viernes, 30 de enero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 10

Se habían escrito libros y hecho películas sobre personas como Paula Fernández. A Pedro no le importaba que le hubiera lanzado su red. Al contrario. Sentía la anticipación por ver hasta dónde estaría dispuesta a llegar. Hacía mucho tiempo que no experimentaba una excitación así. Su vida no era ni mucho menos aburrida, pero Pedro y Ezequiel habían alcanzado tal éxito con su negocio que ya no les quedaba ningún desafío, nada por lo que luchar. La madre naturaleza lo había bendecido con un aspecto que la mayoría de las mujeres encontraban atractivo, pero desde que su saldo bancario había saltado a la estratosfera, ellas también habían dejado de ser un reto. A veces iba a una fiesta y tenía tantos ojos femeninos seduciéndolo abiertamente que se sentía como un niño en una tienda de chuches. Podía elegir. Y eso hacía. Como los coches que conducía, las mujeres le gustaban rápidas, elegantes y, preferiblemente, altas y rubias. También prefería que tuvieran dinero. Como no salía con ninguna mujer el tiempo suficiente para saber si era de fiar o no, reducía sus posibles citas a aquellas que sabía que no necesitaban vender historias sobre él.


—Así que… —rompió el silencio con una seductora mirada—. ¿Vienes aquí a menudo?


¿Podría haber una frase más cursi para entrarle a alguien? Paula puso mentalmente los ojos en blanco. Pedro estaba tan seguro de sí mismo, era tan consciente del poder de su sexualidad y del efecto que tenía sobre las mujeres, que no se molestaba en usar el ingenio. Y tenía ingenio. Mucho. Ella lo sabía. Había investigado a ese hombre durante años, aprendiendo hasta el más mínimo detalle sobre él. Por supuesto, Amelia había llegado a conocerlo bastante bien en el ámbito profesional, admitiendo a regañadientes que tenía tan buen humor como aparecía en las entrevistas. Pero pobre del que se cruzara en su camino. Las hermanas Chaves ya lo sabían. Lo habían vivido. Esa sexualidad desenfrenada no tenía ningún efecto sobre ella. El atractivo rostro de Pedro, la mandíbula cuadrada y los labios, considerados por muchas como deseables, le resultaban repulsivos. ¿Cuántas horas había pasado con el estómago revuelto mirando en el portátil esos ojos azul claro? Demasiadas. No había un milímetro de su cara que no conociera, desde la ligera hendidura en su nariz rota, algún día sabría quién se la había roto y le felicitaría, hasta esa ceja izquierda ligeramente más alta que la derecha. Sabía que el vello oscuro que asomaba por su camisa negra desabrochada cubría unos pectorales definidos y descendía sobre un vientre plano. Sabía que pasaba del metro noventa, que se cortaba el espeso cabello oscuro cada quince días. Que al final de su estancia en el Caribe, su mandíbula cuadrada estaría cubierta de una poblada barba negra que se afeitaría antes de volver al mundo de los negocios. Sabía que, si pensara en él fríamente, lo vería como un chute de testosterona andante y que su musculoso cuerpo contenía una potente sexualidad que haría que a cualquier otra mujer le flaquearan las rodillas.


Venganza Y Seducción: Capítulo 9

Empezaba el juego. Paula se esforzaba por no entrar en pánico. Tenía que atraer a Pedro a «Su», yate al día siguiente. Eso no sería un problema, pero sí lo sería interpretar el papel de propietaria de un super yate que nunca había pisado. Habría matado a David por meter la pata. Había sido muy específica con sus requisitos. Seis meses como su ayudante no remunerado le daba derecho a ser específica. Un maltrecho barco pesquero habría sido mejor que ese palacio flotante. David le había asegurado que la tripulación aseguraría a cualquiera que ella era la dueña. Sabiendo que Delfina se preocuparía, hizo una foto del opulento dormitorio y se la envió. No le habló de la metedura de pata de David, bastaría con una bonita foto que no desvelara nada. Delfina necesitaba centrarse en la tarea de sacar adelante su proyecto de Alfonso Industries. La empresa recomendada no tenía nada que ver con el informe de Delfina. Sería un desastre absoluto para Alfonso Industries, su hundimiento. Su destrucción. Perfecto. La única manera de derrotar a los primos Alfonso era separándolos. Juntos eran sólidos como una roca, complementándose para que nada se les escapara. Sería imposible que Delfina tuviera éxito si ambos debían aprobar el proyecto, y su recomendación. Uno de los primos podría pasar algo por alto, pero el otro siempre lo vería.


«Divide y vencerás». Era la única manera de ganar para las hermanas Chaves, y con esa idea en mente, Paula se calzó unas sandalias de cuña imposiblemente altas y comprobó su aspecto por última vez. Como Pedro creía que llevaba ya diez días en el Caribe, había sido necesario el uso de autobronceador. Satisfecha de tener el mejor aspecto posible por el dinero que había pagado, salió del palacio flotante para encontrarse con su apuesto némesis.


La vió llegar, caminando con elegancia hacia el restaurante junto a la playa, el pelo rubio ondeando suavemente en la brisa, grandes gafas de diseño cubriendo gran parte de su bello rostro, un cuerpo esbelto luciendo un vestido camisero verde pálido que rozaba sus muslos dorados y se complementaba con un collar de brillantes cuentas de colores. Se levantó de la silla para saludarla. Ella se acercó sonriente y apoyó una mano en su hombro para besarse. Una nube de su exótico perfume lo envolvió. Pedro lo aspiró con la misma avidez con la que saboreó el roce de los labios contra su piel.


—Aquí estamos —dijo ella alegremente mientras se sentaba frente a él y se subía las gafas.


Pedro sonrió. El vestido estaba lo bastante desabrochado como para poder ver un sujetador de encaje negro, sin duda una táctica deliberada que él aprobaba con entusiasmo. Si era una muestra de las tácticas de Paula Fernández para sacarle dinero, entonces le esperaba un viaje increíble.


—Espero que no te importe, pero me he tomado la libertad de pedirte un mojito.


—Tienes una memoria impresionante —los ojos azules brillaron—, y no me importa en absoluto.


Durante largo rato solo se miraron, ambos fingiendo incredulidad por estar sentados uno frente al otro en un restaurante situado a miles de kilómetros y numerosas zonas horarias de donde se habían conocido.

Venganza Y Seducción: Capítulo 8

Envió un mensaje. "Acabo de aterrizar. Deseando verte. P x" ¿Cómo sabía que era una estafadora? Su infalible instinto. La única vez que lo había ignorado, las consecuencias habían sido desastrosas. Las pruebas también eran bastante convincentes. Una hermosa mujer entrando en un club famoso por ser el refugio de los ricos y poderosos, en busca de un hombre al que atrapar. Había interpretado su papel maravillosamente. Esa mirada de «Ven a la cama». La sonrisa seductora. Su entusiasmo por la soltería. No había hablado de ninguna aventura sin ataduras por la que cualquier hombre salivaría, pero sí había establecido de forma inteligente y sutil que era rica, mencionando su yate. Se había puesto a su altura financiera para disipar cualquier duda que pudiera tener la víctima. Había estado magnífica. Si Rodrigo no la hubiera visto subir a un taxi, Pedro no habría dudado de ella en absoluto. Había pedido a un estrecho colaborador de Barbados que preguntara en todos los puertos deportivos de Bridgetown por una bella rubia llamada Paula que tenía amarrado su yate allí. Nadie había oído hablar de esa mujer… Pero había conseguido una deliciosa pista. El escurridizo David Reynolds, estaba pidiendo prestado un modesto yate de no menos de doce metros. Lo mejor de todo era que el codicioso David vivía en su propio yate, por lo que no lo necesitaría para él. Y, casualmente, lo necesitaba para el día en que volaba al Caribe.


Pedro pidió a su socio que hablara con David Reynolds. Tras entregarle una cantidad considerable de dinero, averiguó que el yate era para el uso exclusivo de una mujer llamada Paula Fernández. Podría ser una coincidencia. Pero él no creía en las coincidencias. Solo había una forma de averiguarlo, y era ofrecer su nuevo yate, el Palazzo delle Feste, a la misteriosa Paula Fernández. Su instinto había acertado. La bella Paula era, en efecto, Paula Fernández. Una estafadora. Su teléfono vibró. La estafadora había respondido. "¡Qué coincidencia! ¡Acabo de atracar! ¿Te apetece quedar en Freddo’s más tarde? x" Habían intercambiado docenas de mensajes y numerosas llamadas desde su artificioso encuentro. Había sido muy divertido seguirle la corriente, haciéndole preguntas sobre lo que estaba tramando, preguntándose qué mentira descabellada se le ocurriría a continuación. «He pasado el día haciendo submarinismo», o «He pasado el día con unos amigos en Santa Lucía. ¿Lo conoces? ¡Es para morirse!». Pero eran las llamadas telefónicas las que más le gustaban. Se la imaginaba agobiada por las mentiras que él le obligaba a fabricar. No dejaba de captar toques de auténtico humor en su bella voz, que aumentaban la anticipación. ¿Un lío con una bella buscavidas con sentido del humor? ¿Qué hombre podría resistirse? Respondió rápidamente. "No me lo perdería por nada del mundo. ¿A las 17:00? P x" Su respuesta llegó instantes después. "Perfecto. x"

Venganza Y Seducción: Capítulo 7

El Palazzo delle Feste brillaba bajo el deslumbrante sol caribeño.


—¿Cómo demonios has conseguido esto para mí? —preguntó Paula, incrédula, a David.


—Llámame mago —él agitó una mano.


—¿Mago? —ella volvió a mirar el enorme barco atracado ante ella—. David, esto es mucho más de lo que pedí —el acuerdo había sido seis meses de trabajo gratis a cambio del uso de un elegante y moderno yate de al menos doce metros, algo que una mujer joven, económicamente independiente, o poseedora de un fideicomiso poseería—. Es demasiado — sacudió la cabeza.


Era demasiado llamativo. ¿Cómo iba a pasar desapercibida si las cosas se torcían y tenía que escapar? Además, algo de ese tamaño daría la impresión de que estaba en la liga de los multimillonarios. Sabía cómo fingir ser rica, a fin de cuentas lo había sido, pero eso era otra cosa.


—Necesito algo mucho más pequeño.


—Lo siento, cariño, pero no puede ser. Estamos en plena temporada de verano. Todo está reservado o los dueños lo quieren para ellos.


—Pero esto no es lo que acordamos.


—Cariño, te he conseguido uno de los mejores superyates del Caribe, ¿Y te quejas? ¡Es una obra maestra! Tiene helipuerto, dos piscinas, biblioteca, sala de ocio, sala de juegos, sala de cine, casino, salón de belleza, spa y un tobogán hinchable por el que puedes deslizarte directamente al mar. Y, además, una lancha motora, motos acuáticas y un montón de artilugios para tu disfrute.


Era una embarcación equipada y dedicada a la diversión de su propietario.


—¿Sabe el dueño que lo vas a prestar gratis durante quince días? — alquilar algo así costaría alrededor de cien mil dólares. Por semana. En libras inglesas.


—No me hagas preguntas y no te mentiré.


Ella lo fulminó con una mirada que, en lugar de hacerle temblar, le hizo reír y abrazarla.


—Oh, Paula. ¿Por qué estás tan seria? Estás en el Caribe. Tienes un super yate con una tripulación de veinte personas a tu disposición. Disfrútalo, querida. Todo está incluido. Si estás fondeada en el mar y quieres un Methuselah de Moët o cien rosas blancas, pídelo y te lo llevaremos.


