Debía tener cuidado. No estaba segura de estar haciendo lo correcto. ¿No era su jefe? ¿Iba a poner en peligro su trabajo al aceptar lo que él le ofrecía ese fin de semana? Esperaba que no. Estaba haciendo un buen trabajo, en el que Pedro parecía menos interesado desde que Carolina se había hecho cargo de la preparación de la boda. Quería creer que lo que sucediera en París se quedaría en París. Era lo que él le había dicho. Y ella sabía que él no tenía relaciones largas. Recordó su enfado al hablar del matrimonio de ella. Tal vez hubiera debido sentirse ofendida, porque sus objeciones no se diferenciaban de las de su hermano. Sin embargo, le dió la impresión de que no hablaban de su pasado, sino del de Pedro. Estaba dispuesto a convencerla de que era una persona implacable e insensible, de que su interés por el pasado de ella era pura curiosidad y arrogancia. Pero a ella le pareció que había algo más, sobre todo cuando le dijo que ya era un hombre a los dieciocho años. Aunque él lo creyera, ella no estaba convencida. «Deja de cavilar sobre este fin de semana, porque ya corres el peligro de perder la cabeza por Pedro». Quería divertirse, ir a su primer baile, averiguar finalmente qué era eso del sexo, lo que él podría enseñarle sin lugar a dudas. Pero debía recordar que aquello sería pasajero, únicamente una maravillosa aventura. Solo era la química espectacular que había entre ambos y un deseo que por fin podría satisfacer.
Respiró hondo y contempló la vista, mientras su cuerpo recordaba otra aún más espectacular: Los ojos azules de Pedro fijos en su rostro antes de besarla. «Te mereces esta oportunidad, estos dos días de verdadera vida». Esbozó una sonrisa, lo cual hizo que le aumentara el escozor del feroz beso de él. «¡Cenicienta, muérete de envidia! Paula Chaves va a ir al baile».
-El color le sienta de maravilla. El cuerpo adornado con piedras preciosas resalta el color esmeralda de sus ojos, mademoiselle —afirmó Carla Dupre, la estilista, mientras Paula se miraba al espejo en la boutique de lujo de Madame Laurent. Acarició las piedras del vestido y luego recorrió el escote con los dedos.
Se sonrojó levemente. Movió las caderas y vio que el vestido se deslizaba sobre las sandalias también enjoyadas que Carla había insistido en que se pusiera con el vestido. Paula suspiró temblorosa. Quería aquel vestido porque la hacía sentirse segura y especial.
—¿Cuánto cuesta?
El diseño era exquisito, el satén cuajado de esmeraldas se le ajustaba al cuerpo convirtiéndolo en una obra de arte. Se sentía como si fuera una princesa. Sin embargo, la estilista que Pedro había contratado y el resto del personal de la boutique de Madame Laurent se habían mostrado muy reservados sobre el precio de los vestidos que se había probado. Ella dirigía una boyante empresa, no era pobre. No obstante, no le parecía adecuado pagar una fortuna por un vestido que probablemente solo se pondría una vez.
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