miércoles, 21 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 65

Después de abrirse paso entre la multitud, entraron en el bar reservado a los abonados que tenían un palco.


—¿Quieres una copa de champán? —preguntó él, para celebrar su compromiso.


Se estaba comportando como un idiota. Ella había accedido a casarse. ¿Por qué complicaba las cosas? Formarían un buen equipo. Incluso cabía la posibilidad de que ella llevara un niño en el vientre. Debía contarle la relación de su hermanastro con su familia, pero podía esperar hasta después de la boda, que planeaba celebrar lo antes posible. Quería tenerla en casa, que llevara su anillo y su apellido. Ella asintió, pero, cuando Pedro levantó la mano para hacer una seña al camarero, palideció al ver a alguien detrás de él. 


—¿Rafael?


Pedro se volvió y vio a un hombre alto con una mujer del brazo. Ella le resultó conocida, pero fue el hombre el que atrajo su atención. La sorpresa al reconocerlo lo atravesó como una bala.


—No sabía que te gustara la ópera —el susurro de Paula le llegó muy lejano, porque la furia le taponaba los oídos.


—No me gusta —contestó Rafael—. Pau, estás… —sus ojos, tan parecidos a los del sobrino de Pedro, se detuvieron en él y esbozó una sonrisa cáustica—. Hola… Alfonso, ¿Verdad? —dijo bruscamente mientras lo observaba con atención, como si estuviera valorando si era adecuado para salir con su hermana.


A Pedro, la furia lo ahogaba. ¿Quién se creía que era aquel canalla?


—He visto en los medios de comunicación que están saliendo — tendió la mano a Pedro—. Soy el hermano de Paula, Rafael De Courtney.


—Sé perfectamente quién eres.


Pedro miró la mano tendida y se metió la suya en el bolsillo. Apretó el puño tratando de contenerse para no darle a aquel canalla un puñetazo.


—¿Ah, sí? —Rafael frunció el ceño—. ¿Nos conocemos?


—Afortunadamente no, pero sé que eres un canalla.


—¡Pedro! —exclamó Paula, desconcertada por su grosería, pero a él le dió igual. ¿Cómo se atrevía ese hombre a decir que era hermano de ella? No tenía derecho.


¿Y cómo osaba mirarlo como si no fuera lo bastante bueno para salir con su hermana, cuando era él quien había fallado de forma tan espectacular?


—¿Qué te pasa? —le preguntó Paula, confusa.


Pedro se dió cuenta de que hacía mucho tiempo que debería haberle contado que Rafael De Courtney era el canalla que había seducido y abandonado a Sonia. Ahora era tarde para dar explicaciones. Lo único que le importaba era mantener alejada a Paula de aquel hombre. Había visto la sorpresa en el rostro de ella, seguida de un brillo placentero en sus ojos. Estaba dispuesta a perdonar a aquel canalla, a un hombre que llevaba años sin hablar con ella, que nunca se había portado como un verdadero hermano. Paula era demasiado bondadosa, compasiva y amable. 

Te Necesito: Capítulo 64

De repente se percató de que lo quería, aunque él no la correspondiera… Aún. Algún día lo haría, porque tenía la capacidad de amar. Ahora lo aterrorizaba volver a experimentar sentimientos tan profundos por alguien que no fuera de la familia, pero ella esperaría a que se desarrollaran. Le puso la mano en la mandíbula.


—Me encantaría llevar el anillo.


Él frunció el ceño, pero el deseo y algo muy parecido al triunfo incendió su mirada.


—¿Te casarás conmigo?


—Sí —susurró ella.


Él la agarró del cuello, la atrajo hacia sí y le devoró la boca. Se levantó y la levantó con él.


—Ponme las piernas alrededor de la cintura. Vamos a llegar tarde a la ópera.


Al final llegaron casi una hora tarde. Pedro se obligó a sacar de la cama a Paula. A él no le entusiasmaba la ópera, pero sabía que a ella le encantaba. Y si seguían en la cama, lo asustaba pensar que él no querría volver a levantarse. El deseo que se había apoderado de él hacía un mes no había disminuido. Se había obligado a marcharse de Londres sin Paula, tras haber descuidado sus negocios en el mundo durante tres semanas, desde que había vuelto de Australia dos días antes de lo previsto para estar con ella. Esperaba que, cuando ella llevara el anillo, aquel deseo comenzaría a debilitarse. No había tenido esa suerte, pensó al conducirla al palco privado en la ópera y observar que los ojos le brillaban de emoción con la voz de la soprano. Llevaba un vestido de satén azul y el cabello aún revuelto por haber hecho el amor, ¿Cómo podía ser que le pareciera más hermosa cada vez que la miraba? Al sentarse dirigió la mirada al anillo que le había puesto. ¿Por qué le había hablado de su madre? Se pasó el segundo acto deseando meterle la mano bajo el vestido y acariciarla. ¿Por qué experimentaba un deseo tan intenso de estar con ella?, ¿de poseerla de la única manera que sabía, cada vez que se le presentaba la ocasión? Era una locura. Y le daba la impresión de que iba más allá de la extraordinaria química que había entre ambos y de las ventajas de tipo práctico de casarse. Tenía que ver con la expresión de sus ojos, tan abierta, tan desprotegida, tan llena de esperanza, cuando le había dicho lo que nunca podía ofrecerle, y, no obstante, ella había aceptado casarse con él. Sabía que, en ese momento, Paula estaba convencida de que podía ser el hombre que necesitaba, cuando él sabía que no era así. Debería haberle dicho la verdad, hacerle entender que él no se merecía ser amado, que nunca lo sería, porque no podía corresponder. Había fallado a su madre al culparla por algo de lo que no era responsable. Y también le fallaría a Paula. Pero había sido incapaz de decírselo, porque deseaba tenerla a su lado. Ella lo miró y sonrió mientras aplaudía a los cantantes que se retiraban del escenario. Había llegado el intermedio.


—Bueno, al menos no nos hemos perdido toda la primera parte.


Él se levantó y le tendió la mano.


—Vamos a tomar algo. 

Te Necesito: Capítulo 63

Ella tuvo que aceptar determinadas cosas tras la muerte de su madre, como que se había dedicado más al arte que a proporcionar a su hija un hogar estable y seguro.


—Nada —murmuró él.


Sin embargo, ella se percató de que, por el color de sus mejillas tan impropio de él, en su proposición de matrimonio había más de lo que le había dicho. No se trataba de algo práctico ni de que el sexo fuera estupendo ni de la compañía que se habían hecho durante las semanas anteriores. ¿Era posible que Pedro la necesitara del mismo modo que ella?


—Sabes que puedes confiar en mí, ¿Verdad?


—No quiero hablar de eso —dijo él. 


Parecía frustrado, pero también inseguro, lo que tampoco era propio de él.


—Entiendo —dijo ella, resuelta a no presionarlo.


Él la agarró de la muñeca para atraerla hacia sí.


—No, no lo entiendes —murmuró.


Él le acarició la mejilla. Por primera vez, ella vio en la expresión de su rostro no solo pena y tristeza, sino culpa y vergüenza.


—Se suicidó. Nos abandonó a mis hermanas y a mí porque no podía vivir sin mi padre. Era muy frágil —dijo con voz dolorida.


La soltó y se levantó.


—Tuvo dos abortos, antes de tenernos a nosotros. Creo que eso destruyó una parte de sí misma. Y mi padre siempre lo tuvo en cuenta. Había días en que ella no se levantaba de la cama, por lo que él se encargaba de todo. Una vez le pregunté cómo soportaba que se pusiera así, y me dió una bofetada por decir eso de mi madre. Fue la única vez que me pegó.


Se dejó caer en el sofá y se puso la cabeza entre las manos.


—La quería tanto que le perdonaba todo. Y yo no lo entendía.


Paula se arrodilló frente a él y le puso las manos en las rodillas.


—Lo echo de menos todos los días, pero a ella no, aunque sé que la depresión no era culpa suya. Si eso es lo que hace el amor, no quiero que intervenga en mi matrimonio. Si es lo que quieres de mí, no puedo dártelo.


Abrió la mano donde tenía el hermoso anillo.


—Es probable que este anillo esté maldito. ¿Cómo no me he dado cuenta? —murmuró. 


Parecía tan perdido que a ella se le partió el corazón por el joven que al que le habían arrebatado tanto, tan deprisa, y que no había tenido tiempo ni espacio para superar el duelo por la pérdida. El amor no tenía que ver con la debilidad, pensó ella, sino con la fuerza. No podía curar la depresión ni la enfermedad mental, pero sí cicatrizar el corazón. Y no era algo que recibías, sino que dabas. El padre de Pedro lo había entendido y él también, aunque no se diera cuenta, porque, si no, no se habría esforzado tanto en mantener la familia unida tras la muerte de los padres. Pero no podía decirle nada de eso, sino demostrárselo. 

Te Necesito: Capítulo 62

 —Sí. Me gustaría que lo llevaras, ya que quiero casarme contigo, Paula.


—Pero… —se llevó instintivamente la mano al vientre.


Cuando él le había propuesto matrimonio, le pareció una reacción visceral, por lo que no había pensado mucho en ello, en parte porque habría resultado muy sencillo que su romántico corazón aceptara, a pesar de que le parecía una equivocación. Pedro le había dicho que no la quería y que no consideraba que el amor fuese necesario en una relación. Pero, desde entonces, sus sentimientos hacia él se habían vuelto más profundos. Ahora sabía que en la relación había mucho más que sexo. Pero ¿No era demasiado pronto? Aún no estaba segura de si él quería casarse por sentido del deber. Sabía que ella le importaba, porque se lo había demostrado de muchas formas, pero…


—Puede que no esté embarazada —dijo ella.


Observó su reacción. ¿Le había pedido que se casaran porque creía que era lo que debía hacer, después de lo que le había sucedido a su hermana?


—Debería haberme hecho una prueba de embarazo. Puedo hacerlo mañana, y así sabremos con seguridad si…


—Calla —le puso un dedo en los labios—. Esto no tiene que ver con la posibilidad de que estés embarazada —le cubrió la mano que tenía en el vientre con la suya—. Ya te he dicho que no me asusta ser padre; de hecho, estaría contento de serlo. Voy teniendo una edad —afirmó riendo—. Pero esto se refiere a nosotros dos. Quiero que seas mi esposa.


Ella se estremeció. El pánico fue desapareciendo y algo más inquietante lo sustituyó… La esperanza.


—Pero ¿Por qué, Pedro?


Él frunció el ceño como si la pregunta no tuviera sentido. Se levantó con el anillo en la mano, se alejó de ella y volvió.


—Porque es obvio que nos compenetramos. No puedo dejar de tocarte y me gustas incluso cuando no estamos desnudándonos. Eres buena compañía, divertida, encantadora y compasiva. Y, sobre todo, inteligente e independiente. El mes que llevamos juntos me ha demostrado que formaremos un equipo excelente. 


No era la declaración de amor con la que ella soñaba, pero ya sabía que Pedro era un hombre pragmático. Y lo que importaba no eran sus palabras, sino la emoción que ocultaban. Su agitación, su impaciencia y la frustración que denotaba su ceño fruncido eran más convincentes que el anillo que seguía guardando en el puño.


