miércoles, 21 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 61

 —El señor Alfonso me ha pedido que te lleve a su casa primero —contestó Marcos, que se había convertido en un buen amigo. Y añadió sonriendo—: Falta más de una hora para que empiece la ópera.


—Muy bien —dijo ella sonriendo a su vez y excitada por poder estar a solas con Pedro durante una hora. 


Se sonrojó al pensar en lo que podrían hacer en ese tiempo, ya que llevaban dos días sin verse, pues él había tenido que marcharse de forma imprevista a Irlanda. El coche se detuvo ante la casa. Ella se despidió de Marcos y desmontó. Mientras subía los escalones deprisa, la puerta se abrió y apareció Pedro, guapísimo con el esmoquin que se había puesto para ir a la ópera.


—Hola, ya era hora. ¿Por qué has tardado tanto? —murmuró él, antes de que ella se lanzara a sus brazos. 


Él soltó una carcajada mientras lo abrazaba. Ella aspiró su delicioso aroma, emocionada y excitada. Él la llevó al interior de la casa y cerró la puerta con el pie.


—Yo también me alegro de verte —dijo antes de besarla en la boca.


Se besaron apasionadamente. Ella le acarició el abdomen, mientras él la agarraba de las nalgas, con el mismo deseo desesperado de siempre. Pero cuando ella comenzó a desabotonarle la camisa con dedos torpes, ansiosa de acariciarle la piel, él apartó la boca, se separó de ella y la agarró de las manos para mantenerla a distancia.


—Espera un momento. Tenemos que dejarlo hasta después de la ópera —dijo mirándola a los ojos con una sonrisa tensa.


—¿Por qué? —preguntó ella, incapaz de ocultar su decepción. 


Él rió.


—No pongas esa cara —le acarició el labio inferior con el pulgar—. Tengo algo para tí.


La agarró de la mano y la condujo a la biblioteca.


—Siéntate —dijo soltándola de la mano. 


Se acercó a la caja fuerte y sacó un estuche de terciopelo. A ella se le aceleró el pulso mientras él volvía y se arrodillaba.


—Pedro… —susurró, tan asombrada que casi no podía respirar.


Él no había vuelto a hablar de casarse, por lo que ella supuso que había cambiado de opinión. Pero, cuando él abrió el estuche, donde había un anillo de diamantes, dejó de respirar del todo. Él la tomó de la barbilla y le levantó la cabeza para que lo mirara. Luego le acarició la mejilla.


—Respira, Paula —murmuró con voz ronca. Sacó el anillo, dejó el estuche y, con la otra mano, levantó los temblorosos dedos de ella. —Es el anillo de mi madre. He ido a Irlanda a buscarlo y a preguntar a mis hermanas si les parecía bien que me lo trajera.


—¿Ah, sí? —preguntó ella, aún aturdida. Tuvo que respirar porque se iba a desmayar.


Aún no conocía a Sonia ni a su hijo Joaquín, pero había entablado muy buena relación con Carolina, que parecía estar muy contenta porque su hermano saliera, por fin, con una mujer de verdad, por lo que pensó que era una idea magnífica que él hubiera ido a hablar a sus hermanas de su boda. 

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