lunes, 5 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 45

«Así que ese canalla también la abandonó». Pedro intentó reprimir su violenta reacción ante el descubrimiento. La lealtad de Paula a un hombre que no se la merecía lo alteraba y hacía que quisiera protegerla aún más. «Paula es una mujer dulce e indulgente, lo que la perjudica». Le acarició la mejilla con el pulgar y olvidó el resentimiento que había querido sentir.


—Bueno es saberlo —murmuró, sorprendido por la fe que ella tenía en él.


Carraspeó y bajó la mano.


—¿Qué hacemos ahora?


Ella sonrió.


—¿Dónde quieres llevarme?


«Al hotel». Reprimió el estremecimiento que le produjo la idea. La sinceridad de ella la hacía aún más deseable. Se percató del peligro. No debía tomarse a la ligera la sensación de conexión y la marea de emociones que le provocaba hasta que no supiera cómo enfrentarse a ellas.


—¿Comemos algo? Tengo hambre Conozco un restaurante aquí cerca donde preparan los mejores mejillones de la ciudad.


—Me parece una idea estupenda. Yo también estoy hambrienta, tras haber subido esa escalera.


Él percibió el deseo en su voz, un deseo que igualaba al suyo. Y supo que la comida sería una tortura.


—La Torre Eiffel es mucho más grande de lo que me imaginaba — afirmó Paula mientras Pedro le agarraba la mano helada y cruzaban el vestíbulo del hotel dejando un reguero de agua en el suelo de mármol—. Me habría gustado subir. Seguro que la vista es fantástica —añadió mientras él llamaba al ascensor.


—Lo es —contestó él sonriendo—. Pero ¿Estás loca? Nos habríamos ahogado, si subimos.


Ella rió. No sabía por qué ella lo divertía tanto, pero lo hacía, probablemente por su entusiasmo ante todo lo que habían visto. Se temía que, a pesar de su fortuna y su éxito, y de su familia, Pedro no solía sonreír. Después de salir de la basílica, habían ido al restaurante, situado cerca de la plaza de la Bastilla, donde tomaron mejillones y patatas fritas. Volvieron a montarse en la moto y pasaron por las calles adoquinadas del Marais y el mercado de Les Halles para llegar a la última parada: La Torre Eiffel. Mientras Pedro sobornaba al portero, porque los multimillonarios no hacían cola, comenzó a diluviar. Al cabo de unos minutos, estaban empapados, así que se apresuraron a volver al hotel. Ella iba abrazada a su cintura y notaba su cuerpo fuerte y sólido. El deseo le latía entre los muslos y había ido aumentando con el paso de las horas. ¿Podía haber resultado una tarde mejor?

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