—Ahora la chaqueta. Desabróchatela, mo mhuirnín —murmuró empleando la expresión irlandesa que ya había utilizado—. Despacio — añadió al ver que ella se desabrochaba los dos primeros botones a toda velocidad.
Ella trató de hacerlo más despacio, pero su mirada la torturaba. Cuando acabó, jadeaba.
—Enséñame los senos.
Ella se abrió la chaqueta y le mostró los pezones endurecidos. Él murmuró palabras apasionadas de aprobación.
—¿Te duelen?
—No te haces una idea —gimió ella.
Él volvió a reírse.
—Juega con ellos.
Ella se los agarró entre dos dedos y se los acarició y pellizcó bajo su atenta mirada. El sexo le latía. Comenzó a moverse en el sofá elevando los senos y ofreciéndoselos, desesperada porque la acariciara. Sus palabras de estímulo y exigencia eran lo único que la unía a la realidad, hasta que casi pudo sentir sus labios, firmes y fuertes haciendo magia en sus turgentes senos.
—Quítate las braguitas.
Ella lo hizo. Ya estaba completamente desnuda. Todo su cuerpo era puro deseo.
—Ahora acaríciate donde más me deseas.
Ella deslizó los dedos por los húmedos pliegues y llegó a la hinchada protuberancia, que exigía satisfacción.
—Frótate con más fuerza, hasta que te arda, pero no llegues al orgasmo hasta que te lo diga.
Ella arqueó la espalda esforzándose en contenerse, mientras él la manejaba como si fuera una marioneta. Lo único que se oía era su respiración jadeante. Se acarició en círculos hasta que, desesperada, se introdujo en el centro. Estaba casi a punto de alcanzar el clímax. Lo oyó gruñir y supo que se estaba dando placer mientras la miraba y le daba órdenes. La idea de excitarlo tanto como él a ella la hizo sentirse poderosa. Él gimió.
—¡Ahora!
La invadieron oleadas de doloroso placer, de un placer intenso pero no suficiente. Se quedó exhausta y estremecida. El ritmo del corazón le fue disminuyendo. Oyó que él lanzaba una maldición y alzó la vista. Parecía tan aturdido como ella.
—Es el mejor sexo por teléfono que he tenido. Posees un talento innato.
Ella soltó una risa cansada. Estaba contenta. Tal vez, aunque solo fuera en aquello, podían ser iguales.
—Vete a dormir —dijo él aún en tono autoritario, aunque menos seguro que al principio de la llamada—. Vas a necesitarlo, porque he decidido volver antes. Y cuando llegue a tu casa, voy a tenerte muy ocupada haciéndotelo de verdad.
Tal vez había cometido errores con Sonia y su madre, errores de los que siempre se arrepentiría. Pero ahora tendría la oportunidad de compensarlos.
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