—Y… —volvió a arrodillarse ante ella y le tomó las manos. La miró con tanta intensidad que su resistencia se hizo pedazos—. Y si tenemos hijos ahora —dijo mirándole el vientre— o en el futuro, sé que serás una buena madre. Eres fuerte, lo que es importante, porque a veces la maternidad es difícil. Mi madre se esforzó… —se detuvo bruscamente y apartó la mirada.


—¿Qué ibas a decirme, Pedro? —musitó ella.


Él se levantó maldiciendo entre dientes. Se había sonrojado. No le había hablado de su madre. Lo único que Paula sabía era que Ana Alfonso había muerto dos años después de su esposo. En las semanas anteriores, en las contadas ocasiones en que él le había revelado algo personal, había hablado de su padre lo suficiente para saber que había sido una figura importante en su vida. Sabía lo mucho que lo había admirado y respetado, y lo traumática que le resultó su muerte en un accidente en la granja, aunque él no estuviera dispuesto a reconocer el trauma. Pero la relación de Pedro con su madre seguía siendo un misterio. No lo había presionado para que le hablara de ella. Sabía lo duro que podía ser no haber pasado el duelo, sobre todo si la relación con la persona fallecida era problemática. 

Te Necesito: Capítulo 61

 —El señor Alfonso me ha pedido que te lleve a su casa primero —contestó Marcos, que se había convertido en un buen amigo. Y añadió sonriendo—: Falta más de una hora para que empiece la ópera.


—Muy bien —dijo ella sonriendo a su vez y excitada por poder estar a solas con Pedro durante una hora. 


Se sonrojó al pensar en lo que podrían hacer en ese tiempo, ya que llevaban dos días sin verse, pues él había tenido que marcharse de forma imprevista a Irlanda. El coche se detuvo ante la casa. Ella se despidió de Marcos y desmontó. Mientras subía los escalones deprisa, la puerta se abrió y apareció Pedro, guapísimo con el esmoquin que se había puesto para ir a la ópera.


—Hola, ya era hora. ¿Por qué has tardado tanto? —murmuró él, antes de que ella se lanzara a sus brazos. 


Él soltó una carcajada mientras lo abrazaba. Ella aspiró su delicioso aroma, emocionada y excitada. Él la llevó al interior de la casa y cerró la puerta con el pie.


—Yo también me alegro de verte —dijo antes de besarla en la boca.


Se besaron apasionadamente. Ella le acarició el abdomen, mientras él la agarraba de las nalgas, con el mismo deseo desesperado de siempre. Pero cuando ella comenzó a desabotonarle la camisa con dedos torpes, ansiosa de acariciarle la piel, él apartó la boca, se separó de ella y la agarró de las manos para mantenerla a distancia.


—Espera un momento. Tenemos que dejarlo hasta después de la ópera —dijo mirándola a los ojos con una sonrisa tensa.


—¿Por qué? —preguntó ella, incapaz de ocultar su decepción. 


Él rió.


—No pongas esa cara —le acarició el labio inferior con el pulgar—. Tengo algo para tí.


La agarró de la mano y la condujo a la biblioteca.


—Siéntate —dijo soltándola de la mano. 


Se acercó a la caja fuerte y sacó un estuche de terciopelo. A ella se le aceleró el pulso mientras él volvía y se arrodillaba.


—Pedro… —susurró, tan asombrada que casi no podía respirar.


Él no había vuelto a hablar de casarse, por lo que ella supuso que había cambiado de opinión. Pero, cuando él abrió el estuche, donde había un anillo de diamantes, dejó de respirar del todo. Él la tomó de la barbilla y le levantó la cabeza para que lo mirara. Luego le acarició la mejilla.


—Respira, Paula —murmuró con voz ronca. Sacó el anillo, dejó el estuche y, con la otra mano, levantó los temblorosos dedos de ella. —Es el anillo de mi madre. He ido a Irlanda a buscarlo y a preguntar a mis hermanas si les parecía bien que me lo trajera.


—¿Ah, sí? —preguntó ella, aún aturdida. Tuvo que respirar porque se iba a desmayar.


Aún no conocía a Sonia ni a su hijo Joaquín, pero había entablado muy buena relación con Carolina, que parecía estar muy contenta porque su hermano saliera, por fin, con una mujer de verdad, por lo que pensó que era una idea magnífica que él hubiera ido a hablar a sus hermanas de su boda. 

lunes, 19 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 60

 -¿Dónde vamos, Marcos? Creí que habíamos quedado con Pedro en la Royal Opera House —dijo Paula al chófer.


Esa noche se cumplían cuatro semanas en que Pedro y ella habían hecho el amor por primera vez en París. Y la regla seguía sin bajarle. Se decía que eso no significaba nada, ya que tenía un ciclo irregular, y a veces transcurrían seis semanas entre periodos. Claro que podía salir de dudas si se hacía una prueba de embarazo. Pero él no se lo había pedido. De hecho, no había vuelto a mencionar el posible embarazo, desde su vuelta de Australia hacía tres semanas, por lo que ella decidió esperar. Desde entonces, cada vez que hacían el amor, y lo hacían a menudo, Pedro usaba protección, por lo que ella se sentía apreciada pero insegura sobre cuál era verdaderamente la postura de él con respecto al embarazo. Supuso que él no quería presionarla, por lo que ella tampoco lo haría, ya que ni siquiera sabía qué pensar sobre el posible embarazo. Seguían en la fase de luna de miel de su relación. Tras tantos años sin ser consciente de sus necesidades sexuales, Paula había descubierto un aspecto de su personalidad que desconocía; un aspecto sensual, excitante, erótico e insaciable que intentaba satisfacer en cuanto se le presentaba la oportunidad. Sin embargo, lo más importante era que, por primera vez, se sentía verdaderamente miembro de una pareja. Su experiencia como esposa de Leandro había sido tan breve, además de marcada por la tragedia, que no tuvo tiempo de estar tranquilamente con él, de tener una conversación normal, como con Pedro.  Hablaban de todo, desde de en cuál de las residencias de él pasarían el fin de semana hasta de si comerían allí o irían a uno de los restaurantes de los que era cliente habitual.


La vida social de Paula había aumentado de forma espectacular. Marcos la iba a recoger varias tardes a la semana para conducirla a un acontecimiento en Londres o Dublín, incluso una vez a Milán, porque Pedro quería que lo acompañara. Al principio se ponía nerviosa. Estaba acostumbrada a organizar eventos, no a participar en ellos, pero pronto se volvió casi tan indiferente como él al hecho de viajar en su jet privado, tener chófer propio o codearse con estrellas de cine, políticos importantes, divas del pop, famosos deportistas y otros personajes. También se estaba habituando a la molesta atención de los paparazis. Pero los mejores momentos eran los íntimos en los que estaba a solas con Pedro. Ambos trabajaban mucho, por lo que las noches que pasaban juntos, generalmente en casa de él, le parecían un regalo especial. Seguía sin haberle sonsacado mucha información sobre sí mismo, pero le daba igual. Estaban empezando a conocerse, por lo que las grandes preguntas podían esperar. Le bastaba con estar con él y descubrir cosas pequeñas, como que sabía hacer un guiso irlandés, que se quedaba dormido, abrazado a ella, después de hacer el amor, o que se sabía de memoria la película Chicas malas, porque sus hermanas no paraban de verla en la adolescencia. 

Te Necesito: Capítulo 59

Ella observó una sala de estar de planta abierta, con cocina de mármol y acero. La vista de una inmensa piscina y de una playa con palmeras la dejó sin respiración. Pedro volvió a aparecer en la pantalla.


—Es preciosa.


—Ven conmigo la próxima vez. Te enseñaré a hacer surf.


—¿Cómo sabes que no sé? —bromeó ella. Y se alegró al oír su risa—. ¿Qué hora es ahí?


—Muy temprano —bostezó—. Fernando me ha dicho que estás muy ocupada.


—Sí, mucho.


Comenzó a hablarle de los nuevos clientes atropelladamente. De pronto, la necesidad de hablarle de lo que fuera le pareció fundamental. Al final se detuvo al ver que él bajaba la mirada.


—¿Qué pasa? —era capaz de notar el deseo en su ojos desde el otro extremo del planeta. Y lo sintió en su centro con la misma intensidad que hacía cinco días y que todas las noches desde entonces, en que se despertaba acalorada y sudorosa, con el sexo húmedo e hinchado y el recuerdo de la noche pasada juntos aún vívido.


—¿Qué llevas puesto?


Ella se mordió el labio inferior. Ahora deseaba llevar el salto de cama transparente que había estado a punto de comprarse para la llamada.


—El pijama.


—Enséñamelo —dijo él con voz cada vez más ronca.


Parecía que su incapacidad para vestirse adecuadamente para una video llamada de su amante no lo inmutaba.


—No es en absoluto sexy —dijo ella, casi tan avergonzada como excitada.


—Eso lo decidiré yo.


Ella levantó en móvil para que lo viera.


—¿Lo ves?


—Los cerditos voladores son excitantes —afirmó él con voz profunda y juguetona, que la recorrió el cuerpo entero y se le alojó en el sexo. 


—¿En serio?


Él rió de nuevo.


—¿Qué te parece perder también conmigo tu virginidad telefónica?


—Bien —susurró ella.


—¿Estás segura? Vas a tener que hacer lo que te diga. ¿No tienes dudas?


—No —consiguió decir ella.


El deseo le había hecho un nudo en la garganta equiparable al que tenía entre las piernas.


—Puedo hacerlo.


—Buena chica. Busca un sitio para apoyar el móvil de forma que te vea entera. Vas a necesitar las dos manos para lo que estoy pensando.


Al cabo de un par de minutos, ella consiguió colocar el móvil como él quería. Estaba tumbada en el sofá y seguía con el pijama puesto. ¿Cómo lograba él convertirla en un amasijo de desesperación con una simple mirada y una simple orden?


—Aunque me encantan los cerditos, creo que vamos a tener que librarnos de ellos. Quítate primero los pantalones —murmuró él.


Ella lo hizo y se quedó con la chaqueta del pijama y las braguitas. Percibió el olor a humedad que se desprendía de entre sus muslos. Pero lo que antes la habría avergonzado, ahora aumentaba su deseo. 

Te Necesito: Capítulo 58

El sexo era espectacular, tal vez en exceso, pero debería haber rechazado inmediatamente la proposición de Pedro. En cambio, le había dado la impresión de que podía convencerla, de que podía ser tan cínica y pragmática como él. Y no era así, sobre todo porque se temía que le inspiraba sentimientos con los que no sabía qué hacer. Sentimientos que no tenían tanto que ver con los dos espectaculares orgasmos que él le había provocado al hacer el amor por primera vez en su vida, ni con su atención hacia ella al ponerle un guardaespaldas para su seguridad, como con la pasión con la que hablaba de sus hermanas, su familia y la posibilidad de casarse y tener hijos. Ella siempre había deseado tenerlos, formar una familia a la que querer incondicionalmente y que, a su vez, la quisiera del mismo modo. Eso le bastaba para saber que no iba a tomarse la píldora del día siguiente, aunque no fuera la decisión más acertada. Lo cierto era que arriesgarse a quedarse accidentalmente embarazada, aunque la probabilidad fuera mínima, de un hombre al que apenas conocía no era lo que más la asustaba. Lo que la aterraba era que cuando le había propuesto que se casaran, en tono firme, práctico, directo y anti romántico, su estúpido corazón había gritado «Sí». Y no porque fuera multimillonario y pudiera convertir su empresa en la mejor para organizar eventos; ni porque fuera el amante más apasionado, de hecho el único, que había tenido; ni porque fuera increíblemente guapo, irresistible y carismático; ni siquiera porque supiera que probablemente sería mejor padre que el suyo. Por ninguno de esos motivos, sino porque ella había hecho algo muy estúpido durante aquel fin de semana juntos. Se había enamorado de un hombre del que no sabía si era capaz de corresponderla. Y por si aquello no fuera lo bastante delirante, corría el peligro de convencerse de que podía salir bien, de que, si le daba la oportunidad, él aprendería a quererla. Sabía que ansiaba ofrecérsela, ofrecérsela a ambos, a pesar de que el absurdo optimismo que la llevaba a creer que el amor siempre se abría camino, que siempre había un final feliz, ya la había destrozado una vez. Y nada le garantizaba que no volviera a suceder.