—¿De verdad no tienes nada más pequeño?


—¿Sabes cuál es la definición de estupidez? Hacer la misma pregunta una y otra vez esperando una respuesta diferente.



Desde el otro lado del puerto, en el balcón de su habitación de hotel, Pedro observó a través de sus prismáticos el intercambio entre Paula y el agente. Su bella buscavidas no parecía contenta. No necesitaba leer los labios para saber que estaba protestando. Sonrió cuando por fin pareció darse por vencida. Un segundo después, subieron las escaleras del Palazzo delle Feste. El capitán los recibió. Ella le estrechó la mano y siguió a los dos hombres hasta el interior. «Bien jugado, David», pensó. Nada en el comportamiento del agente sugería que algo iba mal. La oferta de un cuarto de millón más si la estafadora aceptaba el yate era una tentación demasiado grande como para intentar meter la pata. Ese dinero se sumaba a los cien mil que él ya le había pagado. La información tenía un precio, y estaba dispuesto a pagarlo.

Venganza Y Seducción: Capítulo 6

Paula se había tomado seis meses sabáticos de su trabajo como auxiliar de enfermería para trabajar para David hacía dos años. Seis meses de trabajo gratuito a razón de unas cien horas semanales, y todo por ese momento. Si no hubiera sido la mejor amiga de la hermana pequeña de David, la habría hecho trabajar un año entero. El taxi se detuvo frente al destartalado bloque de pisos que Amelia y ella llamaban hogar. Volvió a meter los hinchados pies en los zapatos y subió lo mejor que pudo las escaleras hasta su casa. El ascensor, como de costumbre, estaba roto. Rememoró con claridad el día que había comprobado que los monstruos existían. Era domingo. Su madre había cocinado un tradicional asado inglés. Había preparado las verduras, Delfina la masa para el pudin de Yorkshire y la salsa de queso. Durante la comida, sus padres se habían planteado si sacar a las niñas del colegio una semana antes para poder disfrutar de su casa toscana un poco más. No sabían que, en cuestión de semanas, las niñas saldrían de esa escuela definitivamente porque el dinero para la matrícula desaparecería. Cuando sonó el timbre, ninguno sospechó lo que estaba a punto de ocurrir. Diana, su ama de llaves, tenía el día libre, así que la madre de las niñas, una hermosa mujer de gran presencia, había abierto la puerta. Regresó enseguida, la ansiedad reflejada en el rostro, y susurró a su padre, que se excusó. Acababa de llevarse a la boca una patata asada cuando unas voces llegaron desde el estudio de su padre. Sin mediar palabra, las hermanas Chaves y su madre se levantaron de la mesa. Unas voces masculinas, de fuerte acento, pero con una pronunciación precisa, permitió que las tres oyeran cada insulto, cada desprecio.


—Estás acabado, viejo. Cuanto antes lo aceptes, mejor para tí.


—Lo que era tuyo ahora es nuestro, patético fracasado. Acéptalo.


—Todo es nuestro.


—Despídete de tu empresa… Y saluda a Lucifer. Te ha estado esperando.


Paula y Delfina se abrazaron con fuerza cuando la puerta se abrió y dos hombres altos y morenos, impecablemente trajeados, salieron del estudio con la expresión de un par de mafiosos. No vieron a la mujer y a las hijas del hombre al que acababan de despedazar. Pero ellas sí los vieron. El tiempo se congeló. Cuando su padre salió por fin del estudio, había envejecido dos décadas. A la mañana siguiente, las asustadas adolescentes se despertaron de un sueño agitado y descubrieron que el cabello oscuro de su padre se había vuelto blanco. Un año después estaba muerto. Diez años después, su madre no era más que el envoltorio vacío de la mujer que había sido, angustiada y dependiente de estimulantes para levantarse de la cama cada mañana. Ellas nunca habían estado muy unidas. Antes se habrían sacado los ojos que hacerse un cumplido. Ese día, sin embargo, las había unido como los primos Alfonso jamás se habrían imaginado si se hubieran molestado en pensar en dos inocentes niñas atrapadas en el daño colateral de sus abominables acciones. Lo que las había unido era su propósito de venganza. Y por primera vez en una década, era capaz de imaginarse el sabor de esa venganza.

miércoles, 28 de enero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 5

Sin embargo, Ezequiel vivía y respiraba Alfonso Industries. Rara vez se tomaba tiempo libre. Nunca salía con nadie. Pedro lo llamaba El Monje. Pero comprendía que necesitara desahogarse de vez en cuando y recargar las pilas, por lo que nunca se quejaba de las dos semanas que pasaba en el Caribe cada verano. Esa quincena era sagrada, marcada en la agenda de cada uno de los cien mil empleados de Alfonso Industries. La empresa tendría que estar ardiendo para que Ezequiel lo molestara, o permitiera que otro lo hiciera.


—¿Rubia de largas piernas, y un diminuto vestido plateado? — preguntó Rodrigo.


—Esa misma —convino Iván.


—Tío… —Rodrigo sacudió la cabeza—. Casi me lanzo al taxi que paró para poder pelearnos por él.


—Un poco raro —señaló Pedro.


—¿Cómo si no conseguiría que una mujer así me mire sin enseñarle mi cuenta bancaria? —se defendió Rodrigo—. A tí te da igual. No tienes más que mirarlas para que ellas quieran…


—¿Has dicho que paró un taxi? —interrumpió Pedro.


—Sí.


—¿No había un coche esperándola?


—No. Paró un taxi negro. ¿Por qué?


—Por nada —Pedro se encogió de hombros.


Paula le había dicho que el chófer de su amiga iba a recogerla. ¿Por qué mentir? Se bebió el bourbon y sonrió. Lo único que le gustaba más que una mujer sexualmente segura era un enigma sexualmente seguro que rogaba ser resuelto. Su viaje anual al Caribe prometía ser divertido.




—¿David? Paula Chaves—saludó Paula tras marcar el número.


—¡Paula! —exclamó el hombre—. ¿Qué puedo hacer por tí, cariño?


—Llegó la hora.


—¿Hora de qué?


—Ya lo sabes. Del yate.


—¿Para cuándo lo necesitas? —preguntó él tras una larga pausa.


—El próximo viernes.


—¿Tan pronto?


—Te advertí que cuando llegara el momento, tendría que ser rápido.


—¿Para dos semanas?


—Sí.


—¿Con tripulación?


—Sí —ella se pellizcó el puente de la nariz—. Y un mínimo de doce metros, como acordamos cuando pasé seis meses trabajando gratis para tí.


David era el conseguidor de los ricos. ¿Un jet privado para el fin de semana? David era el hombre. ¿Una fiesta repentina en una isla desconocida con un catering exquisito y diversión hedonista? Llame a David. ¿Le apetece fletar un super yate con tripulación completa? Exactamente… David.

Venganza Y Seducción: Capítulo 4

Pidió otro bourbon y regresó con sus amigos, sopesando echar a perder la partida para poder ir a Amber’s antes de que Cenicienta se convirtiera en calabaza. Un instante después, llegó un mensaje a su teléfono. "La pelota está en tu tejado. Espero encontrarte pronto para divertirnos en el Caribe. Paula x". Rápidamente le contestó. "Lo estoy deseando. Estaré en contacto. P x".


Paula paró el primer taxi que pasó.


—Nelson Street, Brockley —le dijo al conductor.


Hasta que no dejó de ver el club, no pudo respirar con normalidad. Lo había conseguido. Mientras se quitaba los horribles zapatos que le aprisionaban los pies, envió un rápido mensaje a su hermana. "¡Funcionó! Enganche, línea y plomada. De camino a casa. xx" Después, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Se sentía mareada, excitada, inquieta. Las emociones revoloteando en su estómago casi vacío. Cuanto más se acercaba el momento de llevar a cabo sus planes, más se inquietaba. Cuando Delfina había empezado a trabajar en Alfonso Industries, se había comprometido a encontrar pruebas de corrupción contra los primos. Ambas necesitaban saber que lo que estaban haciendo no era solo venganza, sino algo bueno, que estaban salvando a otras víctimas del destino que había sufrido su familia. Y, por fin, hacía tres días Delfina había encontrado las pruebas. Los mojitos se le subieron a la garganta. Paula cerró los ojos, deseando que se le pasaran las náuseas. Deseando aún más borrar la imagen de Pedro Alfonso mirándola como si estuviera dispuesto a comérsela entera. Y aún más olvidar la excitación que eso le había producido.


—Tío, acabo de ver salir de aquí a la mujer más sexy —anunció Rodrigo Weller entusiasmado mientras se sentaba frente a Gianni.


—Debe ser la misma con la que se acaba de liar Pedro —respondió Iván con una sonrisa cómplice.


—No nos hemos liado —aclaró Pedro.


—Le diste tu número.


Pedro sonrió. Aunque siempre dispuesto a salir con chicas, nunca hablaba de ello. Tampoco había nada que contar, solo una breve conversación con mucho coqueteo… Y la posibilidad de algo más. Durante cincuenta semanas al año, se mataba a trabajar. También salía de fiesta, pero el trabajo era lo primero. Lo mismo le pasaba a Ezequiel, su primo y socio. Criados como hermanos, los primos Alfonso tenían doce años cuando decidieron labrarse su propio camino en la vida, un camino que les alejara de sus monstruosos padres, y se habían dejado la piel, y superado enormes contratiempos, para convertir su empresa inmobiliaria en una empresa multimillonaria de renombre internacional.

Venganza Y Seducción: Capítulo 3

 —Por la diversión —ella chocó su copa con la de él, los ojos azules fijos en los suyos.


Luego pellizcó la pajita entre el pulgar y el índice y la introdujo lentamente entre los labios. El escalofrío que corría por las venas de Pedro se disparó. Sonó el teléfono de Paula.


—Perdona —ella leyó el mensaje. Contestó rápidamente y sonrió con tristeza—. Tengo que irme.


—¿Ya?


—Un cumpleaños. Sofía iba a reunirse aquí conmigo, pero se le ha hecho tarde y ha ido directamente a Amber’s. Ha enviado su coche a recogerme. Llegará en unos minutos —Paula lo miró provocativamente—. Seguro que no le importará que nos acompañes.


Pedro conocía Amber’s, un pequeño club nocturno con una clientela formada casi exclusivamente por británicos de la alta sociedad.


—Noche de póquer —él señaló a los tres hombres sentados a su mesa—, pero podría reunirme con ustedes más tarde… Si quieres.


—Sí, quiero —ella terminó su mojito y sacó seductoramente la pajita de la boca—, pero tengo que acostarme pronto, a medianoche como muy tarde, o me convertiré en calabaza.


Pedro apoyó los dedos en la mano de manicura esmerada que cada vez se acercaba más, y clavó su mirada en la de ella. Nada le gustaba más que una mujer sexy que supiera exactamente lo que quería y no tuviera miedo de demostrarlo, y esa mujer lo tenía todo. Sexy. Guapa. Rubia. De largas piernas. Y dejaba claro que lo deseaba. La perfecta calientacamas temporal.


—A mí también me vendría bien acostarme pronto.


—Por tentadora que resulte tu oferta implícita —sus ojos brillaron—, debo rechazarla. Vuelo a Barbados por la mañana y necesito mi sueño reparador.


—¿Barbados?


—Tengo mi yate en un puerto deportivo de Bridgetown —ella asintió y se levantó—. Paso un par de meses navegando cada verano.


—Qué coincidencia… Vuelo al Caribe en un par de semanas.


—¿En serio? —ella abrió los ojos, sorprendida.


