lunes, 26 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 68

En cuanto lo hizo, ella se bajó de un salto y salió corriendo. Al oír un portazo, se volvió y vió que Pedro la seguía. Parecía preocupado, probablemente porque se estaba comportando como si estuviera loca. 


—Cálmate, Paula, por favor. Vamos a hablar. Quiero que seas mi esposa —le miró el vientre—. Puede que estés embarazada de mi hijo.


Fue como si le hubiera dado un golpe. ¿Acaso el niño, que él decía que quería tener, formaba parte de todo aquello? Negó con la cabeza. No podía pensar es eso ahora.


—¿Me has querido, aunque solo sea un poco? —preguntó ella con la voz quebrada por la pena.


Él se puso tenso. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? ¿Cómo se había equivocado tanto? Si hasta él le había dicho que era incapaz de quererla. Pero no le había hecho caso. Paula se quitó el anillo y se lo tendió.


—Puedes quedártelo. Ya no lo quiero.


En lugar de agarrarlo, él se metió las manos en los bolsillos y la miró.


—No voy a hacerlo hasta que vuelvas al coche y entres en razón.


Estuvo a punto de lanzarle el anillo con la misma furia e impaciencia que él experimentaba. Pero el dolor le impedía sentir furia, por lo que lo metió en el bolsillo de la chaqueta que él le había puesto sobre los hombros y la tiró al suelo


—No me escuchas, Pedro —dijo ella con toda la firmeza de la que era capaz—. Ya no puedo ser tu esposa, porque te quiero y es evidente que tú nunca me querrás.


Vaciló y le dió unos segundos para que la contradijera, pero él no dijo nada. Y el corazón, por fin, le estalló en mil pedazos.


—Si hay niño, nuestros abogados hablarán del derecho de visita. No quiero volver a verte.


Dió media vuelta y se alejó de él. Se subió a un taxi y empleó las pocas fuerzas que le quedaban en dar la dirección al taxista. Pero cuando el vehículo arrancó y vió que Pedro la miraba, con la chaqueta en la mano, supo que le había mentido y que se estaba mintiendo a sí misma. Y cuando, dos días después, le mandó un mensaje para decirle que le había bajado la regla y que no habría niño, seguía teniendo el corazón hecho trizas y la agonía que experimentaba era aún más abrumadora. Continuaba queriéndolo y deseando la vida que creía que habrían podido tener juntos, aunque nada de todo aquello hubiera sido real.

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