-¡Pedro! ¡Has llamado!


El corazón de Paula le dió un vuelco al ver aparecer el rostro de su amante en la pantalla del móvil, a las ocho de la tarde en punto. ¿Por qué había pensado que no llamaría? ¿Y de qué querría hablar? Porque tras cinco días separados, ella aún no tenía una respuesta coherente que darle. Había llegado a casa hacía una hora. Había trabajado mucho durante la semana para atender a la interminable lista de nuevos clientes, lo que contribuyó a que dejara de pensar constantemente en lo sucedido en París el fin de semana. Sin embargo, se lo recordaron las constantes llamadas y correos electrónicos de amigos y conocidos para preguntarle sobre el nuevo hombre que había en su vida. Al llegar a casa, se notó cansada, nerviosa y aterrada, a medida que se acercaba la hora concertada para la llamada. Mientras se duchaba, tardó mucho en decidir qué ponerse. Se maquilló, se desmaquilló y, al final se puso un pijama de algodón y pantuflas de conejo. «Muy seductora, ¿Verdad?».


—Claro que te he llamado —dijo él con una sonrisa cansada—. Te dije que lo haría.


—Así es —ella ya había descubierto durante su corta relación que era un hombre de palabra—. ¿Dónde estás?


—Mira —enfocó el móvil a su alrededor—. Es una casa que tengo en Gold Coast. Es mejor que alojarme en un hotel cuando te enfrentas a un desfase horario monumental.

Te Necesito: Capítulo 57

 —Parece un cuento de hadas. Se os ve muy compenetrados. Es tan romántico… —volvió a suspirar—. ¡Y solo se conocieron desde hace una semana! Es evidente que existe el amor a primera vista.


«Pero él no me quiere».


—Hola —dijo Florencia al ver al hombre que había entrado detrás de Paula.


—Flor, te presento a Morales, mi… —Paula titubeó. Aún no se creía lo mucho que le había cambiado la vida en un fin de semana.


—Soy su guardaespaldas y chófer, señorita Chaves —dijo el hombre sonriendo.


—Eso es.


—¿Ahora tienes guardaespaldas y chófer? —Florencia estaba tan atónita como Paula se había sentido cuando se lo habían presentado al aterrizar en Heathrow.


Después de dejar el equipaje en su casa, había ido directamente a la oficina, ansiosa por recuperar cierta normalidad. Pero la presencia de Marcos Morales no era lo único que lo hacía imposible, sino el tumulto de pensamientos y sentimientos que le provocaba que Pedro le hubiera propuesto matrimonio y que le pareciera bien tener un hijo. No lo había visto esa mañana, después de haberse pasado la noche en vela en el hotel. Y el mensaje que había recibido en el avión la había desconcertado. "Pasaré los próximos días viajando y en reuniones. Te llamaré el viernes a las ocho de la tarde, hora británica. Fernando se va a encargar de tu seguridad y te pondrá en contacto conmigo, si lo necesitas. Pedro". Al menos, ahora entendía lo de la «Seguridad». Fernanado le dijo que ya no era seguro que viajara en transporte público. Pedro quería que sus allegados tomaran ciertas medidas de seguridad. Aunque, en parte, ella quiso protestar cuando le presentó a Morales, ya que Pedro no era responsable de su seguridad, también se conmovió al ver que se había tomado la molestia de protegerla. Al final, Morales la llevó a su casa desde el aeropuerto, mientras ella reflexionaba sobre su reacción. Debía tener cuidado y no dejarse convencer con facilidad. La atención de Pedro ya la abrumaba lo suficiente como para que, además, interviniera su propia inseguridad. Siempre buscaba la atención masculina, tal vez porque se la habían negado de pequeña. Ya se había casado una vez por motivos equivocados. No debía caer en la trampa de creer que Pedro la quería simplemente porque tenía cierto complejo de salvador. Por eso, lo que debería haberla complacido, que su relación con Pedro hubiera dado el empuje a la empresa que ella llevaba meses esperando y planeando, le provocaba todo menos eso. En realidad, la presionaba y abrumaba más. Porque no era un verdadero idilio, como tampoco su matrimonio había sido real.

Te Necesito: Capítulo 56

 —No sé qué decir.


—Tienes mucho sobre lo que reflexionar —afirmó él sonriendo ante su expresión de perplejidad—. No debes decidirlo esta noche. Tienes tiempo. Mañana me marcho temprano en viaje de negocios a Australia. Cuando estés lista para volver a Londres, díselo a Fernando. Él se encargará de todo. 


Se levantaron. Él le puso un mechón detrás de la oreja reprimiendo el deseo de quitarle el albornoz y llevarla a la cama. Ya habría tiempo cuando volviera.


—Entonces, ¿No te veré por la mañana? —preguntó ella en tono decepcionado.


—No.


La besó en la frente conteniéndose para no hacerlo en la boca. Recogió la ropa del suelo.


—Volveré dentro de una semana —sabía que sería incapaz de estar alejado de ella más tiempo, pues ya deseaba volver a poseerla—. Así tendrás tiempo para reflexionar sobre mi propuesta.


Salió de la suite. Era un hombre resuelto, implacable, que había tenido éxito. Cuando se proponía algo, lo conseguía. Y ahora aspiraba a conseguir a Paula Chaves. Solo debía lograr que ella accediera a casarse. Aunque no pudiera ofrecerle el amor romántico que ella anhelaba, sí podía ofrecerle muchas ventajas tangibles: compañía, amistad, seguridad económica y la posibilidad de explorar la fabulosa química que había entre ambos. Ya ni siquiera lo molestaba que fuera hermana de Rafael De Courtney. Tendría que contarle su relación con Sonia y Joaquín. Pero aquel canalla también la había abandonado, así que no le debía ninguna clase de lealtad. 




-¡Madre mía, Paula! Ayer estabas deslumbrante. Las fotos que te sacaste con el multimillonario irlandés están en todas las redes sociales. ¿Por qué no me dijiste que ibas a acudir al Baile Lumière y que salías con Pedro Alfonso? ¿Cómo es? ¿Tan melancólico y divino como…?


—Hola, Flor —Paula interrumpió a su secretaria y mejor amiga, Florencia Meyer, mientras colgaba el abrigo en el perchero de la pequeña oficina del este de Londres—. ¿Cómo va todo?


En ese momento sonó el teléfono. Florencia descolgó el auricular. Además de secretaria, era la recepcionista.


—Chaves Events. Espere un momento, por favor —sonrió a Paula—. El teléfono lleva sonando desde que he llegado, hace dos horas.


Su rostro resplandecía con una mezcla de curiosidad y excitación.


—La empresa de Alfonso ha publicado en las redes sociales que Chaves Events está organizando un acontecimiento familiar, que no se ha revelado, para él y que así os conocisteis, por lo que nos hemos convertido en la empresa a la que hay que acudir para organizar eventos. Todo el mundo quiere contratarnos.


Lanzó un profundo suspiro y se apretó el auricular contra el pecho. 

viernes, 9 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 55

 —Ahora la chaqueta. Desabróchatela, mo mhuirnín —murmuró empleando la expresión irlandesa que ya había utilizado—. Despacio — añadió al ver que ella se desabrochaba los dos primeros botones a toda velocidad.


Ella trató de hacerlo más despacio, pero su mirada la torturaba. Cuando acabó, jadeaba.


—Enséñame los senos.


Ella se abrió la chaqueta y le mostró los pezones endurecidos. Él murmuró palabras apasionadas de aprobación.


—¿Te duelen?


—No te haces una idea —gimió ella.


Él volvió a reírse. 


—Juega con ellos.


Ella se los agarró entre dos dedos y se los acarició y pellizcó bajo su atenta mirada. El sexo le latía. Comenzó a moverse en el sofá elevando los senos y ofreciéndoselos, desesperada porque la acariciara. Sus palabras de estímulo y exigencia eran lo único que la unía a la realidad, hasta que casi pudo sentir sus labios, firmes y fuertes haciendo magia en sus turgentes senos.


—Quítate las braguitas.


Ella lo hizo. Ya estaba completamente desnuda. Todo su cuerpo era puro deseo.


—Ahora acaríciate donde más me deseas.


Ella deslizó los dedos por los húmedos pliegues y llegó a la hinchada protuberancia, que exigía satisfacción.


—Frótate con más fuerza, hasta que te arda, pero no llegues al orgasmo hasta que te lo diga.


Ella arqueó la espalda esforzándose en contenerse, mientras él la manejaba como si fuera una marioneta. Lo único que se oía era su respiración jadeante. Se acarició en círculos hasta que, desesperada, se introdujo en el centro. Estaba casi a punto de alcanzar el clímax. Lo oyó gruñir y supo que se estaba dando placer mientras la miraba y le daba órdenes. La idea de excitarlo tanto como él a ella la hizo sentirse poderosa. Él gimió.


—¡Ahora!


La invadieron oleadas de doloroso placer, de un placer intenso pero no suficiente. Se quedó exhausta y estremecida. El ritmo del corazón le fue disminuyendo. Oyó que él lanzaba una maldición y alzó la vista. Parecía tan aturdido como ella.


—Es el mejor sexo por teléfono que he tenido. Posees un talento innato.


Ella soltó una risa cansada. Estaba contenta. Tal vez, aunque solo fuera en aquello, podían ser iguales. 


—Vete a dormir —dijo él aún en tono autoritario, aunque menos seguro que al principio de la llamada—. Vas a necesitarlo, porque he decidido volver antes. Y cuando llegue a tu casa, voy a tenerte muy ocupada haciéndotelo de verdad.


Tal vez había cometido errores con Sonia y su madre, errores de los que siempre se arrepentiría. Pero ahora tendría la oportunidad de compensarlos.


Te Necesito: Capítulo 54

 —Pero Pedro… —se soltó de su mano—. No tengo diecinueve años, sino veinticuatro. Y no me has seducido: deseaba acostarme contigo. Y lo deseaba mucho. Y no voy a quedarme embarazada porque has tenido el buen juicio de utilizar un preservativo.


—Se ha rasgado —dijo él.


Ella palideció.


—Ah —dijo intentando tragar saliva y deshacer el nudo que se le había formado en la garganta.


—He debido de ser yo, con las prisas para ponérmelo. Es la primera vez que he abierto el envoltorio con los dientes. Puede que te hayas quedado embarazada, a no ser que emplees algún método anticonceptivo.


