Envió un mensaje. "Acabo de aterrizar. Deseando verte. P x" ¿Cómo sabía que era una estafadora? Su infalible instinto. La única vez que lo había ignorado, las consecuencias habían sido desastrosas. Las pruebas también eran bastante convincentes. Una hermosa mujer entrando en un club famoso por ser el refugio de los ricos y poderosos, en busca de un hombre al que atrapar. Había interpretado su papel maravillosamente. Esa mirada de «Ven a la cama». La sonrisa seductora. Su entusiasmo por la soltería. No había hablado de ninguna aventura sin ataduras por la que cualquier hombre salivaría, pero sí había establecido de forma inteligente y sutil que era rica, mencionando su yate. Se había puesto a su altura financiera para disipar cualquier duda que pudiera tener la víctima. Había estado magnífica. Si Rodrigo no la hubiera visto subir a un taxi, Pedro no habría dudado de ella en absoluto. Había pedido a un estrecho colaborador de Barbados que preguntara en todos los puertos deportivos de Bridgetown por una bella rubia llamada Paula que tenía amarrado su yate allí. Nadie había oído hablar de esa mujer… Pero había conseguido una deliciosa pista. El escurridizo David Reynolds, estaba pidiendo prestado un modesto yate de no menos de doce metros. Lo mejor de todo era que el codicioso David vivía en su propio yate, por lo que no lo necesitaría para él. Y, casualmente, lo necesitaba para el día en que volaba al Caribe.
Pedro pidió a su socio que hablara con David Reynolds. Tras entregarle una cantidad considerable de dinero, averiguó que el yate era para el uso exclusivo de una mujer llamada Paula Fernández. Podría ser una coincidencia. Pero él no creía en las coincidencias. Solo había una forma de averiguarlo, y era ofrecer su nuevo yate, el Palazzo delle Feste, a la misteriosa Paula Fernández. Su instinto había acertado. La bella Paula era, en efecto, Paula Fernández. Una estafadora. Su teléfono vibró. La estafadora había respondido. "¡Qué coincidencia! ¡Acabo de atracar! ¿Te apetece quedar en Freddo’s más tarde? x" Habían intercambiado docenas de mensajes y numerosas llamadas desde su artificioso encuentro. Había sido muy divertido seguirle la corriente, haciéndole preguntas sobre lo que estaba tramando, preguntándose qué mentira descabellada se le ocurriría a continuación. «He pasado el día haciendo submarinismo», o «He pasado el día con unos amigos en Santa Lucía. ¿Lo conoces? ¡Es para morirse!». Pero eran las llamadas telefónicas las que más le gustaban. Se la imaginaba agobiada por las mentiras que él le obligaba a fabricar. No dejaba de captar toques de auténtico humor en su bella voz, que aumentaban la anticipación. ¿Un lío con una bella buscavidas con sentido del humor? ¿Qué hombre podría resistirse? Respondió rápidamente. "No me lo perdería por nada del mundo. ¿A las 17:00? P x" Su respuesta llegó instantes después. "Perfecto. x"
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