lunes, 19 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 58

El sexo era espectacular, tal vez en exceso, pero debería haber rechazado inmediatamente la proposición de Pedro. En cambio, le había dado la impresión de que podía convencerla, de que podía ser tan cínica y pragmática como él. Y no era así, sobre todo porque se temía que le inspiraba sentimientos con los que no sabía qué hacer. Sentimientos que no tenían tanto que ver con los dos espectaculares orgasmos que él le había provocado al hacer el amor por primera vez en su vida, ni con su atención hacia ella al ponerle un guardaespaldas para su seguridad, como con la pasión con la que hablaba de sus hermanas, su familia y la posibilidad de casarse y tener hijos. Ella siempre había deseado tenerlos, formar una familia a la que querer incondicionalmente y que, a su vez, la quisiera del mismo modo. Eso le bastaba para saber que no iba a tomarse la píldora del día siguiente, aunque no fuera la decisión más acertada. Lo cierto era que arriesgarse a quedarse accidentalmente embarazada, aunque la probabilidad fuera mínima, de un hombre al que apenas conocía no era lo que más la asustaba. Lo que la aterraba era que cuando le había propuesto que se casaran, en tono firme, práctico, directo y anti romántico, su estúpido corazón había gritado «Sí». Y no porque fuera multimillonario y pudiera convertir su empresa en la mejor para organizar eventos; ni porque fuera el amante más apasionado, de hecho el único, que había tenido; ni porque fuera increíblemente guapo, irresistible y carismático; ni siquiera porque supiera que probablemente sería mejor padre que el suyo. Por ninguno de esos motivos, sino porque ella había hecho algo muy estúpido durante aquel fin de semana juntos. Se había enamorado de un hombre del que no sabía si era capaz de corresponderla. Y por si aquello no fuera lo bastante delirante, corría el peligro de convencerse de que podía salir bien, de que, si le daba la oportunidad, él aprendería a quererla. Sabía que ansiaba ofrecérsela, ofrecérsela a ambos, a pesar de que el absurdo optimismo que la llevaba a creer que el amor siempre se abría camino, que siempre había un final feliz, ya la había destrozado una vez. Y nada le garantizaba que no volviera a suceder.


-¡Pedro! ¡Has llamado!


El corazón de Paula le dió un vuelco al ver aparecer el rostro de su amante en la pantalla del móvil, a las ocho de la tarde en punto. ¿Por qué había pensado que no llamaría? ¿Y de qué querría hablar? Porque tras cinco días separados, ella aún no tenía una respuesta coherente que darle. Había llegado a casa hacía una hora. Había trabajado mucho durante la semana para atender a la interminable lista de nuevos clientes, lo que contribuyó a que dejara de pensar constantemente en lo sucedido en París el fin de semana. Sin embargo, se lo recordaron las constantes llamadas y correos electrónicos de amigos y conocidos para preguntarle sobre el nuevo hombre que había en su vida. Al llegar a casa, se notó cansada, nerviosa y aterrada, a medida que se acercaba la hora concertada para la llamada. Mientras se duchaba, tardó mucho en decidir qué ponerse. Se maquilló, se desmaquilló y, al final se puso un pijama de algodón y pantuflas de conejo. «Muy seductora, ¿Verdad?».


—Claro que te he llamado —dijo él con una sonrisa cansada—. Te dije que lo haría.


—Así es —ella ya había descubierto durante su corta relación que era un hombre de palabra—. ¿Dónde estás?


—Mira —enfocó el móvil a su alrededor—. Es una casa que tengo en Gold Coast. Es mejor que alojarme en un hotel cuando te enfrentas a un desfase horario monumental.

No hay comentarios:

Publicar un comentario