—Yo…


Volvió a tragar saliva y lo miró con los ojos muy abiertos y una expresión en que se mezclaban la preocupación, la culpa, el arrepentimiento y la vergüenza.


—No, no uso ninguno, pero hay pocas posibilidades de que me quede embarazada —carraspeó al tiempo que se sonrojaba—. Estoy al comienzo del ciclo.


Y él se percató, extrañamente, de que estaba contento de ser el primer hombre con el que tenía semejante conversación. «Chico, eres como los hombres de las cavernas». No era una reacción que se esperara, pero todo lo referente a su relación con Paula hasta ese momento estaba siendo inesperado, y lo raro era que, teniendo en cuenta que no le gustaban las sorpresas, era una cosa más sobre ella que le resultaba fascinante.


—Podría tomarme la píldora anticonceptiva del día siguiente.


—Sí, si es lo que deseas. ¿Pero es eso lo que quieres?


La verdad era que su reacción habría sido muy distinta si se hubiera roto el preservativo con alguna de las otras mujeres con las que había estado. Al quitárselo en el cuarto de baño y darse cuenta del problema, no sintió pánico ni se sintió atrapado. La posibilidad de un embarazo le pareció inevitable, fortuita. Sintió el peso de la promesa a su padre, pero, más que eso, se imaginó al niño que tendrían, que sería optimista y compasivo como ella, y ambicioso y resuelto como él.  Adoraba al hijo de Sonia. La familia constituía una parte muy importante de su vida. Era la base sobre la que había construido su imperio. Tras la muerte de su madre, nunca había eludido sus responsabilidades. Era uno de los motivos por los que había trabajado tanto para amasar una fortuna. Pero hasta ese momento había evitado plantearse tener hijos. Sin embargo, al examinar el preservativo roto y darse cuenta de lo sucedido, una extraña calma se apoderó de él, pues pensó que ya no le correspondía tomar la decisión. El destino era una poderosa fuerza en la que creía; al fin y al cabo, era irlandés de pura cepa. Y si el destino había decidido que debían tener un hijo…


—¿Me estás diciendo que no quieres que la tome? —preguntó ella.


La sorpresa había dado paso a la confusión. Él le acarició los labios con el pulgar ante la urgente necesidad de tocarla, de hacer aquel momento más tangible y real.


—Eres tú quien decide, pero, sinceramente, cuando ví el preservativo roto me dí cuenta de que no me contrariaba la perspectiva de un embarazo.


—¿En serio? ¿No estás enfadado? Acabamos de conocernos y ni siquiera estamos saliendo.


—Ahora lo estamos —afirmó él, por si ella lo dudaba—. Y no estoy enfadado —añadió, sorprendido por la seguridad con que hablaba—. La familia lo es todo para mí. Y creo que sería un buen padre. Ya tengo mucha práctica. 

Te Necesito: Capítulo 53

Lo único que le preocupaba a Pedro era su romanticismo: La dulzura que lo había cautivado esa tarde podía convertirse en un problema. Sin embargo, después de haber hablado con ella sobre los verdaderos motivos de su matrimonio, estaba convencido de que era una buena candidata. Ya había estado casada, pero no por amor. Y aunque fuera inexperta en asuntos sexuales y una romántica, entendía que el matrimonio podía ser un acuerdo práctico. Además, había química entre ellos, que acabaría por desaparecer con el tiempo, pero que, hasta que eso sucediera sería una base importante para su unión. Y ella lo divertía. Esa tarde se lo habían pasado muy bien. Eso tenía que significar algo. La verdad era que no buscaba una gran pasión en su relación con las mujeres, porque sabía dónde podía conducir semejante devoción. Pero nunca había considerado la posibilidad de ser amigo de las mujeres con las que salía. Nunca había disfrutado de su compañía como lo había hecho ese día con la de Paula, por lo que deseaba saber mucho más de ella. Hasta ese momento no se había planteado seriamente casarse, a pesar de sus ventajas, porque la mera idea lo aburría. Pero no se veía aburriéndose con ella, a diferencia de con las demás mujeres.



—¿Bromeas? —preguntó ella mirándolo como si hubiera perdido el juicio.


—En absoluto. Te he robado la virginidad —dijo él con gravedad—. Y eso tiene para mí un profundo significado.


La tomó de la mano, cada vez más seguro de que aquel era el camino que debía elegir. Porque él no había hecho lo mismo que Rafael De Courtney con Sonia. Aquel canalla había seducido a su hermana y la había abandonado. La diferencia estaba en que él, Pedro, había querido evitar el riesgo de embarazo, pero, de todos modos, tenía una deuda que debía pagar.


—A los dieciséis años prometí a mi padre en su lecho de muerte que protegería a las mujeres que formaran parte de mi vida. Le fallé a mi hermana Sonia.


«Y a mi madre». Hizo una pausa para contener la emoción que el pensamiento le causaba.


—Me niego a fallarte a tí también.


—¿Por qué le fallaste a tu hermana? —preguntó ella con expresión preocupada.


¿Cómo era posible que fuera tan inocente, tan compasiva, después de todo aquello por lo que había tenido que pasar en su vida?


—Ya te lo había contado. Se quedó embarazada a los diecinueve años. Me niego a ser como el que la sedujo. ¿Lo entiendes?

Te Necesito: Capítulo 52

 —Así que te casaste por compasión.


La verdad le pareció dura, implacable e infantil al oírsela decir. La vergüenza se añadió al sentimiento de culpa. Hacía años, Rafael la había acusado de lo mismo y ella se enfadó mucho porque él redujera lo que sentía por Leandro a algo tan estúpido. Se convenció de que Rafael era incapaz de amar, así que no entendía que otros lo hicieran. Le dijo que se equivocaba, que no comprendía lo que sentía por Leandro. Pero ahora se percataba de que el amor que sentía por él no era el que conducía al matrimonio. Y ni siquiera estaba segura de haberse casado por el bien de Leandro. Estaba dispuesta a que las cosas mejoraran, a ofrecerle un motivo para vivir, pero también a demostrar a su hermano que se equivocaba. Le había dado falsas esperanzas, un falso matrimonio que a ella la hizo sentirse mejor ante la perspectiva de perder a su mejor amigo.


—Pensé que, si me casaba con él, todo se arreglaría, que él mejoraría y que lo haría feliz.


Rió sin alegría al recordar las palabras de Leandro en la noche de bodas, en lo culpable que se sentía porque no podía ser un esposo de verdad para ella.


—Yo era muy joven. No sé en qué pensaba.


Pedro le apretó la mano.


—No te fustigues. No tiene sentido lamentarse de lo que ya no tiene remedio.


Ella suspiró.


—Supongo que no.


—Y es mejor casarse sin esas tonterías sobre el amor. Al menos, ahora lo sabes, lo que hará nuestra situación mucho más fácil.


Ella se volvió hacia él sorprendida por sus palabras.


—No te entiendo. ¿Qué tiene que ver mi matrimonio con nosotros?


Sobre todo, porque no había un «Nosotros». Aunque se le acelerara el corazón al pensar que pudiera haberlo. «¡Fantástico! Ahora, además de haberme vuelto insaciable, deliro».


—No mucho, salvo porque creo que deberías casarte conmigo.


¿Qué? Paula miró a Pedro como si le acabara de decir que se tiraran juntos por el balcón.


Él esperaba que se sorprendiera y que lo rechazara. Al fin y al cabo, apenas se conocían. Lo que no se esperaba era su mirada de total desconcierto. Lo había pensado en el cuarto de baño, mientras intentaba calmarse tras el tumultuoso orgasmo, el descubrimiento de la virginidad de ella y de los riesgos que la había hecho correr. Era la mejor solución y el único modo de cumplir la sagrada promesa que había hecho a su padre en su lecho de muerte de no aprovecharse de la inocencia de una mujer. Su padre le hizo prometer que protegería a su madre y hermanas. ¿Acaso Paula era distinta? La había abandonado el mismo canalla que había abandonado a Sonia. Además, de su unión derivarían otros prosaicos beneficios. Llevaba un tiempo pensando que casarse sería un movimiento acertado para la empresa y que le estabilizaría la vida. Karen le había dado la idea con sus constantes preguntas sobre el tema, pero no era la candidata ideal. Pero, a diferencia de ella, le saldría muy barato mantener a Paula.

Te Necesito: Capítulo 51

 —¿Qué es lo que sientes?


—No haberte dicho que… —susurró avergonzada—. Que eras el primero. Creí que no te importaría tanto.


—Ya —se inclinó a recoger el bóxer, se levantó para ponérselo y salió del dormitorio sin decir nada y sin mirarla.


Ella oyó que tiraba de la cadena y abría el grifo. Se imaginó que había tirado el preservativo y se lavaba las manos. Esperó. ¿Estaba enfadado? ¿Por qué? Pedro volvió. Se había puesto un albornoz del hotel y llevaba otro en la mano que tendió a Paula.


—Póntelo para que podamos hablar.


Ella lo hizo, contenta de poder taparse. Seguía deseando sus caricias, a pesar del dolor que sentía entre los muslos. «¿Quién iba a decirme que tener sexo con Pedro Alfonso me volvería insaciable». La estúpida idea la ayudó a tranquilizarse un poco. Él se sentó en el sofá.


—Ven aquí —dijo tomándola de la mano y sentándola a su lado.


No parecía enfadado. Pero su forma de mirarla no la calmó. Era incapaz de protegerse de aquella mirada imparcial.


—¿Cómo eras virgen, si has estado casada?


La pregunta la hizo pensar en Leandro por primera vez. La pena seguía ahí, pero también el sentimiento de culpa. Racionalmente sabía que no había motivo para sentirse culpable. No había decidido dar aquel paso hasta no sentirse preparada. No había traicionado a su esposo, porque su matrimonio no fue tal, pero le parecía que traicionaría la amistad que había habido entre ambos, si le contaba la verdad a Pedro. Así que le dijo la mentira que llevaba años contándose a sí misma.


—Leandro estaba muy enfermo cuando nos casamos. No podía… — tartamudeó y se detuvo cuando él la miró con los ojos entrecerrados—. No era esa clase de matrimonio…


Carraspeó y se miró las manos. Por desgracia, se le daba fatal mentir.


—No era capaz de… —se detuvo bruscamente cuando él le levantó la cabeza y volvió a mirarla a los ojos.


—¿No era esa clase de matrimonio o él no era capaz? —preguntó él con voz calmada.


Ella se encogió de hombros y apartó la mirada. La culpa le había formado un nudo en la garganta. Había mentido a Leandro y a sí misma. Se habían engañado mutuamente con respecto a su matrimonio. Tal vez había llegado el momento de reconocerlo. Respiró hondo.


—Creo que las dos cosas.


Él le puso la mano sobre la suya y se la acarició con el pulgar.


—Explícamelo. ¿Por qué te cásate con él si no querían acostarse?


—Porque se moría y porque era mi mejor amigo —murmuró ella—. No tenía a nadie. No tenía familia, y no quería que estuviera solo —se secó las lágrimas con la manga del albornoz.


