lunes, 26 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 72

—No me dí cuenta en su momento, porque estaba convencido de que el amor era innecesario, de que era una trampa, un peso que había que evitar. Mi padre intentó hacerme cambiar de opinión, pero no le hice caso. Me dijo que las mujeres eran lo mejor que había en el mundo, que había que respetarlas, quererlas y protegerlas. Y me lo tomé en sentido literal. Pero no se refería a las mujeres como tales, sino al amor.


—Debió de ser un hombre increíble. Sé que fue duro para tí perderlo.


Al ver su expresión compasiva, creyó que sería un buen momento para hablarle de su madre, de que fue él quien la encontró aquella mañana de Navidad, y poder librarse del sentimiento de culpa, el miedo y el trauma que seguían persiguiéndolo, por haberla culpado de algo de lo que no era responsable. Y tal vez se lo contaría un día, porque Paula lo escucharía y lo ayudaría a superar el dolor y la tristeza.  Pero se mordió la lengua porque sabía que, si ahora le hablaba de ese día terrible, estaría manipulándola emocionalmente. Y no podía seguir haciéndolo, cuando la quería tanto. Así que se limitó a sacarse una mano del bolsillo y tomar la de ella, que se llevó a los labios. Notó que ella se estremecía y sonrió, pero se la soltó y le dijo lo que debía haber dicho hacía dos semanas.


—Sí fue un gran hombre y un padre increíble, porque era valiente, sincero y no le temía al amor. Igual que tú.


—¿Qué intentas decirme?


Él observó que la esperanza volvía a brillarle en los ojos, por lo que se percató de que lo había perdonado. Lleno de alegría, se prometió que no volvería a despreciar el amor ni a temerlo. Nunca más. Porque protegerse a sí mismo no era tan importante como protegerla a ella.


—Mo mhuirnín —murmuró sacándose la otra mano del bolsillo para acariciarle la mejilla—. ¿Acaso no es evidente? Lo que intento decirte es que te adoro y que siempre te adoraré.


Ella aún parecía desconcertada, pero él notó que lo creía porque, además de inteligente, hermosa y fuerte, era intuitiva. «¡Qué mujer!».


—¿De verdad?


—Sí, de verdad. ¿Te quieres casar conmigo?


Ella esbozó una sonrisa que le iluminó el rostro como un rayo de sol.


—Supongo —contestó, como si quisiera hacerse de rogar, pero sus ojos brillantes de alegría le dijeron lo que él quería saber.


—Menos mal —la abrazó por la cintura y la levantó del suelo.


Ella lanzó un grito de gozo cuando Pedro comenzó a dar vueltas, antes de depositarla en el suelo. Sus bocas se unieron. El beso pasó de duce a carnal en cuestión de segundos, pero él se hizo una promesa antes de dedicarse a asuntos más urgentes. «Prometo demostrarle todos los días de nuestra vida lo mucho que la valoro y la quiero. ¿Me oyes, papá?».







FIN

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