Ella le apoyó los brazos en el pecho y cerró los puños luchando por soltarse. Al aspirar su aroma se puso frenética. Pedro había tenido sus sueños y esperanzas en las manos y los había destrozado. Y ella no era lo bastante fuerte para volver a enfrentarse a eso y sobrevivir.
—Por favor, deja que me explique, que me disculpe… Hay muchas cosas que no sabes y que tenía que haberte contado —la agonía de su voz traspasó el pánico de ella, que dejó de luchar y comenzó a estremecerse de angustia.
—Paula —murmuró soltándola y tomándole el rostro entre las manos—. Tienes muy mal aspecto. ¿Es también por culpa mía?
Ella percibió la desolación en su voz y el arrepentimiento en sus ojos. Se soltó de sus manos y se abrazó a sí misma aferrándose a lo único que le quedaba: El orgullo.
—No pasa nada. Me recuperaré —afirmó tratando de salvar el último resto de dignidad que le quedaba.
—Claro que pasa —dijo él mesándose el cabello.
Retrocedió para darle espacio, y ella pensó, por primera vez, que él también tenía muy mal aspecto, pues tenía ojeras, nuevas arrugas alrededor de la boca y una apariencia desaliñada, impropia de él. Reprimió un atisbo de esperanza, porque, ¿cómo iba a ser verdad? ¿Y acaso importaba? La había engañado.
—Lo he echado todo a perder porque no me fiaba de mis sentimientos —la voz, casi un susurro, resonó en la capilla—. Quiero explicarme, pero no volver a hacerte daño. No debería haberte engañado para que vinieras, pero estaba desesperado. Y lo que te tengo que decir no puedo hacerlo por teléfono ni por correo electrónico.
Se echó a un lado y se encogió de hombros. La sinceridad de sus ojos la conmovió. No era el hombre carismático y convincente del que se había enamorado, sino alguien tan confuso e inseguro como ella en aquel momento. Él alzó el brazo con cansancio señalando la puerta.
—Si quieres irte, si no deseas oír lo que tengo que decirte, no te lo impediré.
Ella le escrutó el rostro y el brillo esperanzado de sus ojos le resultó tan doloroso como su desolación anterior. Y de repente se percató de que no era el único culpable de la situación en que se hallaban. Lo había puesto en un pedestal y se había dejado vencer por su romántica imaginación. ¿Acaso lo había visto alguna vez como era, no como quería que fuese? ¿Había reconocido sus propios errores? Había aceptado de buen grado la situación y se había vuelto adicta al glamour, la excitación, el sexo espectacular y las descargas de adrenalina que le provocaba estar con él, que la deseara, sin detenerse a pensar en lo que ella necesitaba y se merecía. Lanzó un suspiro que rompió el tenso silencio.
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