«Y yo tampoco quería estar sola». Por primera vez, se dió cuenta de la realidad.

miércoles, 7 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 50

«¡No! ¡Maldita sea!». El cerebro de Pedro se negaba a reconocerlo, pero ya era tarde. Notaba el deseo subiéndole por la columna vertebral. Era imposible seguir aplazando su satisfacción ni un minuto más.  Ella estaba tan caliente y tensa en torno a él que tenía que moverse, acabar de una vez. Era tarde para echarse atrás. Apretó la frente contra el pecho de ella y le besó un pezón, después la levantó y la dejó en el sofá. Ella parecía deslumbrada y mareada. No sabía lo que había hecho, pero daba igual. Él le puso la mano en la mejilla.


—Dime si te duele.


Tenía que dolerle. Sin embargo, ella negó con la cabeza.


—No me duele, me gusta.


Él la penetró todo lo lenta y cuidadosamente que pudo, ya que su cuerpo era pura desesperación. Notó que perdía el control, pero era incapaz de detenerse. Obligado a moverse, la embistió con más fuerza y rapidez. Retirándose y volviendo a introducirse en ella, el deseo se convirtió en un tsunami que lo arrastró hacia el clímax más intenso de su vida. Buscó el clítoris de Paula con torpeza, ansioso porque ella llegara al orgasmo antes que él. Ella tensó los músculos y sollozó retorciéndose debajo de él. Por fin, él se dejó ir, y todo lo que era, todo lo que creía ser, se hizo añicos mientras saltaba al abismo. Al estrellarse contra la tierra, recordó las últimas palabras que su padre le había dicho y que lo habían condenado. «Las mujeres son lo más importante que tenemos. Recuérdalo y protégelas y respétalas. ¿Me lo prometes, hijo? Nunca tomes lo que no puedas devolver». Paula estaba saciada y exhausta, con el cuerpo flácido y la mente confusa por un torrente de pensamientos y emociones. Conall tenía la cabeza apoyada en su hombro. La erección seguía firme en el interior de ella. Los jadeos de ambos llenaban el silencio. Poco a poco, ella recuperó el ritmo de la respiración. Le acarició la mejilla y le retiró el húmedo cabello de la frente con ternura e intentó no dejarse llevar por la emoción. «Solo ha sido química y una aventura maravillosa. Que sea la primera vez que lo haces, no significa que sea algo más que sexo». Él se removió y alzó la cabeza. Su mirada, intensa y no totalmente feliz, le escrutó el rostro. La expresión de sus ojos no tenía sentido. Ella se esperaba sorpresa, incluso fastidio, por no haberle dicho que era virgen. Se había dado cuenta de su error cuando él se lo había preguntado, sorprendido. Pero ahora parecía… ¿Resignado? ¿Lamentaba lo que acababan de hacer? Se le hizo un nudo en el estómago, pero antes de que pudiera decir nada, él se separó de ella y se sentó.


—Pedro, lo siento.


¿Verdaderamente importaba que él hubiera sido el primero? Su virginidad era asunto de ella. No se había propuesto engañarlo. Además, ¿Qué más le daba a él? Para ella era más importante de lo que se había imaginado. No se esperaba que la primera experiencia fuera tan abrumadora, que la pasión y el placer fueran tan íntimos e intensos, aunque dudaba que lo hubieran sido para él. Era evidente que él estaba acostumbrado a semejantes sensaciones. Había estado con muchas mujeres, antes que con ella. Él volvió la cabeza para mirarla.

Te Necesito: Capítulo 49

Él se quitó los zapatos y los pantalones y murmuró:


—Te toca.


Sonrió y ella lo imitó. La besó en la nariz, la barbilla y el cuello, mientras ella intentaba quitarse el vestido con torpeza.


—¿Necesitas ayuda? —preguntó él en tono divertido, lo que contribuyó a disminuir la vergüenza que a ella le quemaba la piel. 


Paula asintió. La emoción se apoderó de ella cuando le bajó el vestido, que le cayó hasta las rodillas.


—Vamos a quitarte primero los zapatos, mo mhuirnín —murmuró él.


Ella lo asió del hombro para sostenerse, mientras él le quitaba uno.


—¿Qué significa eso?


—¿El qué? —preguntó él quitándole el otro.


—«Muvornin» —ella intentó repetir las extrañas palabras.


Él frunció el ceño y se sonrojó.


—¿Te he dicho eso?


—Sí.


—No es nada, una tontería en irlandés —murmuró él incorporándose para desabrocharle el bustier.


Ella cruzó los brazos sobre el pecho, consciente de que se le endurecían los pezones. Agachó la cabeza para disimular la vergüenza. Era la primera vez que se desnudaba delante de otra persona. Cuando se volvió hacia Pedro, él le levantó la barbilla.


—He querido verte entera desde esta mañana, cuando te probaste el vestido.


Ella bajó los brazos y el bustier cayó al suelo. Pero la sensación de vergüenza volvió a aparecer cuando él la despojó de la última pieza de ropa interior. Le dió la vuelta para que contemplara el reflejo de ambos en la puerta de la terraza. Su erección le presionó la espalda, mientras él le pellizcaba y jugueteaba con sus pezones. Ella apoyó la cabeza en su hombro cuando, por fin, le agarró los senos y se los acarició mientras la besaba en el cuello. Ella arqueó la espalda mientras la mano de él le descendía por el torso hasta llegar a su tierno y anhelante centro entre los muslos. Ella lanzó un sollozo. El deseo y la desesperación la ahogaban. Él buscó la húmeda e inflamada protuberancia y la acarició en círculo. Le levantó el brazo y se lo pasó por el cuello dejándola abierta, con la espalda arqueada, y le acarició un pezón mientras la penetraba con un dedo. Paula se volvió loca. 


—Por favor… Por favor —le imploró ella.


—Calla, mo mhuirnín —repitió él.


Mientras seguía penetrándola le acarició el clítoris con el pulgar. Ella llegó al orgasmo retorciéndose y gimiendo. Las oleadas de placer fueron tan intensas que le fallaron las piernas. Tras la última, se quedó exhausta. Él la tomó en brazos y la dejó en el sofá. Ella lo contempló paralizada, mientras se quitaba el bóxer con manos temblorosas. La enorme erección quedó a la vista, larga y gruesa, con la punta brillante de humedad. Él sacó un preservativo del bolsillo del pantalón, abrió el envoltorio y se lo puso. Ella volvió a emocionarse al ver que había pensado en protegerla, cuando a ella, perdida en un mar de sensaciones y cegada por el deseo, no se le había ocurrido. Ya no tenía miedo ni dudas. Él se sentó en el sofá, a su lado, y se la puso sobre el regazo, de rodillas, y ella apoyó las manos en sus hombros. La besó con urgencia y agarrándola por las caderas la situó sobre su erección. Ella se hundió en él, sin hacer caso de la punzada de dolor ni de la sensación que la llenaba más allá de lo tolerable. Él maldijo en voz baja y le echó la cabeza hacia atrás para mirarla a los ojos.


—¿Soy el primero? —le preguntó con una expresión de deseo en el rostro, pero también de algo más que ella no entendió.


¿Era vergüenza, sorpresa…? Paula podía haberle mentido y estuvo tentada, ya que él no parecía contento. Pero debía decirle la verdad. Quería que supiera que era el primer hombre al que confiaba esa parte de sí misma. Así que asintió.


—Sí.

Te Necesito: Capítulo 48

«Deja de fantasear, Paula». Intentó decirse que aquello no era un sueño, que era realidad, el momento que llevaba tanto tiempo esperando se aproximaba a velocidad de crucero. Pero ¿Era Pedro el hombre adecuado? Seguía sin saber mucho de él. Sin embargo, confiaba en él, tal vez en exceso. Estaba sin aliento y temblorosa cuando él empujó con el hombro la puerta al final de la escalera. Estaban en el pasillo que llevaba a las suites. Él le apretó la mano al llegar a la de ella, que se quedó unos segundos sin saber qué hacer, con el pulso acelerado.


—Tienes que abrir la puerta, Paula —dijo él en tono divertido y excitado a la vez.


Ella sacó la tarjeta del bolso, pero los dedos le temblaban tanto que no pudo introducirla en la ranura. Él se la quitó, la pasó y se la devolvió.


—Gracias —dijo ella mientras volvía a meterla en el bolso.


—De nada.


Empujó la puerta, entraron y la cerró tras de sí. Desde la terraza se veía el cielo estrellado. Pero ella solo se fijó en Pedro, que se quitó el esmoquin y se le acercó.


—¿Puedo? —le quitó el bolso de la mano y lo dejó en una silla.


Después le pasó los pulgares por debajo de los tirantes del vestido. Ella asintió. Se le aceleró la respiración cuando él le bajó los tirantes y la cremallera situada debajo del brazo. El cuerpo del vestido cayó y dejó al descubierto el bustier de encaje. Ella contuvo el aliento.


—Muy bonito —dijo él recorriéndole el escote con el dedo. 


Ella contrajo el estómago. Ansiaba que le acariciara los pezones. Él le introdujo los dedos en el cabello y le echó la cabeza hacia atrás examinándole el rostro con ansia y deseo.  Maldijo en voz baja.


—Las últimas cuatro horas han sido una tortura.


Ella le puso las manos en los duros músculos del abdomen y notó que se le tensaban bajo la camisa. Él le tomó el rostro entre las manos y, por fin, la besó con fuerza, exigencia y tanta furia como la noche anterior. El fuego del deseo se desató en el centro de su feminidad y se le extendió hacia los senos, lo que la hizo temblar. Ella le sacó la camisa de los pantalones, pues necesitaba sentirlo. Le tocó los fuertes abdominales. Él separó la boca de la de ella jadeando. Se quitó la pajarita y se abrió la camisa, que lanzó al suelo. La luna le iluminaba los abdominales, los pectorales y los bíceps. Paula lo miró hasta hartarse, mientras él se desabrochaba el cinturón. Llevaba un bóxer negro y ajustado que revelaba su potente erección. «¿Esto va a salir bien?». Ella parpadeó varias veces, medio mareada al contemplar la prueba de su deseo.


—Eh, ¿Todo bien?


Ella asintió.


—Sí, de maravilla.


—Llevas demasiada ropa encima —dijo él con una sonrisa que eliminó todos sus recelos.


«Su erección se amoldará a tí, y será maravilloso». Quería tenerlo en su interior, saber lo que sentiría cuando un hombre la poseyera. Sobre todo aquel hombre. Llevaba demasiado tiempo esperando.

Te Necesito: Capítulo 47

Era el sueño de una organizadora de eventos. Todos los detalles combinaban brillantemente la gloriosa historia del edificio con las necesidades de unos invitados habituados a un servicio de primera. Mientras Paula intentaba captar cada detalle y archivarlo en la memoria para el futuro, el corazón le seguía latiendo con fuerza, pero no por el acontecimiento en sí, sino por la abrumadora experiencia de ser la acompañante de Pedro. Esperaba que él utilizara el baile para establecer contactos profesionales. Pero centró su atención únicamente en ella, que no dejaba de darle vueltas al comentario que había hecho antes de dejarla en la puerta de la suite. El vestido le apretaba las costillas cada vez que él le ponía la mano al final de la espalda para guiarla entre la multitud. Y el bustier que tan cómodo le había parecido esa mañana en la tienda la dejó sin respiración al sentarse a la mesa. Y él no había dejado de mirarle los labios mientras ella probaba los distintos platos de la cena. Se sentía exhausta y llena de energía, a la vez, y era incapaz de centrarse en nada que no fuera él. Bailaron con la música de la orquesta en el salón principal. La escasa iluminación ayudó a disimular su turbación cuando él le deslizó la mano por la piel de la espalda que el vestido dejaba al descubierto. Al final, él la atrajo hacia sí y le susurró:


—¿Y si lo dejamos por hoy?


