«¡No! ¡Maldita sea!». El cerebro de Pedro se negaba a reconocerlo, pero ya era tarde. Notaba el deseo subiéndole por la columna vertebral. Era imposible seguir aplazando su satisfacción ni un minuto más. Ella estaba tan caliente y tensa en torno a él que tenía que moverse, acabar de una vez. Era tarde para echarse atrás. Apretó la frente contra el pecho de ella y le besó un pezón, después la levantó y la dejó en el sofá. Ella parecía deslumbrada y mareada. No sabía lo que había hecho, pero daba igual. Él le puso la mano en la mejilla.
—Dime si te duele.
Tenía que dolerle. Sin embargo, ella negó con la cabeza.
—No me duele, me gusta.
Él la penetró todo lo lenta y cuidadosamente que pudo, ya que su cuerpo era pura desesperación. Notó que perdía el control, pero era incapaz de detenerse. Obligado a moverse, la embistió con más fuerza y rapidez. Retirándose y volviendo a introducirse en ella, el deseo se convirtió en un tsunami que lo arrastró hacia el clímax más intenso de su vida. Buscó el clítoris de Paula con torpeza, ansioso porque ella llegara al orgasmo antes que él. Ella tensó los músculos y sollozó retorciéndose debajo de él. Por fin, él se dejó ir, y todo lo que era, todo lo que creía ser, se hizo añicos mientras saltaba al abismo. Al estrellarse contra la tierra, recordó las últimas palabras que su padre le había dicho y que lo habían condenado. «Las mujeres son lo más importante que tenemos. Recuérdalo y protégelas y respétalas. ¿Me lo prometes, hijo? Nunca tomes lo que no puedas devolver». Paula estaba saciada y exhausta, con el cuerpo flácido y la mente confusa por un torrente de pensamientos y emociones. Conall tenía la cabeza apoyada en su hombro. La erección seguía firme en el interior de ella. Los jadeos de ambos llenaban el silencio. Poco a poco, ella recuperó el ritmo de la respiración. Le acarició la mejilla y le retiró el húmedo cabello de la frente con ternura e intentó no dejarse llevar por la emoción. «Solo ha sido química y una aventura maravillosa. Que sea la primera vez que lo haces, no significa que sea algo más que sexo». Él se removió y alzó la cabeza. Su mirada, intensa y no totalmente feliz, le escrutó el rostro. La expresión de sus ojos no tenía sentido. Ella se esperaba sorpresa, incluso fastidio, por no haberle dicho que era virgen. Se había dado cuenta de su error cuando él se lo había preguntado, sorprendido. Pero ahora parecía… ¿Resignado? ¿Lamentaba lo que acababan de hacer? Se le hizo un nudo en el estómago, pero antes de que pudiera decir nada, él se separó de ella y se sentó.
—Pedro, lo siento.
¿Verdaderamente importaba que él hubiera sido el primero? Su virginidad era asunto de ella. No se había propuesto engañarlo. Además, ¿Qué más le daba a él? Para ella era más importante de lo que se había imaginado. No se esperaba que la primera experiencia fuera tan abrumadora, que la pasión y el placer fueran tan íntimos e intensos, aunque dudaba que lo hubieran sido para él. Era evidente que él estaba acostumbrado a semejantes sensaciones. Había estado con muchas mujeres, antes que con ella. Él volvió la cabeza para mirarla.
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