—Podemos quedar —Pedro asintió—. Si quieres…


—Me gustaría mucho —le susurró Paula al oído—. Dame tu número —añadió con una amplia sonrisa.


Él se lo dictó y ella lo grabó en su móvil.


—Mi carruaje está aquí.


—Entonces será mejor que te vayas antes de que te conviertas en una calabaza.


—Encantada de conocerte, Pedro —ella rió suavemente con los ojos brillantes.


Le lanzó un beso y se alejó con sus fabulosos tacones de aguja y la misma confianza sexy con la que había entrado en el bar, balanceando las caderas. Pedro sacudió la cabeza e intentó reprimir una carcajada ante lo que acababa de suceder.

Venganza Y Seducción: Capítulo 2

Él se sentó y llamó al camarero.


—¿Una copa? —preguntó.


—Claro.


—Bourbon doble para mí, y… —Pedro enarcó una ceja.


—Mojito, por favor —unos hoyuelos aparecieron en el bello rostro.


—Mojito para la dama.


Mientras el camarero preparaba las bebidas, Pedro la observó con ojo experto. Cabello rubio miel brillante hasta los hombros, algo más claro que sus cejas perfectamente depiladas. Hermosas facciones de duende. Un vestido corto de lentejuelas plateadas y tirantes finos que no salía de ninguna tienda. En su delgada muñeca llevaba un reloj de una marca que tampoco se vendía en la calle. Los pendientes de diamantes demostraban que era una mujer exigente con acceso a una holgada cuenta bancaria. Se preguntó cómo no se habían encontrado antes.


—Pedro —le tendió la mano.


—Paula —unos finos dedos la estrecharon. Su perfume caro y exótico llenó el espacio.


—Nunca te había visto antes por aquí… Paula —ese nombre no encajaba con la mujer elegante y segura de sí misma, de voz melodiosa, que hablaba un impecable inglés.


—Es mi primera vez —ella retiró delicadamente la mano y mostró unos bonitos dientes blancos.


—¿En serio? —Pedro sonrió.


Ella enarcó una de sus perfectas cejas y, sin apartar sus encantadores ojos azules de él, cerró los labios sobre la pajita. El erotismo que desprendía provocó un escalofrío en Pedro.


—¿Esperas a alguien? —él apoyó un codo en la barra.


—A mi amiga. Hemos quedado aquí, pero llega tarde.


—¿Amiga?


—Una amiga, sí —ella lo miró divertida—. ¿Qué creías que quería decir?


—Creo que lo sabes —Pedro sonrió lentamente—. ¿Tienes pareja? —preguntó, yendo al grano.


—La vida es demasiado corta para tener pareja —ella sacudió lentamente la cabeza.


—No podría estar más de acuerdo.


—¿Tú también estás soltero?


—Eternamente.


—Pues brindo por eso —ella apoyó un codo en la barra—. Y bien… Pedro —se acercó un poco más—. ¿Italiano?


—Sí.


—¿Un semental italiano? —Issy sonrió, aludiendo al apodo de Rocky Balboa.


—Eso me han dicho —cómo le gustaban las mujeres que sabían manejar el doble sentido.


—Apuesto a que sí —ella lo miró descaradamente de arriba abajo.


—Por la soltería —Pedro levantó su copa.

Venganza Y Seducción: Capítulo 1

Paula Chaves se encontró con la mirada de su hermana. Todo lo que habían sembrado desde hacía una década estaba a punto de dar sus frutos. No esperaba sentir esa presión en un vientre que se esforzaba por mantener plano y tonificado. A Pedro Alfonso le gustaba un tipo concreto de mujer. Y no eran morenas bajitas con tendencia a engordar.


—Estamos haciendo lo correcto, ¿Verdad? —susurró.


—Si quieres echarte atrás… —Delfina asintió.


—No —interrumpió ella—. Son solo nervios, supongo.


Delfina esbozó una sonrisa. Si alguien entendía de nervios era ella. Las ojeras eran testimonio de la falta de sueño de ambas desde que, hacía cinco semanas había llegado el momento de poner en marcha el plan que habían estado perfeccionando durante años. Había trabajado dos años en territorio enemigo, cada minuto de su vida laboral viviendo con miedo a ser descubierta. Como las hermanas Chaves sabían por experiencia, los primos Alfonso eran hombres sin conciencia. Sin humanidad. Las habían arruinado, y ya era hora de vengarse, haciéndoles probar lo que se sentía cuando te destruían la vida, aunque era imposible reproducir la magnitud del daño que los italianos habían causado a su familia. Mientras Delfina se arriesgaba a diario en el trabajo, Paula la había apoyado inmersa en el mundo online. Pero había llegado el momento de dar la cara y desempeñar su papel en el mundo real. Paula se irguió todo lo que le permitió su metro cincuenta y cinco.


—Acuérdate de no descalzarte delante de él —Delfina sonrió—. No querrás que se entere de que eres una enana.


Paula soltó una carcajada, y abrazó a su hermana mayor con fuerza.


—¿Me avisarás en cuanto aterrices? —preguntó Delfina.


—Te lo prometo.


—¿Llevas en la maleta el repelente de encantos?


—Sabes que no lo necesito —Paula resopló.


—Prométeme que tendrás cuidado. No corras riesgos inútiles.


—No lo haré. Ten cuidado tú también.


—Siempre lo tengo —una sombra cubrió el rostro de su hermana.


El teléfono de Paula sonó. El taxi había llegado. Tras un último abrazo y un beso a su hermana, llegó la hora de partir. De volar al Caribe y poner en práctica el plan que habían ideado durante diez años.



Diez días antes


Pedro Alfonso sabía cuándo una mujer estaba interesada en él, y la hermosa rubia de fabulosas piernas, sentada en la barra del exclusivo club estaba definitivamente interesada. Había entrado con una gracia felina y, al pasar junto a su mesa, sus miradas se habían cruzado. Al llegar a la barra, había girado la cabeza para volver a mirarlo detenidamente. Bebía un cóctel, chupando una pajita, con un brillo en los ojos que sugería que le gustaría estar chupando otra cosa.


—¿Puedo? —Pedro señaló el taburete. Nunca rechazaba a una mujer guapa que mostraba interés.


—Por favor —unos labios carnosos, muy besables, se curvaron. Los ojos azul oscuro brillaron.


Venganza Y Seducción: Sinopsis

En un juego de venganza, ella se encontrará con su enemigo en el altar…


El multimillonario Pedro Alfonso había destruido a la familia de Paula Chaves, y ya era hora de vengarse. Paula tenía un plan: Lo metería en un yate rumbo al Caribe, lo distraería y mientras, hundiría su empresa.


Pedro sospechó de Paula desde el principio, y eso le permitió manejarla a su antojo. Pero, a medida que el calor entre ellos aumentaba, el italiano comenzó a sentirse más inseguro y decidió terminar con la farsa y desenmascararla con una descabellada propuesta de matrimonio. Entonces, Paula, en una última maniobra… ¡Aceptó!

lunes, 26 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 72

—No me dí cuenta en su momento, porque estaba convencido de que el amor era innecesario, de que era una trampa, un peso que había que evitar. Mi padre intentó hacerme cambiar de opinión, pero no le hice caso. Me dijo que las mujeres eran lo mejor que había en el mundo, que había que respetarlas, quererlas y protegerlas. Y me lo tomé en sentido literal. Pero no se refería a las mujeres como tales, sino al amor.


—Debió de ser un hombre increíble. Sé que fue duro para tí perderlo.


Al ver su expresión compasiva, creyó que sería un buen momento para hablarle de su madre, de que fue él quien la encontró aquella mañana de Navidad, y poder librarse del sentimiento de culpa, el miedo y el trauma que seguían persiguiéndolo, por haberla culpado de algo de lo que no era responsable. Y tal vez se lo contaría un día, porque Paula lo escucharía y lo ayudaría a superar el dolor y la tristeza.  Pero se mordió la lengua porque sabía que, si ahora le hablaba de ese día terrible, estaría manipulándola emocionalmente. Y no podía seguir haciéndolo, cuando la quería tanto. Así que se limitó a sacarse una mano del bolsillo y tomar la de ella, que se llevó a los labios. Notó que ella se estremecía y sonrió, pero se la soltó y le dijo lo que debía haber dicho hacía dos semanas.


—Sí fue un gran hombre y un padre increíble, porque era valiente, sincero y no le temía al amor. Igual que tú.


—¿Qué intentas decirme?


Él observó que la esperanza volvía a brillarle en los ojos, por lo que se percató de que lo había perdonado. Lleno de alegría, se prometió que no volvería a despreciar el amor ni a temerlo. Nunca más. Porque protegerse a sí mismo no era tan importante como protegerla a ella.


—Mo mhuirnín —murmuró sacándose la otra mano del bolsillo para acariciarle la mejilla—. ¿Acaso no es evidente? Lo que intento decirte es que te adoro y que siempre te adoraré.


Ella aún parecía desconcertada, pero él notó que lo creía porque, además de inteligente, hermosa y fuerte, era intuitiva. «¡Qué mujer!».


—¿De verdad?


—Sí, de verdad. ¿Te quieres casar conmigo?


Ella esbozó una sonrisa que le iluminó el rostro como un rayo de sol.


—Supongo —contestó, como si quisiera hacerse de rogar, pero sus ojos brillantes de alegría le dijeron lo que él quería saber.


—Menos mal —la abrazó por la cintura y la levantó del suelo.


Ella lanzó un grito de gozo cuando Pedro comenzó a dar vueltas, antes de depositarla en el suelo. Sus bocas se unieron. El beso pasó de duce a carnal en cuestión de segundos, pero él se hizo una promesa antes de dedicarse a asuntos más urgentes. «Prometo demostrarle todos los días de nuestra vida lo mucho que la valoro y la quiero. ¿Me oyes, papá?».







FIN

Te Necesito: Capítulo 71

 —No eres el único culpable, Pedro —se miró los pies. Reconocer la verdad la asustaba.


—He estado dispuesta aceptar que me dieras muy poco. Aunque me hayas mentido sobre Rafael, me dijiste que no podías quererme, que ni siquiera creías en el amor.


Alzó la cabeza. Debía mirarlo a los ojos para salvarse y que él se salvara.


—Sin embargo, accedí a casarme contigo, e incluso a que tuviéramos un hijo, sin pedirte nada más. Siempre he aceptado de todos menos de lo que deseo: De mi madre, de mi padre, de mi hermano e incluso de Leandro. Y he hecho lo mismo contigo. Soy culpable de eso.


Probablemente, él le diría que su proposición matrimonial no solo tenía que ver con su relación con Rafael. Ella había reflexionado mucho sobre ello y había llegado a la conclusión de que no mentía. Él le había explicado con todo detalle por qué quería casarse y tener hijos con ella, la primera vez que se acostaron. Era ella la que había intentado ver lo que no había en esa explicación.


—Pero ya no puedo, no quiero. Si me has traído aquí para decirme que tu proposición matrimonial no era solo para vengarte de Rafael, ya lo había aceptado. Pero no me basta para cambiar de idea sobre nosotros dos, porque no voy a volver a conformarme con menos de lo que merezco.


Pedro se metió las manos en los bolsillos. Sentía miedo y deseo a la vez. ¿Alguna vez había tenido Paula un aspecto tan magnífico? El cansancio de sus ojos no disminuía el aura de fuerza y belleza que desprendía. ¿Se había dado cuenta él verdaderamente de la increíble mujer que era?, ¿De que no solo era inteligente, compasiva y bondadosa, sino también fuerte? Cerró los puños para resistir la tentación de acariciarle el rostro, de besárselo, de utilizar la química que había entre ellos para evitar que dejara de escrutarlo. Pero sabía que no tendría derecho a tocarla hasta que no le hubiera compensado el mal que le había hecho. Había pensado empezar diciéndole que la proposición matrimonial no tenía nada que ver con Rafael, Sonia o Joaquín; que ya se había olvidado de su resentimiento hacia su hermano, pero eso ya lo había descubierto sola.


