Paula Chaves se encontró con la mirada de su hermana. Todo lo que habían sembrado desde hacía una década estaba a punto de dar sus frutos. No esperaba sentir esa presión en un vientre que se esforzaba por mantener plano y tonificado. A Pedro Alfonso le gustaba un tipo concreto de mujer. Y no eran morenas bajitas con tendencia a engordar.
—Estamos haciendo lo correcto, ¿Verdad? —susurró.
—Si quieres echarte atrás… —Delfina asintió.
—No —interrumpió ella—. Son solo nervios, supongo.
Delfina esbozó una sonrisa. Si alguien entendía de nervios era ella. Las ojeras eran testimonio de la falta de sueño de ambas desde que, hacía cinco semanas había llegado el momento de poner en marcha el plan que habían estado perfeccionando durante años. Había trabajado dos años en territorio enemigo, cada minuto de su vida laboral viviendo con miedo a ser descubierta. Como las hermanas Chaves sabían por experiencia, los primos Alfonso eran hombres sin conciencia. Sin humanidad. Las habían arruinado, y ya era hora de vengarse, haciéndoles probar lo que se sentía cuando te destruían la vida, aunque era imposible reproducir la magnitud del daño que los italianos habían causado a su familia. Mientras Delfina se arriesgaba a diario en el trabajo, Paula la había apoyado inmersa en el mundo online. Pero había llegado el momento de dar la cara y desempeñar su papel en el mundo real. Paula se irguió todo lo que le permitió su metro cincuenta y cinco.
—Acuérdate de no descalzarte delante de él —Delfina sonrió—. No querrás que se entere de que eres una enana.
Paula soltó una carcajada, y abrazó a su hermana mayor con fuerza.
—¿Me avisarás en cuanto aterrices? —preguntó Delfina.
—Te lo prometo.
—¿Llevas en la maleta el repelente de encantos?
—Sabes que no lo necesito —Paula resopló.
—Prométeme que tendrás cuidado. No corras riesgos inútiles.
—No lo haré. Ten cuidado tú también.
—Siempre lo tengo —una sombra cubrió el rostro de su hermana.
El teléfono de Paula sonó. El taxi había llegado. Tras un último abrazo y un beso a su hermana, llegó la hora de partir. De volar al Caribe y poner en práctica el plan que habían ideado durante diez años.
Diez días antes
Pedro Alfonso sabía cuándo una mujer estaba interesada en él, y la hermosa rubia de fabulosas piernas, sentada en la barra del exclusivo club estaba definitivamente interesada. Había entrado con una gracia felina y, al pasar junto a su mesa, sus miradas se habían cruzado. Al llegar a la barra, había girado la cabeza para volver a mirarlo detenidamente. Bebía un cóctel, chupando una pajita, con un brillo en los ojos que sugería que le gustaría estar chupando otra cosa.
—¿Puedo? —Pedro señaló el taburete. Nunca rechazaba a una mujer guapa que mostraba interés.
—Por favor —unos labios carnosos, muy besables, se curvaron. Los ojos azul oscuro brillaron.
No hay comentarios:
Publicar un comentario