miércoles, 28 de enero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 3

 —Por la diversión —ella chocó su copa con la de él, los ojos azules fijos en los suyos.


Luego pellizcó la pajita entre el pulgar y el índice y la introdujo lentamente entre los labios. El escalofrío que corría por las venas de Pedro se disparó. Sonó el teléfono de Paula.


—Perdona —ella leyó el mensaje. Contestó rápidamente y sonrió con tristeza—. Tengo que irme.


—¿Ya?


—Un cumpleaños. Sofía iba a reunirse aquí conmigo, pero se le ha hecho tarde y ha ido directamente a Amber’s. Ha enviado su coche a recogerme. Llegará en unos minutos —Paula lo miró provocativamente—. Seguro que no le importará que nos acompañes.


Pedro conocía Amber’s, un pequeño club nocturno con una clientela formada casi exclusivamente por británicos de la alta sociedad.


—Noche de póquer —él señaló a los tres hombres sentados a su mesa—, pero podría reunirme con ustedes más tarde… Si quieres.


—Sí, quiero —ella terminó su mojito y sacó seductoramente la pajita de la boca—, pero tengo que acostarme pronto, a medianoche como muy tarde, o me convertiré en calabaza.


Pedro apoyó los dedos en la mano de manicura esmerada que cada vez se acercaba más, y clavó su mirada en la de ella. Nada le gustaba más que una mujer sexy que supiera exactamente lo que quería y no tuviera miedo de demostrarlo, y esa mujer lo tenía todo. Sexy. Guapa. Rubia. De largas piernas. Y dejaba claro que lo deseaba. La perfecta calientacamas temporal.


—A mí también me vendría bien acostarme pronto.


—Por tentadora que resulte tu oferta implícita —sus ojos brillaron—, debo rechazarla. Vuelo a Barbados por la mañana y necesito mi sueño reparador.


—¿Barbados?


—Tengo mi yate en un puerto deportivo de Bridgetown —ella asintió y se levantó—. Paso un par de meses navegando cada verano.


—Qué coincidencia… Vuelo al Caribe en un par de semanas.


—¿En serio? —ella abrió los ojos, sorprendida.


—Podemos quedar —Pedro asintió—. Si quieres…


—Me gustaría mucho —le susurró Paula al oído—. Dame tu número —añadió con una amplia sonrisa.


Él se lo dictó y ella lo grabó en su móvil.


—Mi carruaje está aquí.


—Entonces será mejor que te vayas antes de que te conviertas en una calabaza.


—Encantada de conocerte, Pedro —ella rió suavemente con los ojos brillantes.


Le lanzó un beso y se alejó con sus fabulosos tacones de aguja y la misma confianza sexy con la que había entrado en el bar, balanceando las caderas. Pedro sacudió la cabeza e intentó reprimir una carcajada ante lo que acababa de suceder.

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