viernes, 2 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 37

Paula cerró la puerta, expulsó el aire que había estado reteniendo y deslizó la espalda por la puerta y se sentó en el suelo, ya que las piernas no la sostenían. Las luces de la ciudad brillaban al otro lado de las enormes ventanas, que daban a una terraza de piedra. La luna iluminaba los muebles antiguos, las lujosas telas y las obras de arte de la estancia. La vista de París desde la suite era casi tan impresionante como el beso de Pedro. Casi. Se llevó un tembloroso dedo a la barbilla, que le escocía por el roce de la barba de un día de Pedro. Después se pasó el dedo por los labios, que aún le ardían por la ferocidad del beso. «¿Casi?». ¿A quién quería engañar? La vista de París, una ciudad que deseaba visitar desde hacía años, no era ni la mitad de espectacular que el beso de él. La había devorado como si no pudiera saciarse de ella: Sus labios hambrientos la buscaban y exigían su rendición. Y habían encendido en el interior de ella un fuego que no sabía que estuviera allí. Cruzó las piernas e intentó respirar regularmente. Debería levantarse, encender la luz, recorrer la suite, que probablemente sería tan magnífica como todo lo concerniente a aquel viaje, y salir a la terraza a contemplar la vista. Pero era incapaz de moverse. El cuerpo se le había derretido como si fuera de mantequilla. ¿Qué había sucedido? Estaba hablando de Leandro y, de repente… Suspiró sintiéndose culpable.


—Lo siento, Leandro —susurró, pero su rostro le pareció borroso.


Leandro no la había hecho sentir como Pedro. Era un niño que no había sabido convertirse en adulto. Era su mejor amigo, pero ¿Había sido de verdad su esposo? El sentimiento de culpa aumentó, pero no por haber reaccionado tan deprisa al beso de Pedro, sino porque ya no recordaba qué sentía al besar a Leandro. Lo quiso mucho, aunque comenzaba a preguntarse si realmente había sido así, si lo había querido como a un adulto. Su vida en común le parecía un sueño corto, trágico y lejano, en el que no había habido conflictos ni desacuerdos, pero tampoco sustancia ni emoción. ¿Por qué se habían casado? ¿Porqué él la necesitaba o porque ella lo necesitaba? Apartó de la mente aquel pensamiento. Su vida con Leando se había acabado, pero de una cosa estaba segura: no la había preparado para besar a un hombre como Pedro Alfonso. Tardó un poco más en recuperarse, ya que no dejaba de revivir el beso, pero al cabo de cinco minutos se levantó. Aún temblaba al dirigirse a la terraza. Abrió las puertas correderas y se halló en una elegante terraza de piedra con hamacas y adornos florales. La vista la dejo sin aliento. A lo lejos se veía la Torre Eiffel y, más cerca, el Grand Palais iluminado. París era una ciudad bellísima. Y ella estaba allí por primera vez, con un hombre que le cortaba la respiración, en sentido literal. Y él la deseaba con la misma urgencia que ella a él.

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