viernes, 9 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 54

 —Pero Pedro… —se soltó de su mano—. No tengo diecinueve años, sino veinticuatro. Y no me has seducido: deseaba acostarme contigo. Y lo deseaba mucho. Y no voy a quedarme embarazada porque has tenido el buen juicio de utilizar un preservativo.


—Se ha rasgado —dijo él.


Ella palideció.


—Ah —dijo intentando tragar saliva y deshacer el nudo que se le había formado en la garganta.


—He debido de ser yo, con las prisas para ponérmelo. Es la primera vez que he abierto el envoltorio con los dientes. Puede que te hayas quedado embarazada, a no ser que emplees algún método anticonceptivo.


—Yo…


Volvió a tragar saliva y lo miró con los ojos muy abiertos y una expresión en que se mezclaban la preocupación, la culpa, el arrepentimiento y la vergüenza.


—No, no uso ninguno, pero hay pocas posibilidades de que me quede embarazada —carraspeó al tiempo que se sonrojaba—. Estoy al comienzo del ciclo.


Y él se percató, extrañamente, de que estaba contento de ser el primer hombre con el que tenía semejante conversación. «Chico, eres como los hombres de las cavernas». No era una reacción que se esperara, pero todo lo referente a su relación con Paula hasta ese momento estaba siendo inesperado, y lo raro era que, teniendo en cuenta que no le gustaban las sorpresas, era una cosa más sobre ella que le resultaba fascinante.


—Podría tomarme la píldora anticonceptiva del día siguiente.


—Sí, si es lo que deseas. ¿Pero es eso lo que quieres?


La verdad era que su reacción habría sido muy distinta si se hubiera roto el preservativo con alguna de las otras mujeres con las que había estado. Al quitárselo en el cuarto de baño y darse cuenta del problema, no sintió pánico ni se sintió atrapado. La posibilidad de un embarazo le pareció inevitable, fortuita. Sintió el peso de la promesa a su padre, pero, más que eso, se imaginó al niño que tendrían, que sería optimista y compasivo como ella, y ambicioso y resuelto como él.  Adoraba al hijo de Sonia. La familia constituía una parte muy importante de su vida. Era la base sobre la que había construido su imperio. Tras la muerte de su madre, nunca había eludido sus responsabilidades. Era uno de los motivos por los que había trabajado tanto para amasar una fortuna. Pero hasta ese momento había evitado plantearse tener hijos. Sin embargo, al examinar el preservativo roto y darse cuenta de lo sucedido, una extraña calma se apoderó de él, pues pensó que ya no le correspondía tomar la decisión. El destino era una poderosa fuerza en la que creía; al fin y al cabo, era irlandés de pura cepa. Y si el destino había decidido que debían tener un hijo…


—¿Me estás diciendo que no quieres que la tome? —preguntó ella.


La sorpresa había dado paso a la confusión. Él le acarició los labios con el pulgar ante la urgente necesidad de tocarla, de hacer aquel momento más tangible y real.


—Eres tú quien decide, pero, sinceramente, cuando ví el preservativo roto me dí cuenta de que no me contrariaba la perspectiva de un embarazo.


—¿En serio? ¿No estás enfadado? Acabamos de conocernos y ni siquiera estamos saliendo.


—Ahora lo estamos —afirmó él, por si ella lo dudaba—. Y no estoy enfadado —añadió, sorprendido por la seguridad con que hablaba—. La familia lo es todo para mí. Y creo que sería un buen padre. Ya tengo mucha práctica. 

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