—Entendido —dijo él.


Pero cuando ella fue a pasar de nuevo a su lado para marcharse, le dijo lo único que pensaba que la detendría: La pura verdad.


—Creo que me enamoré de tí el día que te conocí, Paula.


—¿Cómo? —ella se quedó inmóvil y lo miró con los ojos como platos.


A Pedro le dolió la duda que reflejaba su rostro, pero pensó que, a pesar de que ella encarnaba todo aquello de lo que no podía prescindir para vivir, no era consciente de su valía personal. Y eso también era culpa de él y de todos los que no la habían valorado como se merecía. «Eso se va a acabar». 

Te Necesito: Capítulo 70

Ella le apoyó los brazos en el pecho y cerró los puños luchando por soltarse. Al aspirar su aroma se puso frenética. Pedro había tenido sus sueños y esperanzas en las manos y los había destrozado. Y ella no era lo bastante fuerte para volver a enfrentarse a eso y sobrevivir.


—Por favor, deja que me explique, que me disculpe… Hay muchas cosas que no sabes y que tenía que haberte contado —la agonía de su voz traspasó el pánico de ella, que dejó de luchar y comenzó a estremecerse de angustia.


—Paula —murmuró soltándola y tomándole el rostro entre las manos—. Tienes muy mal aspecto. ¿Es también por culpa mía?


Ella percibió la desolación en su voz y el arrepentimiento en sus ojos. Se soltó de sus manos y se abrazó a sí misma aferrándose a lo único que le quedaba: El orgullo.


—No pasa nada. Me recuperaré —afirmó tratando de salvar el último resto de dignidad que le quedaba.


—Claro que pasa —dijo él mesándose el cabello. 


Retrocedió para darle espacio, y ella pensó, por primera vez, que él también tenía muy mal aspecto, pues tenía ojeras, nuevas arrugas alrededor de la boca y una apariencia desaliñada, impropia de él. Reprimió un atisbo de esperanza, porque, ¿cómo iba a ser verdad? ¿Y acaso importaba? La había engañado.


—Lo he echado todo a perder porque no me fiaba de mis sentimientos —la voz, casi un susurro, resonó en la capilla—. Quiero explicarme, pero no volver a hacerte daño. No debería haberte engañado para que vinieras, pero estaba desesperado. Y lo que te tengo que decir no puedo hacerlo por teléfono ni por correo electrónico.


Se echó a un lado y se encogió de hombros. La sinceridad de sus ojos la conmovió. No era el hombre carismático y convincente del que se había enamorado, sino alguien tan confuso e inseguro como ella en aquel momento. Él alzó el brazo con cansancio señalando la puerta.


—Si quieres irte, si no deseas oír lo que tengo que decirte, no te lo impediré.


Ella le escrutó el rostro y el brillo esperanzado de sus ojos le resultó tan doloroso como su desolación anterior. Y de repente se percató de que no era el único culpable de la situación en que se hallaban. Lo había puesto en un pedestal y se había dejado vencer por su romántica imaginación. ¿Acaso lo había visto alguna vez como era, no como quería que fuese? ¿Había reconocido sus propios errores? Había aceptado de buen grado la situación y se había vuelto adicta al glamour, la excitación, el sexo espectacular y las descargas de adrenalina que le provocaba estar con él, que la deseara, sin detenerse a pensar en lo que ella necesitaba y se merecía. Lanzó un suspiro que rompió el tenso silencio. 

Te Necesito: Capítulo 69

Dos semanas después



Paula conducía un coche de alquiler y, al divisar el castillo de Kildaragh, se le hizo un nudo en la garganta. Cuando se detuvo frente a la puerta principal y contempló el sendero que llevaba a la cala donde había visto a Pedro nadando, se le aceleró la respiración. Una oleada de profunda tristeza se apoderó de ella; una tristeza de la que no sabía si sería capaz de librarse. «Carolina te ha prometido que él no iba a estar». Se quedó sentada en el coche unos segundos para recuperar la compostura y presentar su habitual imagen profesional. La boda se celebraría dos días después. Carolina le había rogado que acudiera para controlar los últimos detalles. Tras la ruptura con Pedro, encargó los preparativos restantes a una respetada organizadora de bodas de Galway, que aceptó encantada el prestigioso encargo. Se bajó del coche, agarró la carpeta que contenía la lista definitiva de preparativos que aseguraría a Imelda que todo iría de maravilla. Esa tarde comenzarían a llegar los invitados, así que ella había tomado un vuelo desde Londres a las cinco de la mañana para tranquilizar a Carolina y marcharse lo antes posible. La fatiga que sintió al subir los escalones de la capilla donde se había citado con Imelda no se debía a lo temprano que se había levantado ni al viaje. Llevaba dos semanas casi sin dormir. Soñaba con Pedro y de día la asaltaban los  recuerdos: Algunos excitantes; otros, dolorosos. «Deja de pensar en él. No te hace ningún bien». Revivir cada segundo de la relación no iba a cambiar nada ni a hacer que se sintiera menos estúpida. Él le había hecho daño, desde luego, pero ella se lo había consentido, por lo que también era responsable. Empujó la pesada puerta de roble y recorrió la nave, ya decorada con las cintas y los arreglos florales que había encargado a un florista local.


—Hola, Carolina. Soy Paula —gritó mientras miraba el reloj para comprobar que llegaba a la hora convenida—. ¿Dónde estás?


El interior de la capilla estaba oscuro. Hacía frío.


—No está —dijo una voz que la puso tensa y le aceleró el pulso.


Se volvió y allí, en la entrada, estaba Pedro. El corazón se le desbocó. Parecía el mismo, pero no era así. Llevaba el cabello, normalmente bien peinado, revuelto y se había dejado barba, pero cuando sus azules ojos la miraron, ella experimentó el sobresalto habitual. Soltó la carpeta y comenzó a temblar.


—¿Qué haces aquí? Carolina me había pro… Prometido… —comenzó a tartamudear—. Me dijo que estarías en Roma —el corazón le latía tan deprisa que la atragantaba.


`No podía ni quería volver a enfrentarse a lo mismo.


—Te mintió —afirmó él acercándose con precaución, como si ella fuera un animal salvaje que tuviera que domar—. Le pedí que lo hiciera para que vinieras y pudiera hablar contigo.


—No, no puedo… —negó con la cabeza mientras los ojos se le llenaban de lágrimas, a pesar de las muchas que había vertido.


Pasó a su lado apresuradamente para salir, pero él la agarró del antebrazo con delicadeza.


—Por favor, no vuelvas a huir de mí, Paula.

Te Necesito: Capítulo 68

En cuanto lo hizo, ella se bajó de un salto y salió corriendo. Al oír un portazo, se volvió y vió que Pedro la seguía. Parecía preocupado, probablemente porque se estaba comportando como si estuviera loca. 


—Cálmate, Paula, por favor. Vamos a hablar. Quiero que seas mi esposa —le miró el vientre—. Puede que estés embarazada de mi hijo.


Fue como si le hubiera dado un golpe. ¿Acaso el niño, que él decía que quería tener, formaba parte de todo aquello? Negó con la cabeza. No podía pensar es eso ahora.


—¿Me has querido, aunque solo sea un poco? —preguntó ella con la voz quebrada por la pena.


Él se puso tenso. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? ¿Cómo se había equivocado tanto? Si hasta él le había dicho que era incapaz de quererla. Pero no le había hecho caso. Paula se quitó el anillo y se lo tendió.


—Puedes quedártelo. Ya no lo quiero.


En lugar de agarrarlo, él se metió las manos en los bolsillos y la miró.


—No voy a hacerlo hasta que vuelvas al coche y entres en razón.


Estuvo a punto de lanzarle el anillo con la misma furia e impaciencia que él experimentaba. Pero el dolor le impedía sentir furia, por lo que lo metió en el bolsillo de la chaqueta que él le había puesto sobre los hombros y la tiró al suelo


—No me escuchas, Pedro —dijo ella con toda la firmeza de la que era capaz—. Ya no puedo ser tu esposa, porque te quiero y es evidente que tú nunca me querrás.


Vaciló y le dió unos segundos para que la contradijera, pero él no dijo nada. Y el corazón, por fin, le estalló en mil pedazos.


—Si hay niño, nuestros abogados hablarán del derecho de visita. No quiero volver a verte.


Dió media vuelta y se alejó de él. Se subió a un taxi y empleó las pocas fuerzas que le quedaban en dar la dirección al taxista. Pero cuando el vehículo arrancó y vió que Pedro la miraba, con la chaqueta en la mano, supo que le había mentido y que se estaba mintiendo a sí misma. Y cuando, dos días después, le mandó un mensaje para decirle que le había bajado la regla y que no habría niño, seguía teniendo el corazón hecho trizas y la agonía que experimentaba era aún más abrumadora. Continuaba queriéndolo y deseando la vida que creía que habrían podido tener juntos, aunque nada de todo aquello hubiera sido real.

Te Necesito: Capítulo 67

Todos esos pensamientos y sentimientos la habían asaltado a toda velocidad, pero no había tenido la ocasión de manifestarlos, antes de que Pedro interviniera. Y ahora lo único que se preguntaba era el porqué de su reacción. ¿De dónde provenía esa furia? Parecía que tenía que ver con la relación de ella con Rafael. Pero ¿Cómo podía ser, si apenas habían hablado del pasado? Él, desde luego, no le había preguntado por la relación con su hermano. Mientras el coche sorteaba el tráfico nocturno, Pedro le agarró la mano y se la apretó.


—Lo siento —dijo él de forma forzada y poco convincente, como si fuera por necesidad, no para disculparse.


Ella observó las manos de ambos unidas y el anillo que solo unas horas antes había aceptado tan deprisa. Se soltó de la mano de él, se la puso en el regazo y miró por la ventanilla. Los adornos navideños que le habían encantado de camino al teatro no le aliviaron el peso que le oprimía el pecho.


—¿De qué conoces a mi hermano?


Se produjo un tenso silencio. Ella se obligó a mirarlo y vio que estaba indeciso.


—No me mientas, por favor. Sé que tiene que ver conmigo.


La intensidad de la mirada de Pedro le quemó la piel, pero se negó a desviar la vista y a dejar de mirarlo a los ojos. Al final, la resignación y el arrepentimiento los oscurecieron.


—Tu hermano es el canalla que dejó embarazada a Sonia hace cuatro años —musitó él con furia.


Paula respiró hondo, sorprendida de que aún pudiera seguirse sorprendiendo. Pero lo estaba, no solo por sus palabras, sino por la fría cólera de sus ojos. Y en ese momento la asaltaron una serie de recuerdos: Las palabras y acciones de Pedro durante el mes anterior, desde el momento en que se conocieron, que ella había disculpado por ignorancia e ingenuidad y perdonado con facilidad porque estaba resuelta a ver lo mejor de él, de ellos dos. Pero esas palabras y recuerdos ahora le parecieron muy distintos y vió clara su motivación; se dió cuenta de la dura realidad.


—¿Por eso me contrataste? —murmuró ella. Apenas podía respirar por la opresión que sentía en el pecho—. Por eso me lo pusiste todo tan difícil, por eso me invitaste a París…


—Puede que al principio. Estaba convencido de que era por él. Pero después…


Se miró las manos. Pero al ir a acariciarle la mejilla con el pulgar como había hecho tantas veces, ella se echó hacia atrás.


