—Sí. Me gustaría que lo llevaras, ya que quiero casarme contigo, Paula.
—Pero… —se llevó instintivamente la mano al vientre.
Cuando él le había propuesto matrimonio, le pareció una reacción visceral, por lo que no había pensado mucho en ello, en parte porque habría resultado muy sencillo que su romántico corazón aceptara, a pesar de que le parecía una equivocación. Pedro le había dicho que no la quería y que no consideraba que el amor fuese necesario en una relación. Pero, desde entonces, sus sentimientos hacia él se habían vuelto más profundos. Ahora sabía que en la relación había mucho más que sexo. Pero ¿No era demasiado pronto? Aún no estaba segura de si él quería casarse por sentido del deber. Sabía que ella le importaba, porque se lo había demostrado de muchas formas, pero…
—Puede que no esté embarazada —dijo ella.
Observó su reacción. ¿Le había pedido que se casaran porque creía que era lo que debía hacer, después de lo que le había sucedido a su hermana?
—Debería haberme hecho una prueba de embarazo. Puedo hacerlo mañana, y así sabremos con seguridad si…
—Calla —le puso un dedo en los labios—. Esto no tiene que ver con la posibilidad de que estés embarazada —le cubrió la mano que tenía en el vientre con la suya—. Ya te he dicho que no me asusta ser padre; de hecho, estaría contento de serlo. Voy teniendo una edad —afirmó riendo—. Pero esto se refiere a nosotros dos. Quiero que seas mi esposa.
Ella se estremeció. El pánico fue desapareciendo y algo más inquietante lo sustituyó… La esperanza.
—Pero ¿Por qué, Pedro?
Él frunció el ceño como si la pregunta no tuviera sentido. Se levantó con el anillo en la mano, se alejó de ella y volvió.
—Porque es obvio que nos compenetramos. No puedo dejar de tocarte y me gustas incluso cuando no estamos desnudándonos. Eres buena compañía, divertida, encantadora y compasiva. Y, sobre todo, inteligente e independiente. El mes que llevamos juntos me ha demostrado que formaremos un equipo excelente.
No era la declaración de amor con la que ella soñaba, pero ya sabía que Pedro era un hombre pragmático. Y lo que importaba no eran sus palabras, sino la emoción que ocultaban. Su agitación, su impaciencia y la frustración que denotaba su ceño fruncido eran más convincentes que el anillo que seguía guardando en el puño.
—Y… —volvió a arrodillarse ante ella y le tomó las manos. La miró con tanta intensidad que su resistencia se hizo pedazos—. Y si tenemos hijos ahora —dijo mirándole el vientre— o en el futuro, sé que serás una buena madre. Eres fuerte, lo que es importante, porque a veces la maternidad es difícil. Mi madre se esforzó… —se detuvo bruscamente y apartó la mirada.
—¿Qué ibas a decirme, Pedro? —musitó ella.
Él se levantó maldiciendo entre dientes. Se había sonrojado. No le había hablado de su madre. Lo único que Paula sabía era que Ana Alfonso había muerto dos años después de su esposo. En las semanas anteriores, en las contadas ocasiones en que él le había revelado algo personal, había hablado de su padre lo suficiente para saber que había sido una figura importante en su vida. Sabía lo mucho que lo había admirado y respetado, y lo traumática que le resultó su muerte en un accidente en la granja, aunque él no estuviera dispuesto a reconocer el trauma. Pero la relación de Pedro con su madre seguía siendo un misterio. No lo había presionado para que le hablara de ella. Sabía lo duro que podía ser no haber pasado el duelo, sobre todo si la relación con la persona fallecida era problemática.
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