Era el sueño de una organizadora de eventos. Todos los detalles combinaban brillantemente la gloriosa historia del edificio con las necesidades de unos invitados habituados a un servicio de primera. Mientras Paula intentaba captar cada detalle y archivarlo en la memoria para el futuro, el corazón le seguía latiendo con fuerza, pero no por el acontecimiento en sí, sino por la abrumadora experiencia de ser la acompañante de Pedro. Esperaba que él utilizara el baile para establecer contactos profesionales. Pero centró su atención únicamente en ella, que no dejaba de darle vueltas al comentario que había hecho antes de dejarla en la puerta de la suite. El vestido le apretaba las costillas cada vez que él le ponía la mano al final de la espalda para guiarla entre la multitud. Y el bustier que tan cómodo le había parecido esa mañana en la tienda la dejó sin respiración al sentarse a la mesa. Y él no había dejado de mirarle los labios mientras ella probaba los distintos platos de la cena. Se sentía exhausta y llena de energía, a la vez, y era incapaz de centrarse en nada que no fuera él. Bailaron con la música de la orquesta en el salón principal. La escasa iluminación ayudó a disimular su turbación cuando él le deslizó la mano por la piel de la espalda que el vestido dejaba al descubierto. Al final, él la atrajo hacia sí y le susurró:
—¿Y si lo dejamos por hoy?
Ella asintió, incapaz de hablar porque no le salía la voz. Era una pregunta capciosa, ya que ambos sabían dónde acabarían si se iban. El deseo instalado en su vientre se mezcló con pánico y aprensión. ¿Debería haberle dicho que nunca lo había hecho? ¿Tenía derecho a saber que podía comportarse pésimamente?
—¿Estás segura?
Le examinó el rostro esperando pacientemente la respuesta. Su mirada tenía la intensidad que tanto la había inquietado al conocerlo, pero que ahora incrementaba el deseo que le corría por las venas.
—Creo que va a haber fuegos artificiales en el patio —añadió. Sus ojos brillaban con determinación—. Podemos quedarnos, si quieres verlos.
El baile duraría como mínimo otra hora.
—No quiero esperar —susurró ella—. Y no necesito más fuegos artificiales.
Él rió y se detuvo en medio de la pista. Las otras parejas pasaron a su lado, pero ella solo lo miró a él, cautivada por el deseo que había en sus ojos. Casi a cámara lenta, él le levantó la mano para acercársela a la boca, le abrió los dedos y murmuró algo en un idioma que ella no reconoció. Y le mordió el pulgar. Ella se sobresaltó y el deseo la recorrió de arriba abajo, antes de explotar en su centro.
—Vámonos de una vez. Creo que ya hemos esperado bastante — murmuró él sin apartar la vista de su rostro.
Ella asintió. Los diez minutos siguientes le parecieron una eternidad. No dejaba de darle vueltas a todo lo que podía salir mal esa noche. Él la agarró de la mano para abandonar la pista. Evitó, como durante el resto de la noche, los saludos de políticos, estrellas de cine y del deporte, que ella reconoció, mientras se marchaban del salón y se dirigían hacia las suites. Él la condujo por una oscura escalera. Y ella volvió a sentirse como Cenicienta, pero esa vez se escapaba con el príncipe.
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