viernes, 2 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 40

 —No hace falta —dijo él, aun sonriendo y haciendo que ella se sintiera todavía más ridícula. 


Organizaba eventos para gente rica, por lo que sabía cómo vivía. ¿Cómo no se había imaginado que el precio sería mucho más caro de lo que se podía permitir?


—No tenemos tiempo para que busques otro vestido si queremos visitar la ciudad esta tarde. ¿Y para qué vamos a buscar otro, cuando este es precioso? —preguntó volviendo a mirarla de arriba abajo—. Nos lo llevamos. 


Antes de que ella tuviera tiempo de protestar, él le puso las manos en los hombros la hizo dar media vuelta para que se quedara frente a los probadores y le dio una palmada en las nalgas.


—Ve a cambiarte. Hay muchas cosas que quiero enseñarte y solo faltan cuatro horas para el baile.


Ella se dirigió deprisa a los probadores. Tal vez se le ocurriera una forma de pagarlo, pensó mientras la ayudaban a quitarse el vestido, que metieron en una caja mientras ella se vestía. No podía aceptar un regalo de ciento cincuenta mil euros, pero podía devolverlo después de ponérselo esa noche o subastarlo en Internet para devolverle a Pedro parte del dinero. Ya vería lo que hacía. Pero no iba a consentir que una minucia como aquel vestido de precio astronómico se interpusiera en la aventura de aquella tarde. Se moría de ganas de ver París con él y de tener la oportunidad de conocerlo mejor. Ya había decidido acostarse con Pedro esa noche, pero, puesto que iba a ser su primer amante, ¿Por qué no saber algo más de él? Aunque no tuvieran una relación como tal, aquello era una cita de verdad que los llevaría a una situación muy íntima esa noche, por lo que tenía derecho a satisfacer su curiosidad.


—¿Dónde está el coche? —preguntó Paula mordiéndose el labio inferior, lo que a Pedro le provocó la descarga habitual de adrenalina.


Él se montó en la brillante Harley-Davidson que había llevado al hotel en cuanto pospuso el resto de las reuniones del día, después de haberse estado esforzando toda la mañana en concentrarse y sabiendo que no podía estar lejos de Paula ni un minuto más. Aunque podía considerarse una acción indulgente y temeraria, se vio compensado al entrar en la lujosa boutique y ver a la mujer a la que iba a llevar al baile esa noche en todo su esplendor. Estaba asombrosa. Habría pagado un millón de euros por acompañarla esa noche con aquel vestido, y un millón más por quitárselo después. Reprimió con esfuerzo la dirección de sus pensamientos. No era el momento. 


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