—No eres el único culpable, Pedro —se miró los pies. Reconocer la verdad la asustaba.
—He estado dispuesta aceptar que me dieras muy poco. Aunque me hayas mentido sobre Rafael, me dijiste que no podías quererme, que ni siquiera creías en el amor.
Alzó la cabeza. Debía mirarlo a los ojos para salvarse y que él se salvara.
—Sin embargo, accedí a casarme contigo, e incluso a que tuviéramos un hijo, sin pedirte nada más. Siempre he aceptado de todos menos de lo que deseo: De mi madre, de mi padre, de mi hermano e incluso de Leandro. Y he hecho lo mismo contigo. Soy culpable de eso.
Probablemente, él le diría que su proposición matrimonial no solo tenía que ver con su relación con Rafael. Ella había reflexionado mucho sobre ello y había llegado a la conclusión de que no mentía. Él le había explicado con todo detalle por qué quería casarse y tener hijos con ella, la primera vez que se acostaron. Era ella la que había intentado ver lo que no había en esa explicación.
—Pero ya no puedo, no quiero. Si me has traído aquí para decirme que tu proposición matrimonial no era solo para vengarte de Rafael, ya lo había aceptado. Pero no me basta para cambiar de idea sobre nosotros dos, porque no voy a volver a conformarme con menos de lo que merezco.
Pedro se metió las manos en los bolsillos. Sentía miedo y deseo a la vez. ¿Alguna vez había tenido Paula un aspecto tan magnífico? El cansancio de sus ojos no disminuía el aura de fuerza y belleza que desprendía. ¿Se había dado cuenta él verdaderamente de la increíble mujer que era?, ¿De que no solo era inteligente, compasiva y bondadosa, sino también fuerte? Cerró los puños para resistir la tentación de acariciarle el rostro, de besárselo, de utilizar la química que había entre ellos para evitar que dejara de escrutarlo. Pero sabía que no tendría derecho a tocarla hasta que no le hubiera compensado el mal que le había hecho. Había pensado empezar diciéndole que la proposición matrimonial no tenía nada que ver con Rafael, Sonia o Joaquín; que ya se había olvidado de su resentimiento hacia su hermano, pero eso ya lo había descubierto sola.
—Entendido —dijo él.
Pero cuando ella fue a pasar de nuevo a su lado para marcharse, le dijo lo único que pensaba que la detendría: La pura verdad.
—Creo que me enamoré de tí el día que te conocí, Paula.
—¿Cómo? —ella se quedó inmóvil y lo miró con los ojos como platos.
A Pedro le dolió la duda que reflejaba su rostro, pero pensó que, a pesar de que ella encarnaba todo aquello de lo que no podía prescindir para vivir, no era consciente de su valía personal. Y eso también era culpa de él y de todos los que no la habían valorado como se merecía. «Eso se va a acabar».
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