—No me dedico a presionar a las mujeres. Si quieres volver a Londres, ahora que sabes que esta cita no es falsa, te organizo la vuelta.
No se consideraba un hombre particularmente galante, pero la reacción de ella ante el beso, tan fresca y entusiasta, lo había sorprendido. Ella negó con la cabeza.
—No quiero volver a casa.
—Muy bien —hizo una seña al aparcacoches y se obligó a bajarse del coche, para no obtener demasiado pronto lo que deseaba.
—Bonsoir, mademoiselle —dijo el joven cuando Paula abrió la puerta del vehículo.
Pedro era consciente de que seguía teniendo una enorme erección. El aire frío de la noche contribuyó a disminuirla. Dos porteros agarraron el equipaje y el joven se montó en el vehículo para estacionarlo. Condujo a Paula al vestíbulo del hotel. Al ponerle la mano al final de la espalda notó que ella se estremecía. Y tuvo que hacer un esfuerzo para no seguir bajando la mano hasta las nalgas. Se registraron y subieron al último piso. Él la llevó a la suite sin volver a tocarla. Ella no soltó exclamaciones de asombro ni hizo comentario alguno sobre lo que veía. Se quedó callada mirándolo todo. Se detuvieron ante la puerta de la habitación de ella.
—Debería haberme afeitado. Tienes la piel muy sensible —dijo él, por decir algo.
Era lo más parecido a una disculpa de lo que era capaz, por haberla besado como un loco. Ella asintió mirándolo a los ojos.
—Fernando me ha dicho que tal vez necesites a una estilista —añadió él, que de repente no quería separarse de ella—. Para que elijas algo para ponerte en el baile. Se figura que no tendrás nada adecuado.
Pedro podría haber encargado a una de sus secretarias que se hiciera cargo de ello a la mañana siguiente, que era lo que había pensado cuando Fernando se lo dijo. Pero al ver que se sonrojaba, se alegró de no haberlo hecho.
—Me vendría muy bien. Tengo que comprarme ropa, pero no sé dónde ir en París.
«No voy a consentir que te compres un vestido», pensó él. La moda femenina no era su punto fuerte, pero creía que un vestido adecuado se saldría del presupuesto de ella, y no quería sentirse culpable también de eso.
—Fernando se encargará.
¿Qué más podía decirle? El beso había sido fantástico, mucho mejor de lo que se esperaba, pero debía controlar su deseo antes de volver a verla.
—Mañana estaré ocupado. Tengo varias reuniones, así que te recogeré a las ocho para ir al baile.
—Muy bien.
Antes de irse, depositó un casto beso en su frente.
—Que te diviertas mañana.
Dicho lo cual, dió media vuelta y se fue. Antes de las ocho de la tarde del día siguiente, debería haber controlado su deseo porque, si no, no llegarían al baile.
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