—No hagas eso, Paula —musitó—. Él no es el motivo de que yo…


—Claro que lo es.


La invadió el brutal sentimiento de ineptitud que la había perseguido durante la infancia y la adolescencia, cada vez que se volvía invisible para su madre, cada vez que su padre se negaba a reconocerla, cada vez que Rafael la alejaba de él, incluso cuando Tom murió, cuando ella deseaba tanto que viviera.


—Él es el motivo de que me hayas seducido y quieras casarte conmigo. Querías vengarte conmigo por lo que le hizo a tu hermana y a tu sobrino —afirmó con las lágrimas corriéndole por las mejillas y respirando con dificultad.


Volvía a ser la niña pequeña e insignificante a la que nadie quería. Se había esforzado en hacerla desaparecer, en convertirse en una mujer. Había fundado una empresa, había sido fuerte al perder a su mejor amigo y estaba dispuesta a entregarse por entero a Pedro, pero no era eso lo que él quería.


—No digas tonterías, Paula —dijo él al tiempo que intentaba acariciarla de nuevo.


La espalda de ella chocó con la puerta al apartarse de su mano. Paula apretó el botón que bajaba la luna que los separaba del chófer.


—Marcos, para el coche. Voy a bajarme.


—¿Pasa algo? —Marcos miró hacia atrás.


—Para el coche, Marcos —dijo Pedro.

Te Necesito: Capítulo 66

«Es la misma razón por la que está dispuesta a casarse contigo, a pesar de que no puedes quererla». Reprimió el desagradable pensamiento. Aunque no pudiera amar a Paula, la protegería del canalla de su hermano.


—Aléjate de ella —dijo con desprecio, incapaz de reconocer su propia voz—. No tienes derecho a hablarle.


—Pero ¿Qué…? —De Courtney lanzó un improperio. La sorpresa le había borrado la sonrisa—. ¿Quién te crees que eres para decirme eso?


—Soy quien se va a casar con ella.


Su furia comenzó a disminuir cuando notó que Katherine lo agarraba con fuerza del brazo. Bajó la vista y observó el brillo de los diamantes en su dedo.


—¿Qué pasa, Pedro? —ella tenía una expresión horrorizada y los ojos húmedos—. ¿De qué conoces a Rafael?


La tomó de la mano. De repente, lo único que quería era salir de allí. La vergüenza lo ahogaba.


—Debemos irnos. Tenemos que hablar.


—Pau, no seas idiota. Este hombre está loco.


Pedro la miró. El deseo de darle un puñetazo a De Courtney ya era prácticamente irrefrenable, pero contuvo la furia, mientras la vergüenza le hacía un nudo en el estómago. De Courtney no le importaba. Lo que importaba era sacar a Paula de allí para explicárselo, aunque ya no estaba seguro de qué iba a decirle. Aquel asunto se le había ido de las manos. Había dejado de pensar en Sonia y en el pequeño Joaquín, y solo quería proteger a Paula, lo cual no tenía sentido. Ella miró a su hermano y luego a Pedro. Y él vió en sus ojos una confianza absoluta que lo dejó destrozado.


—Muy bien —dijo ella—. Vámonos.


Salieron del bar sin hacer caso de los gritos de Rafael llamándolos locos. Al agarrarla de la mano notó un ahogo y un dolor en el corazón que lo aterrorizaron. Paula se estremeció tratando de recuperarse. El coche de Pedro se detuvo delante de la Royal Opera House. Había dejado el abrigo en el palco, pero no era el aire invernal lo que la hacía tiritar.


—Te estás quedando helada —él le echó su abrigo por los hombros y le pasó el brazo por la cintura para que entrara en el coche, mientras Marcos Morales les abría la puerta.


Paula aspiró el aroma familiar de Pedro, pero ni eso ni la sensación cálida de su brazo consiguieron cerrar el abismo que se le había abierto en el corazón. Se sentó muy erguida. Sabía que estaba en estado de shock. No dejaba de revivir la expresión de cólera en estado puro que había contraído el rostro de su prometido, convirtiéndolo en un desconocido, al mirar a su hermano y decirle lo que le había dicho. «Sé perfectamente quién eres». ¿De qué lo conocía Pedro? ¿Por qué no se lo había dicho? Lo cierto era que había pensado en ponerse en contacto con Rafael después de la conversación que Pedro y ella habían tenido en París. Sabía que vivía en Nueva York y había buscado la información necesaria para hablar con él. Su alejamiento era una estupidez, producto del orgullo de ambos. Se había dado cuenta de que Rafael se opuso a su boda con Leandro para protegerla. Era ella quien se había alejado al negarse a hablar con él hasta que se retractara, cosa que no hizo, ya que no le gustaba reconocer que se había equivocado. 

miércoles, 21 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 65

Después de abrirse paso entre la multitud, entraron en el bar reservado a los abonados que tenían un palco.


—¿Quieres una copa de champán? —preguntó él, para celebrar su compromiso.


Se estaba comportando como un idiota. Ella había accedido a casarse. ¿Por qué complicaba las cosas? Formarían un buen equipo. Incluso cabía la posibilidad de que ella llevara un niño en el vientre. Debía contarle la relación de su hermanastro con su familia, pero podía esperar hasta después de la boda, que planeaba celebrar lo antes posible. Quería tenerla en casa, que llevara su anillo y su apellido. Ella asintió, pero, cuando Pedro levantó la mano para hacer una seña al camarero, palideció al ver a alguien detrás de él. 


—¿Rafael?


Pedro se volvió y vio a un hombre alto con una mujer del brazo. Ella le resultó conocida, pero fue el hombre el que atrajo su atención. La sorpresa al reconocerlo lo atravesó como una bala.


—No sabía que te gustara la ópera —el susurro de Paula le llegó muy lejano, porque la furia le taponaba los oídos.


—No me gusta —contestó Rafael—. Pau, estás… —sus ojos, tan parecidos a los del sobrino de Pedro, se detuvieron en él y esbozó una sonrisa cáustica—. Hola… Alfonso, ¿Verdad? —dijo bruscamente mientras lo observaba con atención, como si estuviera valorando si era adecuado para salir con su hermana.


A Pedro, la furia lo ahogaba. ¿Quién se creía que era aquel canalla?


—He visto en los medios de comunicación que están saliendo — tendió la mano a Pedro—. Soy el hermano de Paula, Rafael De Courtney.


—Sé perfectamente quién eres.


Pedro miró la mano tendida y se metió la suya en el bolsillo. Apretó el puño tratando de contenerse para no darle a aquel canalla un puñetazo.


—¿Ah, sí? —Rafael frunció el ceño—. ¿Nos conocemos?


—Afortunadamente no, pero sé que eres un canalla.


—¡Pedro! —exclamó Paula, desconcertada por su grosería, pero a él le dió igual. ¿Cómo se atrevía ese hombre a decir que era hermano de ella? No tenía derecho.


¿Y cómo osaba mirarlo como si no fuera lo bastante bueno para salir con su hermana, cuando era él quien había fallado de forma tan espectacular?


—¿Qué te pasa? —le preguntó Paula, confusa.


Pedro se dió cuenta de que hacía mucho tiempo que debería haberle contado que Rafael De Courtney era el canalla que había seducido y abandonado a Sonia. Ahora era tarde para dar explicaciones. Lo único que le importaba era mantener alejada a Paula de aquel hombre. Había visto la sorpresa en el rostro de ella, seguida de un brillo placentero en sus ojos. Estaba dispuesta a perdonar a aquel canalla, a un hombre que llevaba años sin hablar con ella, que nunca se había portado como un verdadero hermano. Paula era demasiado bondadosa, compasiva y amable. 

Te Necesito: Capítulo 64

De repente se percató de que lo quería, aunque él no la correspondiera… Aún. Algún día lo haría, porque tenía la capacidad de amar. Ahora lo aterrorizaba volver a experimentar sentimientos tan profundos por alguien que no fuera de la familia, pero ella esperaría a que se desarrollaran. Le puso la mano en la mandíbula.


—Me encantaría llevar el anillo.


Él frunció el ceño, pero el deseo y algo muy parecido al triunfo incendió su mirada.


—¿Te casarás conmigo?


—Sí —susurró ella.


Él la agarró del cuello, la atrajo hacia sí y le devoró la boca. Se levantó y la levantó con él.


—Ponme las piernas alrededor de la cintura. Vamos a llegar tarde a la ópera.


Al final llegaron casi una hora tarde. Pedro se obligó a sacar de la cama a Paula. A él no le entusiasmaba la ópera, pero sabía que a ella le encantaba. Y si seguían en la cama, lo asustaba pensar que él no querría volver a levantarse. El deseo que se había apoderado de él hacía un mes no había disminuido. Se había obligado a marcharse de Londres sin Paula, tras haber descuidado sus negocios en el mundo durante tres semanas, desde que había vuelto de Australia dos días antes de lo previsto para estar con ella. Esperaba que, cuando ella llevara el anillo, aquel deseo comenzaría a debilitarse. No había tenido esa suerte, pensó al conducirla al palco privado en la ópera y observar que los ojos le brillaban de emoción con la voz de la soprano. Llevaba un vestido de satén azul y el cabello aún revuelto por haber hecho el amor, ¿Cómo podía ser que le pareciera más hermosa cada vez que la miraba? Al sentarse dirigió la mirada al anillo que le había puesto. ¿Por qué le había hablado de su madre? Se pasó el segundo acto deseando meterle la mano bajo el vestido y acariciarla. ¿Por qué experimentaba un deseo tan intenso de estar con ella?, ¿de poseerla de la única manera que sabía, cada vez que se le presentaba la ocasión? Era una locura. Y le daba la impresión de que iba más allá de la extraordinaria química que había entre ambos y de las ventajas de tipo práctico de casarse. Tenía que ver con la expresión de sus ojos, tan abierta, tan desprotegida, tan llena de esperanza, cuando le había dicho lo que nunca podía ofrecerle, y, no obstante, ella había aceptado casarse con él. Sabía que, en ese momento, Paula estaba convencida de que podía ser el hombre que necesitaba, cuando él sabía que no era así. Debería haberle dicho la verdad, hacerle entender que él no se merecía ser amado, que nunca lo sería, porque no podía corresponder. Había fallado a su madre al culparla por algo de lo que no era responsable. Y también le fallaría a Paula. Pero había sido incapaz de decírselo, porque deseaba tenerla a su lado. Ella lo miró y sonrió mientras aplaudía a los cantantes que se retiraban del escenario. Había llegado el intermedio.


—Bueno, al menos no nos hemos perdido toda la primera parte.


Él se levantó y le tendió la mano.


—Vamos a tomar algo. 

Te Necesito: Capítulo 63

Ella tuvo que aceptar determinadas cosas tras la muerte de su madre, como que se había dedicado más al arte que a proporcionar a su hija un hogar estable y seguro.


—Nada —murmuró él.


Sin embargo, ella se percató de que, por el color de sus mejillas tan impropio de él, en su proposición de matrimonio había más de lo que le había dicho. No se trataba de algo práctico ni de que el sexo fuera estupendo ni de la compañía que se habían hecho durante las semanas anteriores. ¿Era posible que Pedro la necesitara del mismo modo que ella?


—Sabes que puedes confiar en mí, ¿Verdad?


—No quiero hablar de eso —dijo él. 


Parecía frustrado, pero también inseguro, lo que tampoco era propio de él.