Ella asintió, incapaz de hablar porque no le salía la voz. Era una pregunta capciosa, ya que ambos sabían dónde acabarían si se iban. El deseo instalado en su vientre se mezcló con pánico y aprensión. ¿Debería haberle dicho que nunca lo había hecho? ¿Tenía derecho a saber que podía comportarse pésimamente?


—¿Estás segura?


Le examinó el rostro esperando pacientemente la respuesta. Su mirada tenía la intensidad que tanto la había inquietado al conocerlo, pero que ahora incrementaba el deseo que le corría por las venas.


—Creo que va a haber fuegos artificiales en el patio —añadió. Sus ojos brillaban con determinación—. Podemos quedarnos, si quieres verlos.


El baile duraría como mínimo otra hora.


—No quiero esperar —susurró ella—. Y no necesito más fuegos artificiales.


Él rió y se detuvo en medio de la pista. Las otras parejas pasaron a su lado, pero ella solo lo miró a él, cautivada por el deseo que había en sus ojos. Casi a cámara lenta, él le levantó la mano para acercársela a la boca, le abrió los dedos y murmuró algo en un idioma que ella no reconoció. Y le mordió el pulgar. Ella se sobresaltó y el deseo la recorrió de arriba abajo, antes de explotar en su centro.


—Vámonos de una vez. Creo que ya hemos esperado bastante — murmuró él sin apartar la vista de su rostro.


Ella asintió. Los diez minutos siguientes le parecieron una eternidad. No dejaba de darle vueltas a todo lo que podía salir mal esa noche. Él la agarró de la mano para abandonar la pista. Evitó, como durante el resto de la noche, los saludos de políticos, estrellas de cine y del deporte, que ella reconoció, mientras se marchaban del salón y se dirigían hacia las suites. Él la condujo por una oscura escalera. Y ella volvió a sentirse como Cenicienta, pero esa vez se escapaba con el príncipe. 

Te Necesito: Capítulo 46

No había conseguido que él le contara de su vida, de su pasado. Aunque hablara sin problemas de sus hermanas, mantenía un hermético silencio sobre sí mismo. Tampoco le había pedido a ella que le hiciera mas confidencias. Así que, tras varios intentos fallidos, decidió darse por vencida. Para que aquella aventura saliera bien, debía reprimir la curiosidad y vivir el momento. Aprovechar lo que le brindaba el fin de semana y no pensar en lo que le faltaba. Pedro le había regalado París. Y, sobre todo, había hecho que se sintiera especial, deseada por primera vez en su vida. Se subieron al ascensor y él la apoyó sobre la pared del fondo, le levantó la barbilla y le secó las gotas de agua de las mejillas con los pulgares. Ella se estremeció.


—Estás helada —murmuró él—. Y empapada —consultó el reloj—. El baile comienza dentro de veinte minutos. ¿Cuánto tiempo necesitas para prepararte? No importa que lleguemos tarde.


Ella tardó unos segundos en procesar lo que le había dicho y se desinfló como un globo pinchado. «No quiero ir al baile, sino pasar toda la noche solo contigo». La intensidad del deseo era tal que parpadeó mientras se esforzaba en controlarlo. «No seas absurda». Estaban en París para ir juntos al baile. Era uno de los acontecimientos sociales más prestigiosos de Europa. Claro que quería acudir, aunque solo fuera porque suponía una increíble oportunidad de establecer contactos profesionales.


—No mucho —respondió finalmente, aunque sus intentos de controlarse no habían dado resultado.


No había prisa. Tenían toda la noche. De hecho, era mejor no apresurarse. Sus sentimientos ya estaban a punto de aflorar a la superficie. Su deseo de Pedro iba más allá de lo puramente físico. Recorrieron el pasillo y se detuvieron ante la puerta de la suite de ella. 


 
-Me muero de ganas de verte con el vestido- dijo él con voz ronca, mientras la miraba de arriba abajo y a ella le entraban ganas de rogarle que se quedara- Y de quitártelo después- añadió antes de marcharse.



«¡Madre mía! ¿Cómo voy a sobrevivir al mayor acontecimiento social de mi vida imaginándome que Pedro quiere verme desnuda?».



El baile Lumiére  hacía honor a su fama. los salones de baile estaban llenos de gente importante ataviada con vestidos de diseño y caros esmóquines. El atrio de cristal en el centro del histórico edificio se había transformado en un salón de banquetes que estaba a la altura de su dueño original, Luis XV. Los invitados, tras la exquisita cena, pasaron al salón de baile principal, iluminado por varias arañas antiguas. Dos anchas escaleras de balaustrada de piedra descendían desde la terraza del primer piso, donde se hallaban los camareros, vestidos con ropa del siglo XIX, sirviendo copas de champán y delicados canapés para quien todavía tuviera hambre.



lunes, 5 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 45

«Así que ese canalla también la abandonó». Pedro intentó reprimir su violenta reacción ante el descubrimiento. La lealtad de Paula a un hombre que no se la merecía lo alteraba y hacía que quisiera protegerla aún más. «Paula es una mujer dulce e indulgente, lo que la perjudica». Le acarició la mejilla con el pulgar y olvidó el resentimiento que había querido sentir.


—Bueno es saberlo —murmuró, sorprendido por la fe que ella tenía en él.


Carraspeó y bajó la mano.


—¿Qué hacemos ahora?


Ella sonrió.


—¿Dónde quieres llevarme?


«Al hotel». Reprimió el estremecimiento que le produjo la idea. La sinceridad de ella la hacía aún más deseable. Se percató del peligro. No debía tomarse a la ligera la sensación de conexión y la marea de emociones que le provocaba hasta que no supiera cómo enfrentarse a ellas.


—¿Comemos algo? Tengo hambre Conozco un restaurante aquí cerca donde preparan los mejores mejillones de la ciudad.


—Me parece una idea estupenda. Yo también estoy hambrienta, tras haber subido esa escalera.


Él percibió el deseo en su voz, un deseo que igualaba al suyo. Y supo que la comida sería una tortura.


—La Torre Eiffel es mucho más grande de lo que me imaginaba — afirmó Paula mientras Pedro le agarraba la mano helada y cruzaban el vestíbulo del hotel dejando un reguero de agua en el suelo de mármol—. Me habría gustado subir. Seguro que la vista es fantástica —añadió mientras él llamaba al ascensor.


—Lo es —contestó él sonriendo—. Pero ¿Estás loca? Nos habríamos ahogado, si subimos.


Ella rió. No sabía por qué ella lo divertía tanto, pero lo hacía, probablemente por su entusiasmo ante todo lo que habían visto. Se temía que, a pesar de su fortuna y su éxito, y de su familia, Pedro no solía sonreír. Después de salir de la basílica, habían ido al restaurante, situado cerca de la plaza de la Bastilla, donde tomaron mejillones y patatas fritas. Volvieron a montarse en la moto y pasaron por las calles adoquinadas del Marais y el mercado de Les Halles para llegar a la última parada: La Torre Eiffel. Mientras Pedro sobornaba al portero, porque los multimillonarios no hacían cola, comenzó a diluviar. Al cabo de unos minutos, estaban empapados, así que se apresuraron a volver al hotel. Ella iba abrazada a su cintura y notaba su cuerpo fuerte y sólido. El deseo le latía entre los muslos y había ido aumentando con el paso de las horas. ¿Podía haber resultado una tarde mejor?

Te Necesito: Capítulo 44

 —Sí —respondió él en tono duro— Un canalla rico la sedujo cuando tenía diecinueve años. Era virgen y la dejó embarazada. Después dijo que Joaquín no era hijo suyo. Eso la cambió. Pero es tan fuere que se negó a recibir mi ayuda. Ni siquiera quiso decirme quién era el padre.


Ella percibió la furia en su voz. El padre de su sobrino, fuera quien fuera, tuvo suerte de que Sonia no le dijera su nombre a su hermano, porque seguro que no hubiera podido tener más hijos.


—Lo siento mucho. Desde luego, es un canalla.


—En efecto, pero Sonia y Joaquín están mejor sin él. Y ella es una madre excelente —afirmó en tono admirativo—. Joaco no necesita a ese canalla en su vida.


—Sobre todo, porque te tiene a tí —dijo ella recordando que Carolina le había hablado de la buena relación que había entre ambos.


Envidiaba lo que la familia Alfonso tenía, aunque era absurdo envidiar a un niño al que su padre había rechazado. Ella sabía lo que se sentía.


—Sí, me tiene a mí. No consentiré que nadie le haga daño, sobre todo ese hijo de… —la miró y a Paula le pareció que dirigía su furia contra ella.


Apartó la vista y murmuró:


—Lo siento, es un asunto doloroso.


—Lo entiendo.


Y era cierto.


Le puso la mano en el brazo.


—Mi padre no me reconoció.


Tal vez no debería habérselo dicho. Era algo de lo que no hablaba, pero se percató de que había hecho bien, ya que, cuando él volvió a mirarla, la furia había disminuido.


—Me duele que no me quisiera, que no me valorara, que me considerara un error. Mi madre me decía que daba igual, que eso no me hacía ser menos que los demás, pero a mí me parecía que sí. Cuando ella murió, me aterrorizaba la idea de que me buscaran una familia de acogida, el hecho de estar completamente sola. Por eso, cuando mi hermanastro Rafael se puso en contacto conmigo…


Suspiró. Aún recordaba el día en que había corrido hacia aquel desconocido y lo había abrazado estrechamente. Él se puso rígido, pero no la apartó, sino que le dio palmaditas en los hombros torpemente. Intentó hacer las cosas bien, pero no sabía cómo tratar a una niña apenada. Podía haberla abandonado, pero no lo hizo, por lo que siempre le estaría agradecida. La alimentó, la vistió, le pagó las escuelas más caras y la universidad y, lo más importante, la reconoció como su hermanastra. Intentó ayudarla de la única forma que sabía, claramente en contra de lo que le dictaba su instinto; un instinto moldeado por un padre que no había querido reconocerla como hija.


—Fue un cambio. Hace mucho que no hablamos porque Rafael se opuso a mi boda, igual que tú a la de tu hermana.


Respiró hondo. Estaba dispuesta a perdonar a su hermano. Era una persona adulta y había sobrevivido. Era absurdo seguir necesitando su aprobación.


—Pero estuvo a mi lado cuando más lo necesité —sonrió a Pedro—. Un modelo masculino fuerte es lo que necesita un niño. Rafael no estuvo a la altura a la hora de ser padre, pero lo que importa es que lo intentara. Joaquín sabe que lo quieres, así que tienes razón: No necesita a ese hombre, porque te tiene a tí.

Te Necesito: Capítulo 43

En los años posteriores a la muerte de su madre, había deseado que su hermano se ocupara de ella. Se había sentido terriblemente sola en el internado al que la había mandado, aunque creía entender sus motivos. Ahora no estaba tan segura. Aún recordaba las penosas llamadas telefónicas en las que le pedía que la dejara pasar las vacaciones con él, que no la dejara en el colegio, cuando los demás alumnos se marchaban con sus familias, pero él siempre le respondía lo mismo. «No soy tu padre, Paula, ni estoy hecho para serlo. Hazme caso, estás mucho mejor donde estás». ¿Por qué, hasta aquel momento, no se había dado cuenta de que el problema no era ella, sino él? Si Pedro se había ocupado de sus hermanas como un padre, ¿por qué su hermano no había hecho lo mismo, aunque solo fuera en vacaciones?


