Ella tuvo que aceptar determinadas cosas tras la muerte de su madre, como que se había dedicado más al arte que a proporcionar a su hija un hogar estable y seguro.
—Nada —murmuró él.
Sin embargo, ella se percató de que, por el color de sus mejillas tan impropio de él, en su proposición de matrimonio había más de lo que le había dicho. No se trataba de algo práctico ni de que el sexo fuera estupendo ni de la compañía que se habían hecho durante las semanas anteriores. ¿Era posible que Pedro la necesitara del mismo modo que ella?
—Sabes que puedes confiar en mí, ¿Verdad?
—No quiero hablar de eso —dijo él.
Parecía frustrado, pero también inseguro, lo que tampoco era propio de él.
—Entiendo —dijo ella, resuelta a no presionarlo.
Él la agarró de la muñeca para atraerla hacia sí.
—No, no lo entiendes —murmuró.
Él le acarició la mejilla. Por primera vez, ella vio en la expresión de su rostro no solo pena y tristeza, sino culpa y vergüenza.
—Se suicidó. Nos abandonó a mis hermanas y a mí porque no podía vivir sin mi padre. Era muy frágil —dijo con voz dolorida.
La soltó y se levantó.
—Tuvo dos abortos, antes de tenernos a nosotros. Creo que eso destruyó una parte de sí misma. Y mi padre siempre lo tuvo en cuenta. Había días en que ella no se levantaba de la cama, por lo que él se encargaba de todo. Una vez le pregunté cómo soportaba que se pusiera así, y me dió una bofetada por decir eso de mi madre. Fue la única vez que me pegó.
Se dejó caer en el sofá y se puso la cabeza entre las manos.
—La quería tanto que le perdonaba todo. Y yo no lo entendía.
Paula se arrodilló frente a él y le puso las manos en las rodillas.
—Lo echo de menos todos los días, pero a ella no, aunque sé que la depresión no era culpa suya. Si eso es lo que hace el amor, no quiero que intervenga en mi matrimonio. Si es lo que quieres de mí, no puedo dártelo.
Abrió la mano donde tenía el hermoso anillo.
—Es probable que este anillo esté maldito. ¿Cómo no me he dado cuenta? —murmuró.
Parecía tan perdido que a ella se le partió el corazón por el joven que al que le habían arrebatado tanto, tan deprisa, y que no había tenido tiempo ni espacio para superar el duelo por la pérdida. El amor no tenía que ver con la debilidad, pensó ella, sino con la fuerza. No podía curar la depresión ni la enfermedad mental, pero sí cicatrizar el corazón. Y no era algo que recibías, sino que dabas. El padre de Pedro lo había entendido y él también, aunque no se diera cuenta, porque, si no, no se habría esforzado tanto en mantener la familia unida tras la muerte de los padres. Pero no podía decirle nada de eso, sino demostrárselo.
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