—Entiendo —dijo ella, resuelta a no presionarlo.


Él la agarró de la muñeca para atraerla hacia sí.


—No, no lo entiendes —murmuró.


Él le acarició la mejilla. Por primera vez, ella vio en la expresión de su rostro no solo pena y tristeza, sino culpa y vergüenza.


—Se suicidó. Nos abandonó a mis hermanas y a mí porque no podía vivir sin mi padre. Era muy frágil —dijo con voz dolorida.


La soltó y se levantó.


—Tuvo dos abortos, antes de tenernos a nosotros. Creo que eso destruyó una parte de sí misma. Y mi padre siempre lo tuvo en cuenta. Había días en que ella no se levantaba de la cama, por lo que él se encargaba de todo. Una vez le pregunté cómo soportaba que se pusiera así, y me dió una bofetada por decir eso de mi madre. Fue la única vez que me pegó.


Se dejó caer en el sofá y se puso la cabeza entre las manos.


—La quería tanto que le perdonaba todo. Y yo no lo entendía.


Paula se arrodilló frente a él y le puso las manos en las rodillas.


—Lo echo de menos todos los días, pero a ella no, aunque sé que la depresión no era culpa suya. Si eso es lo que hace el amor, no quiero que intervenga en mi matrimonio. Si es lo que quieres de mí, no puedo dártelo.


Abrió la mano donde tenía el hermoso anillo.


—Es probable que este anillo esté maldito. ¿Cómo no me he dado cuenta? —murmuró. 


Parecía tan perdido que a ella se le partió el corazón por el joven que al que le habían arrebatado tanto, tan deprisa, y que no había tenido tiempo ni espacio para superar el duelo por la pérdida. El amor no tenía que ver con la debilidad, pensó ella, sino con la fuerza. No podía curar la depresión ni la enfermedad mental, pero sí cicatrizar el corazón. Y no era algo que recibías, sino que dabas. El padre de Pedro lo había entendido y él también, aunque no se diera cuenta, porque, si no, no se habría esforzado tanto en mantener la familia unida tras la muerte de los padres. Pero no podía decirle nada de eso, sino demostrárselo. 

Te Necesito: Capítulo 62

 —Sí. Me gustaría que lo llevaras, ya que quiero casarme contigo, Paula.


—Pero… —se llevó instintivamente la mano al vientre.


Cuando él le había propuesto matrimonio, le pareció una reacción visceral, por lo que no había pensado mucho en ello, en parte porque habría resultado muy sencillo que su romántico corazón aceptara, a pesar de que le parecía una equivocación. Pedro le había dicho que no la quería y que no consideraba que el amor fuese necesario en una relación. Pero, desde entonces, sus sentimientos hacia él se habían vuelto más profundos. Ahora sabía que en la relación había mucho más que sexo. Pero ¿No era demasiado pronto? Aún no estaba segura de si él quería casarse por sentido del deber. Sabía que ella le importaba, porque se lo había demostrado de muchas formas, pero…


—Puede que no esté embarazada —dijo ella.


Observó su reacción. ¿Le había pedido que se casaran porque creía que era lo que debía hacer, después de lo que le había sucedido a su hermana?


—Debería haberme hecho una prueba de embarazo. Puedo hacerlo mañana, y así sabremos con seguridad si…


—Calla —le puso un dedo en los labios—. Esto no tiene que ver con la posibilidad de que estés embarazada —le cubrió la mano que tenía en el vientre con la suya—. Ya te he dicho que no me asusta ser padre; de hecho, estaría contento de serlo. Voy teniendo una edad —afirmó riendo—. Pero esto se refiere a nosotros dos. Quiero que seas mi esposa.


Ella se estremeció. El pánico fue desapareciendo y algo más inquietante lo sustituyó… La esperanza.


—Pero ¿Por qué, Pedro?


Él frunció el ceño como si la pregunta no tuviera sentido. Se levantó con el anillo en la mano, se alejó de ella y volvió.


—Porque es obvio que nos compenetramos. No puedo dejar de tocarte y me gustas incluso cuando no estamos desnudándonos. Eres buena compañía, divertida, encantadora y compasiva. Y, sobre todo, inteligente e independiente. El mes que llevamos juntos me ha demostrado que formaremos un equipo excelente. 


No era la declaración de amor con la que ella soñaba, pero ya sabía que Pedro era un hombre pragmático. Y lo que importaba no eran sus palabras, sino la emoción que ocultaban. Su agitación, su impaciencia y la frustración que denotaba su ceño fruncido eran más convincentes que el anillo que seguía guardando en el puño.


—Y… —volvió a arrodillarse ante ella y le tomó las manos. La miró con tanta intensidad que su resistencia se hizo pedazos—. Y si tenemos hijos ahora —dijo mirándole el vientre— o en el futuro, sé que serás una buena madre. Eres fuerte, lo que es importante, porque a veces la maternidad es difícil. Mi madre se esforzó… —se detuvo bruscamente y apartó la mirada.


—¿Qué ibas a decirme, Pedro? —musitó ella.


Él se levantó maldiciendo entre dientes. Se había sonrojado. No le había hablado de su madre. Lo único que Paula sabía era que Ana Alfonso había muerto dos años después de su esposo. En las semanas anteriores, en las contadas ocasiones en que él le había revelado algo personal, había hablado de su padre lo suficiente para saber que había sido una figura importante en su vida. Sabía lo mucho que lo había admirado y respetado, y lo traumática que le resultó su muerte en un accidente en la granja, aunque él no estuviera dispuesto a reconocer el trauma. Pero la relación de Pedro con su madre seguía siendo un misterio. No lo había presionado para que le hablara de ella. Sabía lo duro que podía ser no haber pasado el duelo, sobre todo si la relación con la persona fallecida era problemática. 

Te Necesito: Capítulo 61

 —El señor Alfonso me ha pedido que te lleve a su casa primero —contestó Marcos, que se había convertido en un buen amigo. Y añadió sonriendo—: Falta más de una hora para que empiece la ópera.


—Muy bien —dijo ella sonriendo a su vez y excitada por poder estar a solas con Pedro durante una hora. 


Se sonrojó al pensar en lo que podrían hacer en ese tiempo, ya que llevaban dos días sin verse, pues él había tenido que marcharse de forma imprevista a Irlanda. El coche se detuvo ante la casa. Ella se despidió de Marcos y desmontó. Mientras subía los escalones deprisa, la puerta se abrió y apareció Pedro, guapísimo con el esmoquin que se había puesto para ir a la ópera.


—Hola, ya era hora. ¿Por qué has tardado tanto? —murmuró él, antes de que ella se lanzara a sus brazos. 


Él soltó una carcajada mientras lo abrazaba. Ella aspiró su delicioso aroma, emocionada y excitada. Él la llevó al interior de la casa y cerró la puerta con el pie.


—Yo también me alegro de verte —dijo antes de besarla en la boca.


Se besaron apasionadamente. Ella le acarició el abdomen, mientras él la agarraba de las nalgas, con el mismo deseo desesperado de siempre. Pero cuando ella comenzó a desabotonarle la camisa con dedos torpes, ansiosa de acariciarle la piel, él apartó la boca, se separó de ella y la agarró de las manos para mantenerla a distancia.


—Espera un momento. Tenemos que dejarlo hasta después de la ópera —dijo mirándola a los ojos con una sonrisa tensa.


—¿Por qué? —preguntó ella, incapaz de ocultar su decepción. 


Él rió.


—No pongas esa cara —le acarició el labio inferior con el pulgar—. Tengo algo para tí.


La agarró de la mano y la condujo a la biblioteca.


—Siéntate —dijo soltándola de la mano. 


Se acercó a la caja fuerte y sacó un estuche de terciopelo. A ella se le aceleró el pulso mientras él volvía y se arrodillaba.


—Pedro… —susurró, tan asombrada que casi no podía respirar.


Él no había vuelto a hablar de casarse, por lo que ella supuso que había cambiado de opinión. Pero, cuando él abrió el estuche, donde había un anillo de diamantes, dejó de respirar del todo. Él la tomó de la barbilla y le levantó la cabeza para que lo mirara. Luego le acarició la mejilla.


—Respira, Paula —murmuró con voz ronca. Sacó el anillo, dejó el estuche y, con la otra mano, levantó los temblorosos dedos de ella. —Es el anillo de mi madre. He ido a Irlanda a buscarlo y a preguntar a mis hermanas si les parecía bien que me lo trajera.


—¿Ah, sí? —preguntó ella, aún aturdida. Tuvo que respirar porque se iba a desmayar.


Aún no conocía a Sonia ni a su hijo Joaquín, pero había entablado muy buena relación con Carolina, que parecía estar muy contenta porque su hermano saliera, por fin, con una mujer de verdad, por lo que pensó que era una idea magnífica que él hubiera ido a hablar a sus hermanas de su boda. 

lunes, 19 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 60

 -¿Dónde vamos, Marcos? Creí que habíamos quedado con Pedro en la Royal Opera House —dijo Paula al chófer.


Esa noche se cumplían cuatro semanas en que Pedro y ella habían hecho el amor por primera vez en París. Y la regla seguía sin bajarle. Se decía que eso no significaba nada, ya que tenía un ciclo irregular, y a veces transcurrían seis semanas entre periodos. Claro que podía salir de dudas si se hacía una prueba de embarazo. Pero él no se lo había pedido. De hecho, no había vuelto a mencionar el posible embarazo, desde su vuelta de Australia hacía tres semanas, por lo que ella decidió esperar. Desde entonces, cada vez que hacían el amor, y lo hacían a menudo, Pedro usaba protección, por lo que ella se sentía apreciada pero insegura sobre cuál era verdaderamente la postura de él con respecto al embarazo. Supuso que él no quería presionarla, por lo que ella tampoco lo haría, ya que ni siquiera sabía qué pensar sobre el posible embarazo. Seguían en la fase de luna de miel de su relación. Tras tantos años sin ser consciente de sus necesidades sexuales, Paula había descubierto un aspecto de su personalidad que desconocía; un aspecto sensual, excitante, erótico e insaciable que intentaba satisfacer en cuanto se le presentaba la oportunidad. Sin embargo, lo más importante era que, por primera vez, se sentía verdaderamente miembro de una pareja. Su experiencia como esposa de Leandro había sido tan breve, además de marcada por la tragedia, que no tuvo tiempo de estar tranquilamente con él, de tener una conversación normal, como con Pedro.  Hablaban de todo, desde de en cuál de las residencias de él pasarían el fin de semana hasta de si comerían allí o irían a uno de los restaurantes de los que era cliente habitual.


La vida social de Paula había aumentado de forma espectacular. Marcos la iba a recoger varias tardes a la semana para conducirla a un acontecimiento en Londres o Dublín, incluso una vez a Milán, porque Pedro quería que lo acompañara. Al principio se ponía nerviosa. Estaba acostumbrada a organizar eventos, no a participar en ellos, pero pronto se volvió casi tan indiferente como él al hecho de viajar en su jet privado, tener chófer propio o codearse con estrellas de cine, políticos importantes, divas del pop, famosos deportistas y otros personajes. También se estaba habituando a la molesta atención de los paparazis. Pero los mejores momentos eran los íntimos en los que estaba a solas con Pedro. Ambos trabajaban mucho, por lo que las noches que pasaban juntos, generalmente en casa de él, le parecían un regalo especial. Seguía sin haberle sonsacado mucha información sobre sí mismo, pero le daba igual. Estaban empezando a conocerse, por lo que las grandes preguntas podían esperar. Le bastaba con estar con él y descubrir cosas pequeñas, como que sabía hacer un guiso irlandés, que se quedaba dormido, abrazado a ella, después de hacer el amor, o que se sabía de memoria la película Chicas malas, porque sus hermanas no paraban de verla en la adolescencia. 

