su destrucción. Perfecto. La única manera de derrotar a los primos Alfonso era separándolos. Juntos eran sólidos como una roca, complementándose para que nada se les escapara. Sería imposible que Delfina tuviera éxito si ambos debían aprobar el proyecto, y su recomendación. Uno de los primos podría pasar algo por alto, pero el otro siempre lo vería.
«Divide y vencerás». Era la única manera de ganar para las hermanas Chaves, y con esa idea en mente, Paula se calzó unas sandalias de cuña imposiblemente altas y comprobó su aspecto por última vez. Como Pedro creía que llevaba ya diez días en el Caribe, había sido necesario el uso de autobronceador. Satisfecha de tener el mejor aspecto posible por el dinero que había pagado, salió del palacio flotante para encontrarse con su apuesto némesis.
La vió llegar, caminando con elegancia hacia el restaurante junto a la playa, el pelo rubio ondeando suavemente en la brisa, grandes gafas de diseño cubriendo gran parte de su bello rostro, un cuerpo esbelto luciendo un vestido camisero verde pálido que rozaba sus muslos dorados y se complementaba con un collar de brillantes cuentas de colores. Se levantó de la silla para saludarla. Ella se acercó sonriente y apoyó una mano en su hombro para besarse. Una nube de su exótico perfume lo envolvió. Pedro lo aspiró con la misma avidez con la que saboreó el roce de los labios contra su piel.
—Aquí estamos —dijo ella alegremente mientras se sentaba frente a él y se subía las gafas.
Pedro sonrió. El vestido estaba lo bastante desabrochado como para poder ver un sujetador de encaje negro, sin duda una táctica deliberada que él aprobaba con entusiasmo. Si era una muestra de las tácticas de Paula Fernández para sacarle dinero, entonces le esperaba un viaje increíble.
—Espero que no te importe, pero me he tomado la libertad de pedirte un mojito.
—Tienes una memoria impresionante —los ojos azules brillaron—, y no me importa en absoluto.
Durante largo rato solo se miraron, ambos fingiendo incredulidad por estar sentados uno frente al otro en un restaurante situado a miles de kilómetros y numerosas zonas horarias de donde se habían conocido.
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