«Es la misma razón por la que está dispuesta a casarse contigo, a pesar de que no puedes quererla». Reprimió el desagradable pensamiento. Aunque no pudiera amar a Paula, la protegería del canalla de su hermano.
—Aléjate de ella —dijo con desprecio, incapaz de reconocer su propia voz—. No tienes derecho a hablarle.
—Pero ¿Qué…? —De Courtney lanzó un improperio. La sorpresa le había borrado la sonrisa—. ¿Quién te crees que eres para decirme eso?
—Soy quien se va a casar con ella.
Su furia comenzó a disminuir cuando notó que Katherine lo agarraba con fuerza del brazo. Bajó la vista y observó el brillo de los diamantes en su dedo.
—¿Qué pasa, Pedro? —ella tenía una expresión horrorizada y los ojos húmedos—. ¿De qué conoces a Rafael?
La tomó de la mano. De repente, lo único que quería era salir de allí. La vergüenza lo ahogaba.
—Debemos irnos. Tenemos que hablar.
—Pau, no seas idiota. Este hombre está loco.
Pedro la miró. El deseo de darle un puñetazo a De Courtney ya era prácticamente irrefrenable, pero contuvo la furia, mientras la vergüenza le hacía un nudo en el estómago. De Courtney no le importaba. Lo que importaba era sacar a Paula de allí para explicárselo, aunque ya no estaba seguro de qué iba a decirle. Aquel asunto se le había ido de las manos. Había dejado de pensar en Sonia y en el pequeño Joaquín, y solo quería proteger a Paula, lo cual no tenía sentido. Ella miró a su hermano y luego a Pedro. Y él vió en sus ojos una confianza absoluta que lo dejó destrozado.
—Muy bien —dijo ella—. Vámonos.
Salieron del bar sin hacer caso de los gritos de Rafael llamándolos locos. Al agarrarla de la mano notó un ahogo y un dolor en el corazón que lo aterrorizaron. Paula se estremeció tratando de recuperarse. El coche de Pedro se detuvo delante de la Royal Opera House. Había dejado el abrigo en el palco, pero no era el aire invernal lo que la hacía tiritar.
—Te estás quedando helada —él le echó su abrigo por los hombros y le pasó el brazo por la cintura para que entrara en el coche, mientras Marcos Morales les abría la puerta.
Paula aspiró el aroma familiar de Pedro, pero ni eso ni la sensación cálida de su brazo consiguieron cerrar el abismo que se le había abierto en el corazón. Se sentó muy erguida. Sabía que estaba en estado de shock. No dejaba de revivir la expresión de cólera en estado puro que había contraído el rostro de su prometido, convirtiéndolo en un desconocido, al mirar a su hermano y decirle lo que le había dicho. «Sé perfectamente quién eres». ¿De qué lo conocía Pedro? ¿Por qué no se lo había dicho? Lo cierto era que había pensado en ponerse en contacto con Rafael después de la conversación que Pedro y ella habían tenido en París. Sabía que vivía en Nueva York y había buscado la información necesaria para hablar con él. Su alejamiento era una estupidez, producto del orgullo de ambos. Se había dado cuenta de que Rafael se opuso a su boda con Leandro para protegerla. Era ella quien se había alejado al negarse a hablar con él hasta que se retractara, cosa que no hizo, ya que no le gustaba reconocer que se había equivocado.
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