Te Necesito: Capítulo 59

Ella observó una sala de estar de planta abierta, con cocina de mármol y acero. La vista de una inmensa piscina y de una playa con palmeras la dejó sin respiración. Pedro volvió a aparecer en la pantalla.


—Es preciosa.


—Ven conmigo la próxima vez. Te enseñaré a hacer surf.


—¿Cómo sabes que no sé? —bromeó ella. Y se alegró al oír su risa—. ¿Qué hora es ahí?


—Muy temprano —bostezó—. Fernando me ha dicho que estás muy ocupada.


—Sí, mucho.


Comenzó a hablarle de los nuevos clientes atropelladamente. De pronto, la necesidad de hablarle de lo que fuera le pareció fundamental. Al final se detuvo al ver que él bajaba la mirada.


—¿Qué pasa? —era capaz de notar el deseo en su ojos desde el otro extremo del planeta. Y lo sintió en su centro con la misma intensidad que hacía cinco días y que todas las noches desde entonces, en que se despertaba acalorada y sudorosa, con el sexo húmedo e hinchado y el recuerdo de la noche pasada juntos aún vívido.


—¿Qué llevas puesto?


Ella se mordió el labio inferior. Ahora deseaba llevar el salto de cama transparente que había estado a punto de comprarse para la llamada.


—El pijama.


—Enséñamelo —dijo él con voz cada vez más ronca.


Parecía que su incapacidad para vestirse adecuadamente para una video llamada de su amante no lo inmutaba.


—No es en absoluto sexy —dijo ella, casi tan avergonzada como excitada.


—Eso lo decidiré yo.


Ella levantó en móvil para que lo viera.


—¿Lo ves?


—Los cerditos voladores son excitantes —afirmó él con voz profunda y juguetona, que la recorrió el cuerpo entero y se le alojó en el sexo. 


—¿En serio?


Él rió de nuevo.


—¿Qué te parece perder también conmigo tu virginidad telefónica?


—Bien —susurró ella.


—¿Estás segura? Vas a tener que hacer lo que te diga. ¿No tienes dudas?


—No —consiguió decir ella.


El deseo le había hecho un nudo en la garganta equiparable al que tenía entre las piernas.


—Puedo hacerlo.


—Buena chica. Busca un sitio para apoyar el móvil de forma que te vea entera. Vas a necesitar las dos manos para lo que estoy pensando.


Al cabo de un par de minutos, ella consiguió colocar el móvil como él quería. Estaba tumbada en el sofá y seguía con el pijama puesto. ¿Cómo lograba él convertirla en un amasijo de desesperación con una simple mirada y una simple orden?


—Aunque me encantan los cerditos, creo que vamos a tener que librarnos de ellos. Quítate primero los pantalones —murmuró él.


Ella lo hizo y se quedó con la chaqueta del pijama y las braguitas. Percibió el olor a humedad que se desprendía de entre sus muslos. Pero lo que antes la habría avergonzado, ahora aumentaba su deseo. 

Te Necesito: Capítulo 58

El sexo era espectacular, tal vez en exceso, pero debería haber rechazado inmediatamente la proposición de Pedro. En cambio, le había dado la impresión de que podía convencerla, de que podía ser tan cínica y pragmática como él. Y no era así, sobre todo porque se temía que le inspiraba sentimientos con los que no sabía qué hacer. Sentimientos que no tenían tanto que ver con los dos espectaculares orgasmos que él le había provocado al hacer el amor por primera vez en su vida, ni con su atención hacia ella al ponerle un guardaespaldas para su seguridad, como con la pasión con la que hablaba de sus hermanas, su familia y la posibilidad de casarse y tener hijos. Ella siempre había deseado tenerlos, formar una familia a la que querer incondicionalmente y que, a su vez, la quisiera del mismo modo. Eso le bastaba para saber que no iba a tomarse la píldora del día siguiente, aunque no fuera la decisión más acertada. Lo cierto era que arriesgarse a quedarse accidentalmente embarazada, aunque la probabilidad fuera mínima, de un hombre al que apenas conocía no era lo que más la asustaba. Lo que la aterraba era que cuando le había propuesto que se casaran, en tono firme, práctico, directo y anti romántico, su estúpido corazón había gritado «Sí». Y no porque fuera multimillonario y pudiera convertir su empresa en la mejor para organizar eventos; ni porque fuera el amante más apasionado, de hecho el único, que había tenido; ni porque fuera increíblemente guapo, irresistible y carismático; ni siquiera porque supiera que probablemente sería mejor padre que el suyo. Por ninguno de esos motivos, sino porque ella había hecho algo muy estúpido durante aquel fin de semana juntos. Se había enamorado de un hombre del que no sabía si era capaz de corresponderla. Y por si aquello no fuera lo bastante delirante, corría el peligro de convencerse de que podía salir bien, de que, si le daba la oportunidad, él aprendería a quererla. Sabía que ansiaba ofrecérsela, ofrecérsela a ambos, a pesar de que el absurdo optimismo que la llevaba a creer que el amor siempre se abría camino, que siempre había un final feliz, ya la había destrozado una vez. Y nada le garantizaba que no volviera a suceder.


-¡Pedro! ¡Has llamado!


El corazón de Paula le dió un vuelco al ver aparecer el rostro de su amante en la pantalla del móvil, a las ocho de la tarde en punto. ¿Por qué había pensado que no llamaría? ¿Y de qué querría hablar? Porque tras cinco días separados, ella aún no tenía una respuesta coherente que darle. Había llegado a casa hacía una hora. Había trabajado mucho durante la semana para atender a la interminable lista de nuevos clientes, lo que contribuyó a que dejara de pensar constantemente en lo sucedido en París el fin de semana. Sin embargo, se lo recordaron las constantes llamadas y correos electrónicos de amigos y conocidos para preguntarle sobre el nuevo hombre que había en su vida. Al llegar a casa, se notó cansada, nerviosa y aterrada, a medida que se acercaba la hora concertada para la llamada. Mientras se duchaba, tardó mucho en decidir qué ponerse. Se maquilló, se desmaquilló y, al final se puso un pijama de algodón y pantuflas de conejo. «Muy seductora, ¿Verdad?».


—Claro que te he llamado —dijo él con una sonrisa cansada—. Te dije que lo haría.


—Así es —ella ya había descubierto durante su corta relación que era un hombre de palabra—. ¿Dónde estás?


—Mira —enfocó el móvil a su alrededor—. Es una casa que tengo en Gold Coast. Es mejor que alojarme en un hotel cuando te enfrentas a un desfase horario monumental.

Te Necesito: Capítulo 57

 —Parece un cuento de hadas. Se os ve muy compenetrados. Es tan romántico… —volvió a suspirar—. ¡Y solo se conocieron desde hace una semana! Es evidente que existe el amor a primera vista.


«Pero él no me quiere».


—Hola —dijo Florencia al ver al hombre que había entrado detrás de Paula.


—Flor, te presento a Morales, mi… —Paula titubeó. Aún no se creía lo mucho que le había cambiado la vida en un fin de semana.


—Soy su guardaespaldas y chófer, señorita Chaves —dijo el hombre sonriendo.


—Eso es.


—¿Ahora tienes guardaespaldas y chófer? —Florencia estaba tan atónita como Paula se había sentido cuando se lo habían presentado al aterrizar en Heathrow.


Después de dejar el equipaje en su casa, había ido directamente a la oficina, ansiosa por recuperar cierta normalidad. Pero la presencia de Marcos Morales no era lo único que lo hacía imposible, sino el tumulto de pensamientos y sentimientos que le provocaba que Pedro le hubiera propuesto matrimonio y que le pareciera bien tener un hijo. No lo había visto esa mañana, después de haberse pasado la noche en vela en el hotel. Y el mensaje que había recibido en el avión la había desconcertado. "Pasaré los próximos días viajando y en reuniones. Te llamaré el viernes a las ocho de la tarde, hora británica. Fernando se va a encargar de tu seguridad y te pondrá en contacto conmigo, si lo necesitas. Pedro". Al menos, ahora entendía lo de la «Seguridad». Fernanado le dijo que ya no era seguro que viajara en transporte público. Pedro quería que sus allegados tomaran ciertas medidas de seguridad. Aunque, en parte, ella quiso protestar cuando le presentó a Morales, ya que Pedro no era responsable de su seguridad, también se conmovió al ver que se había tomado la molestia de protegerla. Al final, Morales la llevó a su casa desde el aeropuerto, mientras ella reflexionaba sobre su reacción. Debía tener cuidado y no dejarse convencer con facilidad. La atención de Pedro ya la abrumaba lo suficiente como para que, además, interviniera su propia inseguridad. Siempre buscaba la atención masculina, tal vez porque se la habían negado de pequeña. Ya se había casado una vez por motivos equivocados. No debía caer en la trampa de creer que Pedro la quería simplemente porque tenía cierto complejo de salvador. Por eso, lo que debería haberla complacido, que su relación con Pedro hubiera dado el empuje a la empresa que ella llevaba meses esperando y planeando, le provocaba todo menos eso. En realidad, la presionaba y abrumaba más. Porque no era un verdadero idilio, como tampoco su matrimonio había sido real.

Te Necesito: Capítulo 56

 —No sé qué decir.


—Tienes mucho sobre lo que reflexionar —afirmó él sonriendo ante su expresión de perplejidad—. No debes decidirlo esta noche. Tienes tiempo. Mañana me marcho temprano en viaje de negocios a Australia. Cuando estés lista para volver a Londres, díselo a Fernando. Él se encargará de todo. 


Se levantaron. Él le puso un mechón detrás de la oreja reprimiendo el deseo de quitarle el albornoz y llevarla a la cama. Ya habría tiempo cuando volviera.


—Entonces, ¿No te veré por la mañana? —preguntó ella en tono decepcionado.


—No.


La besó en la frente conteniéndose para no hacerlo en la boca. Recogió la ropa del suelo.


—Volveré dentro de una semana —sabía que sería incapaz de estar alejado de ella más tiempo, pues ya deseaba volver a poseerla—. Así tendrás tiempo para reflexionar sobre mi propuesta.


Salió de la suite. Era un hombre resuelto, implacable, que había tenido éxito. Cuando se proponía algo, lo conseguía. Y ahora aspiraba a conseguir a Paula Chaves. Solo debía lograr que ella accediera a casarse. Aunque no pudiera ofrecerle el amor romántico que ella anhelaba, sí podía ofrecerle muchas ventajas tangibles: compañía, amistad, seguridad económica y la posibilidad de explorar la fabulosa química que había entre ambos. Ya ni siquiera lo molestaba que fuera hermana de Rafael De Courtney. Tendría que contarle su relación con Sonia y Joaquín. Pero aquel canalla también la había abandonado, así que no le debía ninguna clase de lealtad. 




-¡Madre mía, Paula! Ayer estabas deslumbrante. Las fotos que te sacaste con el multimillonario irlandés están en todas las redes sociales. ¿Por qué no me dijiste que ibas a acudir al Baile Lumière y que salías con Pedro Alfonso? ¿Cómo es? ¿Tan melancólico y divino como…?


—Hola, Flor —Paula interrumpió a su secretaria y mejor amiga, Florencia Meyer, mientras colgaba el abrigo en el perchero de la pequeña oficina del este de Londres—. ¿Cómo va todo?


En ese momento sonó el teléfono. Florencia descolgó el auricular. Además de secretaria, era la recepcionista.


