En los años posteriores a la muerte de su madre, había deseado que su hermano se ocupara de ella. Se había sentido terriblemente sola en el internado al que la había mandado, aunque creía entender sus motivos. Ahora no estaba tan segura. Aún recordaba las penosas llamadas telefónicas en las que le pedía que la dejara pasar las vacaciones con él, que no la dejara en el colegio, cuando los demás alumnos se marchaban con sus familias, pero él siempre le respondía lo mismo. «No soy tu padre, Paula, ni estoy hecho para serlo. Hazme caso, estás mucho mejor donde estás». ¿Por qué, hasta aquel momento, no se había dado cuenta de que el problema no era ella, sino él? Si Pedro se había ocupado de sus hermanas como un padre, ¿por qué su hermano no había hecho lo mismo, aunque solo fuera en vacaciones?
—Pues, supongo que…
Él la miró como si le adivinara el pensamiento y los sentimientos. Ella intentó ocultarle la pena e incomodidad, la dolorosa sensación de que no era digna de ser querida. Rafael tenía razón en un aspecto: No había sido capaz de ser un verdadero hermano. Era una estúpida por no haberse dado cuenta hasta entonces.
—Me parece que debías de estar muy ocupado. Instalarse en París con dos hermanas adolescentes tenía que ser difícil, sobre todo si ellas no querían trasladarse.
—No te haces una idea.
Soltó una risa ronca, pero tan llena de afecto, que la conmovió. ¿Cómo sería que alguien te quisiera por encima de todo? Incluso su madre había establecido condiciones en su cariño, demostrándoselo únicamente cuando Paula no la estorbaba mientras estaba trabajando en una obra ni se enfadaba cuando se mudaban de nuevo. Se había sentido desarraigada tantas veces que tuvo que aprender a resistir y adaptarse, a establecerse en un nuevo lugar con esperanza y optimismo e intentando ver los aspectos positivos de su nueva residencia. Pero siempre había añorado tener estabilidad, aunque no la de un internado para alumnos ricos, donde todos la despreciaban por su «Acento vulgar», su incapacidad para conjugar un verbo latino correctamente y porque a su hermano, que pagaba los gastos, no le interesaba que pasaran tiempo juntos.
—Catalina aceptó mucho antes que Sonia —murmuró Pedro—. Aunque a Carito le gusta enredar, no pasa mucho tiempo enfurruñada. Es una persona llena de vida. Sonia, por el contrario, es rebelde por naturaleza, muy inteligente, muy testaruda e independiente. Me trajo mártir por el daño que le iba a hacer al apartarla de sus compañeros. No es una persona fácil de convencer. O al menos no lo era —concluyó en tono casi inaudible.
—¿Sonia es la que tiene un hijo?
Él la miró a los ojos y su expresión de recelo la sobresaltó. ¿Había dicho algo que no debía?
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