—Así que te casaste por compasión.
La verdad le pareció dura, implacable e infantil al oírsela decir. La vergüenza se añadió al sentimiento de culpa. Hacía años, Rafael la había acusado de lo mismo y ella se enfadó mucho porque él redujera lo que sentía por Leandro a algo tan estúpido. Se convenció de que Rafael era incapaz de amar, así que no entendía que otros lo hicieran. Le dijo que se equivocaba, que no comprendía lo que sentía por Leandro. Pero ahora se percataba de que el amor que sentía por él no era el que conducía al matrimonio. Y ni siquiera estaba segura de haberse casado por el bien de Leandro. Estaba dispuesta a que las cosas mejoraran, a ofrecerle un motivo para vivir, pero también a demostrar a su hermano que se equivocaba. Le había dado falsas esperanzas, un falso matrimonio que a ella la hizo sentirse mejor ante la perspectiva de perder a su mejor amigo.
—Pensé que, si me casaba con él, todo se arreglaría, que él mejoraría y que lo haría feliz.
Rió sin alegría al recordar las palabras de Leandro en la noche de bodas, en lo culpable que se sentía porque no podía ser un esposo de verdad para ella.
—Yo era muy joven. No sé en qué pensaba.
Pedro le apretó la mano.
—No te fustigues. No tiene sentido lamentarse de lo que ya no tiene remedio.
Ella suspiró.
—Supongo que no.
—Y es mejor casarse sin esas tonterías sobre el amor. Al menos, ahora lo sabes, lo que hará nuestra situación mucho más fácil.
Ella se volvió hacia él sorprendida por sus palabras.
—No te entiendo. ¿Qué tiene que ver mi matrimonio con nosotros?
Sobre todo, porque no había un «Nosotros». Aunque se le acelerara el corazón al pensar que pudiera haberlo. «¡Fantástico! Ahora, además de haberme vuelto insaciable, deliro».
—No mucho, salvo porque creo que deberías casarte conmigo.
¿Qué? Paula miró a Pedro como si le acabara de decir que se tiraran juntos por el balcón.
Él esperaba que se sorprendiera y que lo rechazara. Al fin y al cabo, apenas se conocían. Lo que no se esperaba era su mirada de total desconcierto. Lo había pensado en el cuarto de baño, mientras intentaba calmarse tras el tumultuoso orgasmo, el descubrimiento de la virginidad de ella y de los riesgos que la había hecho correr. Era la mejor solución y el único modo de cumplir la sagrada promesa que había hecho a su padre en su lecho de muerte de no aprovecharse de la inocencia de una mujer. Su padre le hizo prometer que protegería a su madre y hermanas. ¿Acaso Paula era distinta? La había abandonado el mismo canalla que había abandonado a Sonia. Además, de su unión derivarían otros prosaicos beneficios. Llevaba un tiempo pensando que casarse sería un movimiento acertado para la empresa y que le estabilizaría la vida. Karen le había dado la idea con sus constantes preguntas sobre el tema, pero no era la candidata ideal. Pero, a diferencia de ella, le saldría muy barato mantener a Paula.
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