viernes, 2 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 39

Carla le sonrió con benevolencia.


—El secretario de monsieur Alfonso ha dicho que no debe preocuparse por el precio, ya que el señor pagará…


—Se lo lleva.


Paula se volvió y se le puso la carne de gallina. Pedro se le acercó. Llevaba unos vaqueros negros, un jersey oscuro y una chaqueta de cuero. Era una presencia desafiantemente masculina en aquel entorno.


—Pedro… —murmuró.


Él la miró de arriba abajo y ella se dió cuenta de los sitios en que se le ajustaba el vestido y del exceso de piel que le dejaba al aire.


—Es perfecto para esta noche y te queda muy bien —afirmó él tomándola de la mano y separándole el brazo del cuerpo para contemplarla mejor.


—¿Cómo es que has venido? —preguntó ella, muy contenta de verlo.


Ya hallaría la forma de pagar el vestido, costara lo que costara. Quería que él la mirara así esa noche.


—Las reuniones han acabado pronto, así que he pensado que podía enseñarte París, puesto que es la primera vez que estás aquí.


—¿En serio? Me parece estupendo.


Ese día ya le parecía un cuento de hadas. Fernando le había presentado a Carla, que la acompañó a un lujoso spa, después de desayunar, donde la dejó en manos de un equipo de esteticistas y peluqueros. Después, la llevó en limusina a la boutique, donde se dedicaron a elegir lo que se pondría para el baile, comenzando por los zapatos y la ropa interior y acabando por el vestido. Se volvió hacia la costurera, de la que sabía que no hablaba inglés, y le dijo en su francés macarrónico que se llevaría el vestido. Después se dirigió a Carla:


—¿Me pueden mandar la factura al Hotel de la Lumière?


Carla asintió, pero miró a Pedro. Él habló con ella y con la costurera en un fluido francés. Esta asintió sonriendo y chaqueó los dedos para que sus ayudantes le quitaran a Katie el vestido. Pero antes de que se lo llevaran, Paula se volvió hacia él.


—¿Qué les has dicho?


—Tengo una cuenta aquí. El vestido lo pago yo. 


—No voy a dejar que… —comenzó a decir, sorprendida por la emoción que la embargaba porque se lo hubiera ofrecido.


¿Qué le sucedía? Era una mujer independiente. Pedro no era su novio y a ella no le hacía falta que le comprara ropa.


—Considéralo un gasto de trabajo —contestó él, antes de volver a hablar en francés con la costurera y sus ayudantes.


—Pero no lo es —no sabía lo que costaba, pero tenía que ser carísimo. ¿Cómo iba a justificarlo como gastos de trabajo?


De repente, se le ocurrió algo.


—¿Por qué tienes una cuenta en la tienda de una modista?


Él esbozó una sonrisa burlona y le murmuró al oído:


—¿Tú qué crees? Yo no suelo ponerme vestidos femeninos de diseño.


Ella reprimió una carcajada, pero era evidente el motivo de que tuviera cuenta allí: No era la primera mujer a la que invitaba, ni sería la última.


—Preferiría pagarlo yo.


Él volvió hablar con la costurera.


—Cuesta ciento cincuenta mil euros.


—¿Cómo? —lo miró con la boca abierta, asombrada.


«¡Madre mía! ¿Son esmeraldas de verdad?».


—Pues buscaré algo más barato —consiguió decir. 


¿Ciento cincuenta mil euros un vestido? Era un gasto injustificable. 

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