viernes, 30 de enero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 7

El Palazzo delle Feste brillaba bajo el deslumbrante sol caribeño.


—¿Cómo demonios has conseguido esto para mí? —preguntó Paula, incrédula, a David.


—Llámame mago —él agitó una mano.


—¿Mago? —ella volvió a mirar el enorme barco atracado ante ella—. David, esto es mucho más de lo que pedí —el acuerdo había sido seis meses de trabajo gratis a cambio del uso de un elegante y moderno yate de al menos doce metros, algo que una mujer joven, económicamente independiente, o poseedora de un fideicomiso poseería—. Es demasiado — sacudió la cabeza.


Era demasiado llamativo. ¿Cómo iba a pasar desapercibida si las cosas se torcían y tenía que escapar? Además, algo de ese tamaño daría la impresión de que estaba en la liga de los multimillonarios. Sabía cómo fingir ser rica, a fin de cuentas lo había sido, pero eso era otra cosa.


—Necesito algo mucho más pequeño.


—Lo siento, cariño, pero no puede ser. Estamos en plena temporada de verano. Todo está reservado o los dueños lo quieren para ellos.


—Pero esto no es lo que acordamos.


—Cariño, te he conseguido uno de los mejores superyates del Caribe, ¿Y te quejas? ¡Es una obra maestra! Tiene helipuerto, dos piscinas, biblioteca, sala de ocio, sala de juegos, sala de cine, casino, salón de belleza, spa y un tobogán hinchable por el que puedes deslizarte directamente al mar. Y, además, una lancha motora, motos acuáticas y un montón de artilugios para tu disfrute.


Era una embarcación equipada y dedicada a la diversión de su propietario.


—¿Sabe el dueño que lo vas a prestar gratis durante quince días? — alquilar algo así costaría alrededor de cien mil dólares. Por semana. En libras inglesas.


—No me hagas preguntas y no te mentiré.


Ella lo fulminó con una mirada que, en lugar de hacerle temblar, le hizo reír y abrazarla.


—Oh, Paula. ¿Por qué estás tan seria? Estás en el Caribe. Tienes un super yate con una tripulación de veinte personas a tu disposición. Disfrútalo, querida. Todo está incluido. Si estás fondeada en el mar y quieres un Methuselah de Moët o cien rosas blancas, pídelo y te lo llevaremos.


—¿De verdad no tienes nada más pequeño?


—¿Sabes cuál es la definición de estupidez? Hacer la misma pregunta una y otra vez esperando una respuesta diferente.



Desde el otro lado del puerto, en el balcón de su habitación de hotel, Pedro observó a través de sus prismáticos el intercambio entre Paula y el agente. Su bella buscavidas no parecía contenta. No necesitaba leer los labios para saber que estaba protestando. Sonrió cuando por fin pareció darse por vencida. Un segundo después, subieron las escaleras del Palazzo delle Feste. El capitán los recibió. Ella le estrechó la mano y siguió a los dos hombres hasta el interior. «Bien jugado, David», pensó. Nada en el comportamiento del agente sugería que algo iba mal. La oferta de un cuarto de millón más si la estafadora aceptaba el yate era una tentación demasiado grande como para intentar meter la pata. Ese dinero se sumaba a los cien mil que él ya le había pagado. La información tenía un precio, y estaba dispuesto a pagarlo.

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