Ella observó una sala de estar de planta abierta, con cocina de mármol y acero. La vista de una inmensa piscina y de una playa con palmeras la dejó sin respiración. Pedro volvió a aparecer en la pantalla.
—Es preciosa.
—Ven conmigo la próxima vez. Te enseñaré a hacer surf.
—¿Cómo sabes que no sé? —bromeó ella. Y se alegró al oír su risa—. ¿Qué hora es ahí?
—Muy temprano —bostezó—. Fernando me ha dicho que estás muy ocupada.
—Sí, mucho.
Comenzó a hablarle de los nuevos clientes atropelladamente. De pronto, la necesidad de hablarle de lo que fuera le pareció fundamental. Al final se detuvo al ver que él bajaba la mirada.
—¿Qué pasa? —era capaz de notar el deseo en su ojos desde el otro extremo del planeta. Y lo sintió en su centro con la misma intensidad que hacía cinco días y que todas las noches desde entonces, en que se despertaba acalorada y sudorosa, con el sexo húmedo e hinchado y el recuerdo de la noche pasada juntos aún vívido.
—¿Qué llevas puesto?
Ella se mordió el labio inferior. Ahora deseaba llevar el salto de cama transparente que había estado a punto de comprarse para la llamada.
—El pijama.
—Enséñamelo —dijo él con voz cada vez más ronca.
Parecía que su incapacidad para vestirse adecuadamente para una video llamada de su amante no lo inmutaba.
—No es en absoluto sexy —dijo ella, casi tan avergonzada como excitada.
—Eso lo decidiré yo.
Ella levantó en móvil para que lo viera.
—¿Lo ves?
—Los cerditos voladores son excitantes —afirmó él con voz profunda y juguetona, que la recorrió el cuerpo entero y se le alojó en el sexo.
—¿En serio?
Él rió de nuevo.
—¿Qué te parece perder también conmigo tu virginidad telefónica?
—Bien —susurró ella.
—¿Estás segura? Vas a tener que hacer lo que te diga. ¿No tienes dudas?
—No —consiguió decir ella.
El deseo le había hecho un nudo en la garganta equiparable al que tenía entre las piernas.
—Puedo hacerlo.
—Buena chica. Busca un sitio para apoyar el móvil de forma que te vea entera. Vas a necesitar las dos manos para lo que estoy pensando.
Al cabo de un par de minutos, ella consiguió colocar el móvil como él quería. Estaba tumbada en el sofá y seguía con el pijama puesto. ¿Cómo lograba él convertirla en un amasijo de desesperación con una simple mirada y una simple orden?
—Aunque me encantan los cerditos, creo que vamos a tener que librarnos de ellos. Quítate primero los pantalones —murmuró él.
Ella lo hizo y se quedó con la chaqueta del pijama y las braguitas. Percibió el olor a humedad que se desprendía de entre sus muslos. Pero lo que antes la habría avergonzado, ahora aumentaba su deseo.
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