Paula se había tomado seis meses sabáticos de su trabajo como auxiliar de enfermería para trabajar para David hacía dos años. Seis meses de trabajo gratuito a razón de unas cien horas semanales, y todo por ese momento. Si no hubiera sido la mejor amiga de la hermana pequeña de David, la habría hecho trabajar un año entero. El taxi se detuvo frente al destartalado bloque de pisos que Amelia y ella llamaban hogar. Volvió a meter los hinchados pies en los zapatos y subió lo mejor que pudo las escaleras hasta su casa. El ascensor, como de costumbre, estaba roto. Rememoró con claridad el día que había comprobado que los monstruos existían. Era domingo. Su madre había cocinado un tradicional asado inglés. Había preparado las verduras, Delfina la masa para el pudin de Yorkshire y la salsa de queso. Durante la comida, sus padres se habían planteado si sacar a las niñas del colegio una semana antes para poder disfrutar de su casa toscana un poco más. No sabían que, en cuestión de semanas, las niñas saldrían de esa escuela definitivamente porque el dinero para la matrícula desaparecería. Cuando sonó el timbre, ninguno sospechó lo que estaba a punto de ocurrir. Diana, su ama de llaves, tenía el día libre, así que la madre de las niñas, una hermosa mujer de gran presencia, había abierto la puerta. Regresó enseguida, la ansiedad reflejada en el rostro, y susurró a su padre, que se excusó. Acababa de llevarse a la boca una patata asada cuando unas voces llegaron desde el estudio de su padre. Sin mediar palabra, las hermanas Chaves y su madre se levantaron de la mesa. Unas voces masculinas, de fuerte acento, pero con una pronunciación precisa, permitió que las tres oyeran cada insulto, cada desprecio.
—Estás acabado, viejo. Cuanto antes lo aceptes, mejor para tí.
—Lo que era tuyo ahora es nuestro, patético fracasado. Acéptalo.
—Todo es nuestro.
—Despídete de tu empresa… Y saluda a Lucifer. Te ha estado esperando.
Paula y Delfina se abrazaron con fuerza cuando la puerta se abrió y dos hombres altos y morenos, impecablemente trajeados, salieron del estudio con la expresión de un par de mafiosos. No vieron a la mujer y a las hijas del hombre al que acababan de despedazar. Pero ellas sí los vieron. El tiempo se congeló. Cuando su padre salió por fin del estudio, había envejecido dos décadas. A la mañana siguiente, las asustadas adolescentes se despertaron de un sueño agitado y descubrieron que el cabello oscuro de su padre se había vuelto blanco. Un año después estaba muerto. Diez años después, su madre no era más que el envoltorio vacío de la mujer que había sido, angustiada y dependiente de estimulantes para levantarse de la cama cada mañana. Ellas nunca habían estado muy unidas. Antes se habrían sacado los ojos que hacerse un cumplido. Ese día, sin embargo, las había unido como los primos Alfonso jamás se habrían imaginado si se hubieran molestado en pensar en dos inocentes niñas atrapadas en el daño colateral de sus abominables acciones. Lo que las había unido era su propósito de venganza. Y por primera vez en una década, era capaz de imaginarse el sabor de esa venganza.
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