—Pues, supongo que…


Él la miró como si le adivinara el pensamiento y los sentimientos. Ella intentó ocultarle la pena e incomodidad, la dolorosa sensación de que no era digna de ser querida. Rafael tenía razón en un aspecto: No había sido capaz de ser un verdadero hermano. Era una estúpida por no haberse dado cuenta hasta entonces.


—Me parece que debías de estar muy ocupado. Instalarse en París con dos hermanas adolescentes tenía que ser difícil, sobre todo si ellas no querían trasladarse.


—No te haces una idea.


Soltó una risa ronca, pero tan llena de afecto, que la conmovió. ¿Cómo sería que alguien te quisiera por encima de todo? Incluso su madre había establecido condiciones en su cariño, demostrándoselo únicamente cuando Paula no la estorbaba mientras estaba trabajando en una obra ni se enfadaba cuando se mudaban de nuevo. Se había sentido desarraigada tantas veces que tuvo que aprender a resistir y adaptarse, a establecerse en un nuevo lugar con esperanza y optimismo e intentando ver los aspectos positivos de su nueva residencia. Pero siempre había añorado tener estabilidad, aunque no la de un internado para alumnos ricos, donde todos la despreciaban por su «Acento vulgar», su incapacidad para conjugar un verbo latino correctamente y porque a su hermano, que pagaba los gastos, no le interesaba que pasaran tiempo juntos. 


—Catalina aceptó mucho antes que Sonia —murmuró Pedro—. Aunque a Carito le gusta enredar, no pasa mucho tiempo enfurruñada. Es una persona llena de vida. Sonia, por el contrario, es rebelde por naturaleza, muy inteligente, muy testaruda e independiente. Me trajo mártir por el daño que le iba a hacer al apartarla de sus compañeros. No es una persona fácil de convencer. O al menos no lo era —concluyó en tono casi inaudible.


—¿Sonia es la que tiene un hijo?


Él la miró a los ojos y su expresión de recelo la sobresaltó. ¿Había dicho algo que no debía?

Te Necesito: Capítulo 42

 -Venga, unos escalones más…


—No estoy en forma —Paula sonrió con la esperanza de que él la tomara de la mano para subir los últimos escalones de aquella interminable escalera.


Estiró el cuello para contemplar la hermosa cúpula de la Basílica del Sagrado Corazón, frente a ellos.


—Es enorme.


—Hablas como una verdadera turista, pero aún te falta por ver lo mejor —le puso las manos en los hombros para darle la vuelta.


Ella lanzó una exclamación. París estaba a sus pies: Montmartre, famoso por los artistas de la Belle Époque, la Torre Eiffel y el rascacielos de Montparnasse. El día era tan claro que incluso se divisaban las afueras de la ciudad. Eran lugares sobre los que había leído, que había visto en películas y en televisión, pero que no imaginaba que vería en realidad. Suspiró y él se echó a reír.


—Por fin he conseguido dejarte sin habla.


Ella volvió la cabeza para mirarlo. Ya sabía que era increíblemente guapo, pero verlo tan relajado y con un brillo burlón en los ojos la hizo sonreír. La tarde entera había sido mágica, pero lo que la henchía el corazón no era la serie de sitios que habían visto ni tampoco saber que irían al baile esa noche, sino lo que se estaban divirtiendo y haber descubierto que Pedro conocía muy bien la ciudad y que poseía un travieso sentido del humor. No debía ponerse romántica ni dar mucha importancia a la conexión que se había establecido entre ellos a lo largo de la tarde. Sin embargo, por primera vez, él había bajado la guardia. 


—¿Por qué conoces París tan bien? ¿Vienes a menudo?


Él se limitó a mirarla durante unos segundos, por lo que estuvo segura de que no iba a responderle, como ya había hecho varias veces ese día al hacerle preguntas personales. Pero él apartó la mirada y la fijó en la maravillosa vista. Una expresión pensativa había sustituido la sonrisa. ¿Iba, por fin, a responderle a una pregunta personal? Cuando lo hizo, con voz ronca, ella soltó el aire que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo. ¿Por qué le parecía aquello tan importante?


—Viví aquí un año, después de vender la granja en Galway. Hacía dos años que había fundado Rio Corp e iba muy bien. Pero quería aprender francés para instalar nuestra base europea en París. A mis hermanas no les hizo mucha gracia. Por aquel entonces tenían catorce y dieciséis años, nunca habían salido de Irlanda y aprender francés no las entusiasmaba — rió con afecto.


—¿Te trajiste a tus hermanas? —preguntó ella, conmovida.


Siempre había deseado tener una familia que se mantuviera unida por encima de todo, pero la sorprendió que él no hubiera mandado a sus hermanas a un internado para centrarse en la empresa. Era un joven de veintitrés años con demasiadas responsabilidades. Él se volvió a mirarla enarcando las cejas.


—Por supuesto, ¿Por qué no iba a hacerlo?


«En efecto, ¿Por qué no?».

Te Necesito: Capítulo 41

Primero tenía que llevarla a dar una vuelta por la ciudad, como le había prometido. ¿Por qué no le proponía volver al hotel? Por el beso de la noche anterior, sabía que ella estaba más que dispuesta, pero algo lo detenía. No sabía el qué. Tal vez su forma sorprendente de reaccionar ante su razonable decisión de regalarle el vestido o el modo en que ahora se mordía el labio inferior mirando la moto como si le hubiera pedido que se montara en un dragón.


—Nunca he montado en moto —murmuró mirándolo con ojos asustados.


Él tuvo que reprimir la risa.


—Estarás a salvo. Y es la mejor forma de ver París cuando falta poco para la hora punta.


Él se montó y arrancó. La moto lanzó un rugido que sobresaltó a Paula. Él sonrió sin poder evitarlo. Iba a ser divertido. ¿Y cuándo fue la última vez que se había divertido con una mujer o con quien fuera? Su vida era demasiado cuadriculada, y había algo en Katherine, su entusiasmo, su seriedad y su determinación, que lo impulsaba a enseñarle París a su manera, porque sabía que le gustaría. Sacó un casco de la bolsa del asiento y se lo tendió. Ella lo agarró.


—Póntelo y sube.


—Pero… El peluquero se ha pasado una hora peinándome para el baile.


Era evidente por la expresión de sus ojos, de miedo pero también de emoción, que quería montarse en la moto. Solo necesitaba un empujoncito. Paula llevaba años reprimiendo su espíritu de aventura, al igual que él. Casada a los diecinueve con un hombre que había muerto pocas semanas después, destrozada por la pena y después centrada en que su empresa tuviera éxito, no había tenido tiempo de darse un capricho, como tampoco él, después de convertirse en el tutor de sus hermanas y matarse a trabajar. Aquella tarde, ambos tenían la oportunidad, durante unas horas, de librarse de las cadenas de la responsabilidad. Y no iba a permitirle que se echara atrás. 


—Te pueden volver a peinar —dijo sabiendo que el cabello no era el problema. No le parecía que fuera presumida. 


Si lo fuera, no se habría presentado a la reunión en el castillo de Kildaragh con los vaqueros llenos de barro y habría adivinado el precio del vestido, además de estar más que dispuesta a que pagara él. Le encantaba que fuera tan transparente, que le resultara tan fácil saber lo que pensaba. No había en ella subterfugios ni deseos de ocultar sus sentimientos. No sabía por qué eso le resultaba tan atractivo, pero decidió no analizarlo. Simplemente, era distinta de las mujeres con las que salía. La novedad desaparecería pronto, cuando ambos hubieran satisfecho su mutuo deseo.


Ella se puso el casco con determinación.


—Muy bien, vamos.


Él rió.


—Estupendo. Móntate, Cenicienta. Tu corcel te aguarda.

viernes, 2 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 40

 —No hace falta —dijo él, aun sonriendo y haciendo que ella se sintiera todavía más ridícula. 


Organizaba eventos para gente rica, por lo que sabía cómo vivía. ¿Cómo no se había imaginado que el precio sería mucho más caro de lo que se podía permitir?


—No tenemos tiempo para que busques otro vestido si queremos visitar la ciudad esta tarde. ¿Y para qué vamos a buscar otro, cuando este es precioso? —preguntó volviendo a mirarla de arriba abajo—. Nos lo llevamos. 


Antes de que ella tuviera tiempo de protestar, él le puso las manos en los hombros la hizo dar media vuelta para que se quedara frente a los probadores y le dio una palmada en las nalgas.


—Ve a cambiarte. Hay muchas cosas que quiero enseñarte y solo faltan cuatro horas para el baile.


Ella se dirigió deprisa a los probadores. Tal vez se le ocurriera una forma de pagarlo, pensó mientras la ayudaban a quitarse el vestido, que metieron en una caja mientras ella se vestía. No podía aceptar un regalo de ciento cincuenta mil euros, pero podía devolverlo después de ponérselo esa noche o subastarlo en Internet para devolverle a Pedro parte del dinero. Ya vería lo que hacía. Pero no iba a consentir que una minucia como aquel vestido de precio astronómico se interpusiera en la aventura de aquella tarde. Se moría de ganas de ver París con él y de tener la oportunidad de conocerlo mejor. Ya había decidido acostarse con Pedro esa noche, pero, puesto que iba a ser su primer amante, ¿Por qué no saber algo más de él? Aunque no tuvieran una relación como tal, aquello era una cita de verdad que los llevaría a una situación muy íntima esa noche, por lo que tenía derecho a satisfacer su curiosidad.


—¿Dónde está el coche? —preguntó Paula mordiéndose el labio inferior, lo que a Pedro le provocó la descarga habitual de adrenalina.


Él se montó en la brillante Harley-Davidson que había llevado al hotel en cuanto pospuso el resto de las reuniones del día, después de haberse estado esforzando toda la mañana en concentrarse y sabiendo que no podía estar lejos de Paula ni un minuto más. Aunque podía considerarse una acción indulgente y temeraria, se vio compensado al entrar en la lujosa boutique y ver a la mujer a la que iba a llevar al baile esa noche en todo su esplendor. Estaba asombrosa. Habría pagado un millón de euros por acompañarla esa noche con aquel vestido, y un millón más por quitárselo después. Reprimió con esfuerzo la dirección de sus pensamientos. No era el momento. 


Te Necesito: Capítulo 39

Carla le sonrió con benevolencia.


—El secretario de monsieur Alfonso ha dicho que no debe preocuparse por el precio, ya que el señor pagará…


—Se lo lleva.


Paula se volvió y se le puso la carne de gallina. Pedro se le acercó. Llevaba unos vaqueros negros, un jersey oscuro y una chaqueta de cuero. Era una presencia desafiantemente masculina en aquel entorno.


—Pedro… —murmuró.


Él la miró de arriba abajo y ella se dió cuenta de los sitios en que se le ajustaba el vestido y del exceso de piel que le dejaba al aire.


—Es perfecto para esta noche y te queda muy bien —afirmó él tomándola de la mano y separándole el brazo del cuerpo para contemplarla mejor.


—¿Cómo es que has venido? —preguntó ella, muy contenta de verlo.


