Primero tenía que llevarla a dar una vuelta por la ciudad, como le había prometido. ¿Por qué no le proponía volver al hotel? Por el beso de la noche anterior, sabía que ella estaba más que dispuesta, pero algo lo detenía. No sabía el qué. Tal vez su forma sorprendente de reaccionar ante su razonable decisión de regalarle el vestido o el modo en que ahora se mordía el labio inferior mirando la moto como si le hubiera pedido que se montara en un dragón.
—Nunca he montado en moto —murmuró mirándolo con ojos asustados.
Él tuvo que reprimir la risa.
—Estarás a salvo. Y es la mejor forma de ver París cuando falta poco para la hora punta.
Él se montó y arrancó. La moto lanzó un rugido que sobresaltó a Paula. Él sonrió sin poder evitarlo. Iba a ser divertido. ¿Y cuándo fue la última vez que se había divertido con una mujer o con quien fuera? Su vida era demasiado cuadriculada, y había algo en Katherine, su entusiasmo, su seriedad y su determinación, que lo impulsaba a enseñarle París a su manera, porque sabía que le gustaría. Sacó un casco de la bolsa del asiento y se lo tendió. Ella lo agarró.
—Póntelo y sube.
—Pero… El peluquero se ha pasado una hora peinándome para el baile.
Era evidente por la expresión de sus ojos, de miedo pero también de emoción, que quería montarse en la moto. Solo necesitaba un empujoncito. Paula llevaba años reprimiendo su espíritu de aventura, al igual que él. Casada a los diecinueve con un hombre que había muerto pocas semanas después, destrozada por la pena y después centrada en que su empresa tuviera éxito, no había tenido tiempo de darse un capricho, como tampoco él, después de convertirse en el tutor de sus hermanas y matarse a trabajar. Aquella tarde, ambos tenían la oportunidad, durante unas horas, de librarse de las cadenas de la responsabilidad. Y no iba a permitirle que se echara atrás.
—Te pueden volver a peinar —dijo sabiendo que el cabello no era el problema. No le parecía que fuera presumida.
Si lo fuera, no se habría presentado a la reunión en el castillo de Kildaragh con los vaqueros llenos de barro y habría adivinado el precio del vestido, además de estar más que dispuesta a que pagara él. Le encantaba que fuera tan transparente, que le resultara tan fácil saber lo que pensaba. No había en ella subterfugios ni deseos de ocultar sus sentimientos. No sabía por qué eso le resultaba tan atractivo, pero decidió no analizarlo. Simplemente, era distinta de las mujeres con las que salía. La novedad desaparecería pronto, cuando ambos hubieran satisfecho su mutuo deseo.
Ella se puso el casco con determinación.
—Muy bien, vamos.
Él rió.
—Estupendo. Móntate, Cenicienta. Tu corcel te aguarda.
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