Dos semanas después
Paula conducía un coche de alquiler y, al divisar el castillo de Kildaragh, se le hizo un nudo en la garganta. Cuando se detuvo frente a la puerta principal y contempló el sendero que llevaba a la cala donde había visto a Pedro nadando, se le aceleró la respiración. Una oleada de profunda tristeza se apoderó de ella; una tristeza de la que no sabía si sería capaz de librarse. «Carolina te ha prometido que él no iba a estar». Se quedó sentada en el coche unos segundos para recuperar la compostura y presentar su habitual imagen profesional. La boda se celebraría dos días después. Carolina le había rogado que acudiera para controlar los últimos detalles. Tras la ruptura con Pedro, encargó los preparativos restantes a una respetada organizadora de bodas de Galway, que aceptó encantada el prestigioso encargo. Se bajó del coche, agarró la carpeta que contenía la lista definitiva de preparativos que aseguraría a Imelda que todo iría de maravilla. Esa tarde comenzarían a llegar los invitados, así que ella había tomado un vuelo desde Londres a las cinco de la mañana para tranquilizar a Carolina y marcharse lo antes posible. La fatiga que sintió al subir los escalones de la capilla donde se había citado con Imelda no se debía a lo temprano que se había levantado ni al viaje. Llevaba dos semanas casi sin dormir. Soñaba con Pedro y de día la asaltaban los recuerdos: Algunos excitantes; otros, dolorosos. «Deja de pensar en él. No te hace ningún bien». Revivir cada segundo de la relación no iba a cambiar nada ni a hacer que se sintiera menos estúpida. Él le había hecho daño, desde luego, pero ella se lo había consentido, por lo que también era responsable. Empujó la pesada puerta de roble y recorrió la nave, ya decorada con las cintas y los arreglos florales que había encargado a un florista local.
—Hola, Carolina. Soy Paula —gritó mientras miraba el reloj para comprobar que llegaba a la hora convenida—. ¿Dónde estás?
El interior de la capilla estaba oscuro. Hacía frío.
—No está —dijo una voz que la puso tensa y le aceleró el pulso.
Se volvió y allí, en la entrada, estaba Pedro. El corazón se le desbocó. Parecía el mismo, pero no era así. Llevaba el cabello, normalmente bien peinado, revuelto y se había dejado barba, pero cuando sus azules ojos la miraron, ella experimentó el sobresalto habitual. Soltó la carpeta y comenzó a temblar.
—¿Qué haces aquí? Carolina me había pro… Prometido… —comenzó a tartamudear—. Me dijo que estarías en Roma —el corazón le latía tan deprisa que la atragantaba.
`No podía ni quería volver a enfrentarse a lo mismo.
—Te mintió —afirmó él acercándose con precaución, como si ella fuera un animal salvaje que tuviera que domar—. Le pedí que lo hiciera para que vinieras y pudiera hablar contigo.
—No, no puedo… —negó con la cabeza mientras los ojos se le llenaban de lágrimas, a pesar de las muchas que había vertido.
Pasó a su lado apresuradamente para salir, pero él la agarró del antebrazo con delicadeza.
—Por favor, no vuelvas a huir de mí, Paula.
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