Ya hallaría la forma de pagar el vestido, costara lo que costara. Quería que él la mirara así esa noche.


—Las reuniones han acabado pronto, así que he pensado que podía enseñarte París, puesto que es la primera vez que estás aquí.


—¿En serio? Me parece estupendo.


Ese día ya le parecía un cuento de hadas. Fernando le había presentado a Carla, que la acompañó a un lujoso spa, después de desayunar, donde la dejó en manos de un equipo de esteticistas y peluqueros. Después, la llevó en limusina a la boutique, donde se dedicaron a elegir lo que se pondría para el baile, comenzando por los zapatos y la ropa interior y acabando por el vestido. Se volvió hacia la costurera, de la que sabía que no hablaba inglés, y le dijo en su francés macarrónico que se llevaría el vestido. Después se dirigió a Carla:


—¿Me pueden mandar la factura al Hotel de la Lumière?


Carla asintió, pero miró a Pedro. Él habló con ella y con la costurera en un fluido francés. Esta asintió sonriendo y chaqueó los dedos para que sus ayudantes le quitaran a Katie el vestido. Pero antes de que se lo llevaran, Paula se volvió hacia él.


—¿Qué les has dicho?


—Tengo una cuenta aquí. El vestido lo pago yo. 


—No voy a dejar que… —comenzó a decir, sorprendida por la emoción que la embargaba porque se lo hubiera ofrecido.


¿Qué le sucedía? Era una mujer independiente. Pedro no era su novio y a ella no le hacía falta que le comprara ropa.


—Considéralo un gasto de trabajo —contestó él, antes de volver a hablar en francés con la costurera y sus ayudantes.


—Pero no lo es —no sabía lo que costaba, pero tenía que ser carísimo. ¿Cómo iba a justificarlo como gastos de trabajo?


De repente, se le ocurrió algo.


—¿Por qué tienes una cuenta en la tienda de una modista?


Él esbozó una sonrisa burlona y le murmuró al oído:


—¿Tú qué crees? Yo no suelo ponerme vestidos femeninos de diseño.


Ella reprimió una carcajada, pero era evidente el motivo de que tuviera cuenta allí: No era la primera mujer a la que invitaba, ni sería la última.


—Preferiría pagarlo yo.


Él volvió hablar con la costurera.


—Cuesta ciento cincuenta mil euros.


—¿Cómo? —lo miró con la boca abierta, asombrada.


«¡Madre mía! ¿Son esmeraldas de verdad?».


—Pues buscaré algo más barato —consiguió decir. 


¿Ciento cincuenta mil euros un vestido? Era un gasto injustificable. 

Te Necesito: Capítulo 38

Debía tener cuidado. No estaba segura de estar haciendo lo correcto. ¿No era su jefe? ¿Iba a poner en peligro su trabajo al aceptar lo que él le ofrecía ese fin de semana? Esperaba que no. Estaba haciendo un buen trabajo, en el que Pedro parecía menos interesado desde que Carolina se había hecho cargo de la preparación de la boda. Quería creer que lo que sucediera en París se quedaría en París. Era lo que él le había dicho. Y ella sabía que él no tenía relaciones largas. Recordó su enfado al hablar del matrimonio de ella. Tal vez hubiera debido sentirse ofendida, porque sus objeciones no se diferenciaban de las de su hermano. Sin embargo, le dió la impresión de que no hablaban de su pasado, sino del de Pedro. Estaba dispuesto a convencerla de que era una persona implacable e insensible, de que su interés por el pasado de ella era pura curiosidad y arrogancia. Pero a ella le pareció que había algo más, sobre todo cuando le dijo que ya era un hombre a los dieciocho años. Aunque él lo creyera, ella no estaba convencida. «Deja de cavilar sobre este fin de semana, porque ya corres el peligro de perder la cabeza por Pedro». Quería divertirse, ir a su primer baile, averiguar finalmente qué era eso del sexo, lo que él podría enseñarle sin lugar a dudas. Pero debía recordar que aquello sería pasajero, únicamente una maravillosa aventura. Solo era la química espectacular que había entre ambos y un deseo que por fin podría satisfacer.


Respiró hondo y contempló la vista, mientras su cuerpo recordaba otra aún más espectacular: Los ojos azules de Pedro fijos en su rostro antes de besarla. «Te mereces esta oportunidad, estos dos días de verdadera vida». Esbozó una sonrisa, lo cual hizo que le aumentara el escozor del feroz beso de él. «¡Cenicienta, muérete de envidia! Paula Chaves va a ir al baile». 



-El color le sienta de maravilla. El cuerpo adornado con piedras preciosas resalta el color esmeralda de sus ojos, mademoiselle —afirmó Carla Dupre, la estilista, mientras Paula se miraba al espejo en la boutique de lujo de Madame Laurent. Acarició las piedras del vestido y luego recorrió el escote con los dedos.


Se sonrojó levemente. Movió las caderas y vio que el vestido se deslizaba sobre las sandalias también enjoyadas que Carla había insistido en que se pusiera con el vestido. Paula suspiró temblorosa. Quería aquel vestido porque la hacía sentirse segura y especial.


—¿Cuánto cuesta?


El diseño era exquisito, el satén cuajado de esmeraldas se le ajustaba al cuerpo convirtiéndolo en una obra de arte. Se sentía como si fuera una princesa. Sin embargo, la estilista que Pedro había contratado y el resto del personal de la boutique de Madame Laurent se habían mostrado muy reservados sobre el precio de los vestidos que se había probado. Ella dirigía una boyante empresa, no era pobre. No obstante, no le parecía adecuado pagar una fortuna por un vestido que probablemente solo se pondría una vez.

Te Necesito: Capítulo 37

Paula cerró la puerta, expulsó el aire que había estado reteniendo y deslizó la espalda por la puerta y se sentó en el suelo, ya que las piernas no la sostenían. Las luces de la ciudad brillaban al otro lado de las enormes ventanas, que daban a una terraza de piedra. La luna iluminaba los muebles antiguos, las lujosas telas y las obras de arte de la estancia. La vista de París desde la suite era casi tan impresionante como el beso de Pedro. Casi. Se llevó un tembloroso dedo a la barbilla, que le escocía por el roce de la barba de un día de Pedro. Después se pasó el dedo por los labios, que aún le ardían por la ferocidad del beso. «¿Casi?». ¿A quién quería engañar? La vista de París, una ciudad que deseaba visitar desde hacía años, no era ni la mitad de espectacular que el beso de él. La había devorado como si no pudiera saciarse de ella: Sus labios hambrientos la buscaban y exigían su rendición. Y habían encendido en el interior de ella un fuego que no sabía que estuviera allí. Cruzó las piernas e intentó respirar regularmente. Debería levantarse, encender la luz, recorrer la suite, que probablemente sería tan magnífica como todo lo concerniente a aquel viaje, y salir a la terraza a contemplar la vista. Pero era incapaz de moverse. El cuerpo se le había derretido como si fuera de mantequilla. ¿Qué había sucedido? Estaba hablando de Leandro y, de repente… Suspiró sintiéndose culpable.


—Lo siento, Leandro —susurró, pero su rostro le pareció borroso.


Leandro no la había hecho sentir como Pedro. Era un niño que no había sabido convertirse en adulto. Era su mejor amigo, pero ¿Había sido de verdad su esposo? El sentimiento de culpa aumentó, pero no por haber reaccionado tan deprisa al beso de Pedro, sino porque ya no recordaba qué sentía al besar a Leandro. Lo quiso mucho, aunque comenzaba a preguntarse si realmente había sido así, si lo había querido como a un adulto. Su vida en común le parecía un sueño corto, trágico y lejano, en el que no había habido conflictos ni desacuerdos, pero tampoco sustancia ni emoción. ¿Por qué se habían casado? ¿Porqué él la necesitaba o porque ella lo necesitaba? Apartó de la mente aquel pensamiento. Su vida con Leando se había acabado, pero de una cosa estaba segura: no la había preparado para besar a un hombre como Pedro Alfonso. Tardó un poco más en recuperarse, ya que no dejaba de revivir el beso, pero al cabo de cinco minutos se levantó. Aún temblaba al dirigirse a la terraza. Abrió las puertas correderas y se halló en una elegante terraza de piedra con hamacas y adornos florales. La vista la dejo sin aliento. A lo lejos se veía la Torre Eiffel y, más cerca, el Grand Palais iluminado. París era una ciudad bellísima. Y ella estaba allí por primera vez, con un hombre que le cortaba la respiración, en sentido literal. Y él la deseaba con la misma urgencia que ella a él.

Te Necesito: Capítulo 36

 —No me dedico a presionar a las mujeres. Si quieres volver a Londres, ahora que sabes que esta cita no es falsa, te organizo la vuelta.


No se consideraba un hombre particularmente galante, pero la reacción de ella ante el beso, tan fresca y entusiasta, lo había sorprendido. Ella negó con la cabeza.


—No quiero volver a casa.


—Muy bien —hizo una seña al aparcacoches y se obligó a bajarse del coche, para no obtener demasiado pronto lo que deseaba.


—Bonsoir, mademoiselle —dijo el joven cuando Paula abrió la puerta del vehículo.


Pedro era consciente de que seguía teniendo una enorme erección. El aire frío de la noche contribuyó a disminuirla. Dos porteros agarraron el equipaje y el joven se montó en el vehículo para estacionarlo. Condujo a Paula al vestíbulo del hotel. Al ponerle la mano al final de la espalda notó que ella se estremecía. Y tuvo que hacer un esfuerzo para no seguir bajando la mano hasta las nalgas. Se registraron y subieron al último piso. Él la llevó a la suite sin volver a tocarla. Ella no soltó exclamaciones de asombro ni hizo comentario alguno sobre lo que veía. Se quedó callada mirándolo todo. Se detuvieron ante la puerta de la habitación de ella.


—Debería haberme afeitado. Tienes la piel muy sensible —dijo él, por decir algo. 


Era lo más parecido a una disculpa de lo que era capaz, por haberla besado como un loco. Ella asintió mirándolo a los ojos.


—Fernando me ha dicho que tal vez necesites a una estilista —añadió él, que de repente no quería separarse de ella—. Para que elijas algo para ponerte en el baile. Se figura que no tendrás nada adecuado.


Pedro podría haber encargado a una de sus secretarias que se hiciera cargo de ello a la mañana siguiente, que era lo que había pensado cuando Fernando se lo dijo. Pero al ver que se sonrojaba, se alegró de no haberlo hecho.


—Me vendría muy bien. Tengo que comprarme ropa, pero no sé dónde ir en París.


«No voy a consentir que te compres un vestido», pensó él. La moda femenina no era su punto fuerte, pero creía que un vestido adecuado se saldría del presupuesto de ella, y no quería sentirse culpable también de eso.


—Fernando se encargará.


¿Qué más podía decirle? El beso había sido fantástico, mucho mejor de lo que se esperaba, pero debía controlar su deseo antes de volver a verla.


—Mañana estaré ocupado. Tengo varias reuniones, así que te recogeré a las ocho para ir al baile.


—Muy bien.


Antes de irse, depositó un casto beso en su frente.


—Que te diviertas mañana.


Dicho lo cual, dió media vuelta y se fue. Antes de las ocho de la tarde del día siguiente, debería haber controlado su deseo porque, si no, no llegarían al baile.