miércoles, 7 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 48

«Deja de fantasear, Paula». Intentó decirse que aquello no era un sueño, que era realidad, el momento que llevaba tanto tiempo esperando se aproximaba a velocidad de crucero. Pero ¿Era Pedro el hombre adecuado? Seguía sin saber mucho de él. Sin embargo, confiaba en él, tal vez en exceso. Estaba sin aliento y temblorosa cuando él empujó con el hombro la puerta al final de la escalera. Estaban en el pasillo que llevaba a las suites. Él le apretó la mano al llegar a la de ella, que se quedó unos segundos sin saber qué hacer, con el pulso acelerado.


—Tienes que abrir la puerta, Paula —dijo él en tono divertido y excitado a la vez.


Ella sacó la tarjeta del bolso, pero los dedos le temblaban tanto que no pudo introducirla en la ranura. Él se la quitó, la pasó y se la devolvió.


—Gracias —dijo ella mientras volvía a meterla en el bolso.


—De nada.


Empujó la puerta, entraron y la cerró tras de sí. Desde la terraza se veía el cielo estrellado. Pero ella solo se fijó en Pedro, que se quitó el esmoquin y se le acercó.


—¿Puedo? —le quitó el bolso de la mano y lo dejó en una silla.


Después le pasó los pulgares por debajo de los tirantes del vestido. Ella asintió. Se le aceleró la respiración cuando él le bajó los tirantes y la cremallera situada debajo del brazo. El cuerpo del vestido cayó y dejó al descubierto el bustier de encaje. Ella contuvo el aliento.


—Muy bonito —dijo él recorriéndole el escote con el dedo. 


Ella contrajo el estómago. Ansiaba que le acariciara los pezones. Él le introdujo los dedos en el cabello y le echó la cabeza hacia atrás examinándole el rostro con ansia y deseo.  Maldijo en voz baja.


—Las últimas cuatro horas han sido una tortura.


Ella le puso las manos en los duros músculos del abdomen y notó que se le tensaban bajo la camisa. Él le tomó el rostro entre las manos y, por fin, la besó con fuerza, exigencia y tanta furia como la noche anterior. El fuego del deseo se desató en el centro de su feminidad y se le extendió hacia los senos, lo que la hizo temblar. Ella le sacó la camisa de los pantalones, pues necesitaba sentirlo. Le tocó los fuertes abdominales. Él separó la boca de la de ella jadeando. Se quitó la pajarita y se abrió la camisa, que lanzó al suelo. La luna le iluminaba los abdominales, los pectorales y los bíceps. Paula lo miró hasta hartarse, mientras él se desabrochaba el cinturón. Llevaba un bóxer negro y ajustado que revelaba su potente erección. «¿Esto va a salir bien?». Ella parpadeó varias veces, medio mareada al contemplar la prueba de su deseo.


—Eh, ¿Todo bien?


Ella asintió.


—Sí, de maravilla.


—Llevas demasiada ropa encima —dijo él con una sonrisa que eliminó todos sus recelos.


«Su erección se amoldará a tí, y será maravilloso». Quería tenerlo en su interior, saber lo que sentiría cuando un hombre la poseyera. Sobre todo aquel hombre. Llevaba demasiado tiempo esperando.

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