Él se quitó los zapatos y los pantalones y murmuró:
—Te toca.
Sonrió y ella lo imitó. La besó en la nariz, la barbilla y el cuello, mientras ella intentaba quitarse el vestido con torpeza.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó él en tono divertido, lo que contribuyó a disminuir la vergüenza que a ella le quemaba la piel.
Paula asintió. La emoción se apoderó de ella cuando le bajó el vestido, que le cayó hasta las rodillas.
—Vamos a quitarte primero los zapatos, mo mhuirnín —murmuró él.
Ella lo asió del hombro para sostenerse, mientras él le quitaba uno.
—¿Qué significa eso?
—¿El qué? —preguntó él quitándole el otro.
—«Muvornin» —ella intentó repetir las extrañas palabras.
Él frunció el ceño y se sonrojó.
—¿Te he dicho eso?
—Sí.
—No es nada, una tontería en irlandés —murmuró él incorporándose para desabrocharle el bustier.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho, consciente de que se le endurecían los pezones. Agachó la cabeza para disimular la vergüenza. Era la primera vez que se desnudaba delante de otra persona. Cuando se volvió hacia Pedro, él le levantó la barbilla.
—He querido verte entera desde esta mañana, cuando te probaste el vestido.
Ella bajó los brazos y el bustier cayó al suelo. Pero la sensación de vergüenza volvió a aparecer cuando él la despojó de la última pieza de ropa interior. Le dió la vuelta para que contemplara el reflejo de ambos en la puerta de la terraza. Su erección le presionó la espalda, mientras él le pellizcaba y jugueteaba con sus pezones. Ella apoyó la cabeza en su hombro cuando, por fin, le agarró los senos y se los acarició mientras la besaba en el cuello. Ella arqueó la espalda mientras la mano de él le descendía por el torso hasta llegar a su tierno y anhelante centro entre los muslos. Ella lanzó un sollozo. El deseo y la desesperación la ahogaban. Él buscó la húmeda e inflamada protuberancia y la acarició en círculo. Le levantó el brazo y se lo pasó por el cuello dejándola abierta, con la espalda arqueada, y le acarició un pezón mientras la penetraba con un dedo. Paula se volvió loca.
—Por favor… Por favor —le imploró ella.
—Calla, mo mhuirnín —repitió él.
Mientras seguía penetrándola le acarició el clítoris con el pulgar. Ella llegó al orgasmo retorciéndose y gimiendo. Las oleadas de placer fueron tan intensas que le fallaron las piernas. Tras la última, se quedó exhausta. Él la tomó en brazos y la dejó en el sofá. Ella lo contempló paralizada, mientras se quitaba el bóxer con manos temblorosas. La enorme erección quedó a la vista, larga y gruesa, con la punta brillante de humedad. Él sacó un preservativo del bolsillo del pantalón, abrió el envoltorio y se lo puso. Ella volvió a emocionarse al ver que había pensado en protegerla, cuando a ella, perdida en un mar de sensaciones y cegada por el deseo, no se le había ocurrido. Ya no tenía miedo ni dudas. Él se sentó en el sofá, a su lado, y se la puso sobre el regazo, de rodillas, y ella apoyó las manos en sus hombros. La besó con urgencia y agarrándola por las caderas la situó sobre su erección. Ella se hundió en él, sin hacer caso de la punzada de dolor ni de la sensación que la llenaba más allá de lo tolerable. Él maldijo en voz baja y le echó la cabeza hacia atrás para mirarla a los ojos.
—¿Soy el primero? —le preguntó con una expresión de deseo en el rostro, pero también de algo más que ella no entendió.
¿Era vergüenza, sorpresa…? Paula podía haberle mentido y estuvo tentada, ya que él no parecía contento. Pero debía decirle la verdad. Quería que supiera que era el primer hombre al que confiaba esa parte de sí misma. Así que asintió.
—Sí.
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