—¿Qué es lo que sientes?
—No haberte dicho que… —susurró avergonzada—. Que eras el primero. Creí que no te importaría tanto.
—Ya —se inclinó a recoger el bóxer, se levantó para ponérselo y salió del dormitorio sin decir nada y sin mirarla.
Ella oyó que tiraba de la cadena y abría el grifo. Se imaginó que había tirado el preservativo y se lavaba las manos. Esperó. ¿Estaba enfadado? ¿Por qué? Pedro volvió. Se había puesto un albornoz del hotel y llevaba otro en la mano que tendió a Paula.
—Póntelo para que podamos hablar.
Ella lo hizo, contenta de poder taparse. Seguía deseando sus caricias, a pesar del dolor que sentía entre los muslos. «¿Quién iba a decirme que tener sexo con Pedro Alfonso me volvería insaciable». La estúpida idea la ayudó a tranquilizarse un poco. Él se sentó en el sofá.
—Ven aquí —dijo tomándola de la mano y sentándola a su lado.
No parecía enfadado. Pero su forma de mirarla no la calmó. Era incapaz de protegerse de aquella mirada imparcial.
—¿Cómo eras virgen, si has estado casada?
La pregunta la hizo pensar en Leandro por primera vez. La pena seguía ahí, pero también el sentimiento de culpa. Racionalmente sabía que no había motivo para sentirse culpable. No había decidido dar aquel paso hasta no sentirse preparada. No había traicionado a su esposo, porque su matrimonio no fue tal, pero le parecía que traicionaría la amistad que había habido entre ambos, si le contaba la verdad a Pedro. Así que le dijo la mentira que llevaba años contándose a sí misma.
—Leandro estaba muy enfermo cuando nos casamos. No podía… — tartamudeó y se detuvo cuando él la miró con los ojos entrecerrados—. No era esa clase de matrimonio…
Carraspeó y se miró las manos. Por desgracia, se le daba fatal mentir.
—No era capaz de… —se detuvo bruscamente cuando él le levantó la cabeza y volvió a mirarla a los ojos.
—¿No era esa clase de matrimonio o él no era capaz? —preguntó él con voz calmada.
Ella se encogió de hombros y apartó la mirada. La culpa le había formado un nudo en la garganta. Había mentido a Leandro y a sí misma. Se habían engañado mutuamente con respecto a su matrimonio. Tal vez había llegado el momento de reconocerlo. Respiró hondo.
—Creo que las dos cosas.
Él le puso la mano sobre la suya y se la acarició con el pulgar.
—Explícamelo. ¿Por qué te cásate con él si no querían acostarse?
—Porque se moría y porque era mi mejor amigo —murmuró ella—. No tenía a nadie. No tenía familia, y no quería que estuviera solo —se secó las lágrimas con la manga del albornoz.
«Y yo tampoco quería estar sola». Por primera vez, se dió cuenta de la realidad.
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