—Chaves Events. Espere un momento, por favor —sonrió a Paula—. El teléfono lleva sonando desde que he llegado, hace dos horas.


Su rostro resplandecía con una mezcla de curiosidad y excitación.


—La empresa de Alfonso ha publicado en las redes sociales que Chaves Events está organizando un acontecimiento familiar, que no se ha revelado, para él y que así os conocisteis, por lo que nos hemos convertido en la empresa a la que hay que acudir para organizar eventos. Todo el mundo quiere contratarnos.


Lanzó un profundo suspiro y se apretó el auricular contra el pecho. 

viernes, 9 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 55

 —Ahora la chaqueta. Desabróchatela, mo mhuirnín —murmuró empleando la expresión irlandesa que ya había utilizado—. Despacio — añadió al ver que ella se desabrochaba los dos primeros botones a toda velocidad.


Ella trató de hacerlo más despacio, pero su mirada la torturaba. Cuando acabó, jadeaba.


—Enséñame los senos.


Ella se abrió la chaqueta y le mostró los pezones endurecidos. Él murmuró palabras apasionadas de aprobación.


—¿Te duelen?


—No te haces una idea —gimió ella.


Él volvió a reírse. 


—Juega con ellos.


Ella se los agarró entre dos dedos y se los acarició y pellizcó bajo su atenta mirada. El sexo le latía. Comenzó a moverse en el sofá elevando los senos y ofreciéndoselos, desesperada porque la acariciara. Sus palabras de estímulo y exigencia eran lo único que la unía a la realidad, hasta que casi pudo sentir sus labios, firmes y fuertes haciendo magia en sus turgentes senos.


—Quítate las braguitas.


Ella lo hizo. Ya estaba completamente desnuda. Todo su cuerpo era puro deseo.


—Ahora acaríciate donde más me deseas.


Ella deslizó los dedos por los húmedos pliegues y llegó a la hinchada protuberancia, que exigía satisfacción.


—Frótate con más fuerza, hasta que te arda, pero no llegues al orgasmo hasta que te lo diga.


Ella arqueó la espalda esforzándose en contenerse, mientras él la manejaba como si fuera una marioneta. Lo único que se oía era su respiración jadeante. Se acarició en círculos hasta que, desesperada, se introdujo en el centro. Estaba casi a punto de alcanzar el clímax. Lo oyó gruñir y supo que se estaba dando placer mientras la miraba y le daba órdenes. La idea de excitarlo tanto como él a ella la hizo sentirse poderosa. Él gimió.


—¡Ahora!


La invadieron oleadas de doloroso placer, de un placer intenso pero no suficiente. Se quedó exhausta y estremecida. El ritmo del corazón le fue disminuyendo. Oyó que él lanzaba una maldición y alzó la vista. Parecía tan aturdido como ella.


—Es el mejor sexo por teléfono que he tenido. Posees un talento innato.


Ella soltó una risa cansada. Estaba contenta. Tal vez, aunque solo fuera en aquello, podían ser iguales. 


—Vete a dormir —dijo él aún en tono autoritario, aunque menos seguro que al principio de la llamada—. Vas a necesitarlo, porque he decidido volver antes. Y cuando llegue a tu casa, voy a tenerte muy ocupada haciéndotelo de verdad.


Tal vez había cometido errores con Sonia y su madre, errores de los que siempre se arrepentiría. Pero ahora tendría la oportunidad de compensarlos.


Te Necesito: Capítulo 54

 —Pero Pedro… —se soltó de su mano—. No tengo diecinueve años, sino veinticuatro. Y no me has seducido: deseaba acostarme contigo. Y lo deseaba mucho. Y no voy a quedarme embarazada porque has tenido el buen juicio de utilizar un preservativo.


—Se ha rasgado —dijo él.


Ella palideció.


—Ah —dijo intentando tragar saliva y deshacer el nudo que se le había formado en la garganta.


—He debido de ser yo, con las prisas para ponérmelo. Es la primera vez que he abierto el envoltorio con los dientes. Puede que te hayas quedado embarazada, a no ser que emplees algún método anticonceptivo.


—Yo…


Volvió a tragar saliva y lo miró con los ojos muy abiertos y una expresión en que se mezclaban la preocupación, la culpa, el arrepentimiento y la vergüenza.


—No, no uso ninguno, pero hay pocas posibilidades de que me quede embarazada —carraspeó al tiempo que se sonrojaba—. Estoy al comienzo del ciclo.


Y él se percató, extrañamente, de que estaba contento de ser el primer hombre con el que tenía semejante conversación. «Chico, eres como los hombres de las cavernas». No era una reacción que se esperara, pero todo lo referente a su relación con Paula hasta ese momento estaba siendo inesperado, y lo raro era que, teniendo en cuenta que no le gustaban las sorpresas, era una cosa más sobre ella que le resultaba fascinante.


—Podría tomarme la píldora anticonceptiva del día siguiente.


—Sí, si es lo que deseas. ¿Pero es eso lo que quieres?


La verdad era que su reacción habría sido muy distinta si se hubiera roto el preservativo con alguna de las otras mujeres con las que había estado. Al quitárselo en el cuarto de baño y darse cuenta del problema, no sintió pánico ni se sintió atrapado. La posibilidad de un embarazo le pareció inevitable, fortuita. Sintió el peso de la promesa a su padre, pero, más que eso, se imaginó al niño que tendrían, que sería optimista y compasivo como ella, y ambicioso y resuelto como él.  Adoraba al hijo de Sonia. La familia constituía una parte muy importante de su vida. Era la base sobre la que había construido su imperio. Tras la muerte de su madre, nunca había eludido sus responsabilidades. Era uno de los motivos por los que había trabajado tanto para amasar una fortuna. Pero hasta ese momento había evitado plantearse tener hijos. Sin embargo, al examinar el preservativo roto y darse cuenta de lo sucedido, una extraña calma se apoderó de él, pues pensó que ya no le correspondía tomar la decisión. El destino era una poderosa fuerza en la que creía; al fin y al cabo, era irlandés de pura cepa. Y si el destino había decidido que debían tener un hijo…


—¿Me estás diciendo que no quieres que la tome? —preguntó ella.


La sorpresa había dado paso a la confusión. Él le acarició los labios con el pulgar ante la urgente necesidad de tocarla, de hacer aquel momento más tangible y real.


—Eres tú quien decide, pero, sinceramente, cuando ví el preservativo roto me dí cuenta de que no me contrariaba la perspectiva de un embarazo.


—¿En serio? ¿No estás enfadado? Acabamos de conocernos y ni siquiera estamos saliendo.


—Ahora lo estamos —afirmó él, por si ella lo dudaba—. Y no estoy enfadado —añadió, sorprendido por la seguridad con que hablaba—. La familia lo es todo para mí. Y creo que sería un buen padre. Ya tengo mucha práctica. 

Te Necesito: Capítulo 53

Lo único que le preocupaba a Pedro era su romanticismo: La dulzura que lo había cautivado esa tarde podía convertirse en un problema. Sin embargo, después de haber hablado con ella sobre los verdaderos motivos de su matrimonio, estaba convencido de que era una buena candidata. Ya había estado casada, pero no por amor. Y aunque fuera inexperta en asuntos sexuales y una romántica, entendía que el matrimonio podía ser un acuerdo práctico. Además, había química entre ellos, que acabaría por desaparecer con el tiempo, pero que, hasta que eso sucediera sería una base importante para su unión. Y ella lo divertía. Esa tarde se lo habían pasado muy bien. Eso tenía que significar algo. La verdad era que no buscaba una gran pasión en su relación con las mujeres, porque sabía dónde podía conducir semejante devoción. Pero nunca había considerado la posibilidad de ser amigo de las mujeres con las que salía. Nunca había disfrutado de su compañía como lo había hecho ese día con la de Paula, por lo que deseaba saber mucho más de ella. Hasta ese momento no se había planteado seriamente casarse, a pesar de sus ventajas, porque la mera idea lo aburría. Pero no se veía aburriéndose con ella, a diferencia de con las demás mujeres.



—¿Bromeas? —preguntó ella mirándolo como si hubiera perdido el juicio.


—En absoluto. Te he robado la virginidad —dijo él con gravedad—. Y eso tiene para mí un profundo significado.


La tomó de la mano, cada vez más seguro de que aquel era el camino que debía elegir. Porque él no había hecho lo mismo que Rafael De Courtney con Sonia. Aquel canalla había seducido a su hermana y la había abandonado. La diferencia estaba en que él, Pedro, había querido evitar el riesgo de embarazo, pero, de todos modos, tenía una deuda que debía pagar.


—A los dieciséis años prometí a mi padre en su lecho de muerte que protegería a las mujeres que formaran parte de mi vida. Le fallé a mi hermana Sonia.


«Y a mi madre». Hizo una pausa para contener la emoción que el pensamiento le causaba.


—Me niego a fallarte a tí también.


—¿Por qué le fallaste a tu hermana? —preguntó ella con expresión preocupada.


¿Cómo era posible que fuera tan inocente, tan compasiva, después de todo aquello por lo que había tenido que pasar en su vida?


—Ya te lo había contado. Se quedó embarazada a los diecinueve años. Me niego a ser como el que la sedujo. ¿Lo entiendes?

Te Necesito: Capítulo 52

 —Así que te casaste por compasión.


La verdad le pareció dura, implacable e infantil al oírsela decir. La vergüenza se añadió al sentimiento de culpa. Hacía años, Rafael la había acusado de lo mismo y ella se enfadó mucho porque él redujera lo que sentía por Leandro a algo tan estúpido. Se convenció de que Rafael era incapaz de amar, así que no entendía que otros lo hicieran. Le dijo que se equivocaba, que no comprendía lo que sentía por Leandro. Pero ahora se percataba de que el amor que sentía por él no era el que conducía al matrimonio. Y ni siquiera estaba segura de haberse casado por el bien de Leandro. Estaba dispuesta a que las cosas mejoraran, a ofrecerle un motivo para vivir, pero también a demostrar a su hermano que se equivocaba. Le había dado falsas esperanzas, un falso matrimonio que a ella la hizo sentirse mejor ante la perspectiva de perder a su mejor amigo.


—Pensé que, si me casaba con él, todo se arreglaría, que él mejoraría y que lo haría feliz.


Rió sin alegría al recordar las palabras de Leandro en la noche de bodas, en lo culpable que se sentía porque no podía ser un esposo de verdad para ella.


—Yo era muy joven. No sé en qué pensaba.


Pedro le apretó la mano.


—No te fustigues. No tiene sentido lamentarse de lo que ya no tiene remedio.


Ella suspiró.


—Supongo que no.


—Y es mejor casarse sin esas tonterías sobre el amor. Al menos, ahora lo sabes, lo que hará nuestra situación mucho más fácil.


Ella se volvió hacia él sorprendida por sus palabras.


—No te entiendo. ¿Qué tiene que ver mi matrimonio con nosotros?


Sobre todo, porque no había un «Nosotros». Aunque se le acelerara el corazón al pensar que pudiera haberlo. «¡Fantástico! Ahora, además de haberme vuelto insaciable, deliro».


—No mucho, salvo porque creo que deberías casarte conmigo.


¿Qué? Paula miró a Pedro como si le acabara de decir que se tiraran juntos por el balcón.


Él esperaba que se sorprendiera y que lo rechazara. Al fin y al cabo, apenas se conocían. Lo que no se esperaba era su mirada de total desconcierto. Lo había pensado en el cuarto de baño, mientras intentaba calmarse tras el tumultuoso orgasmo, el descubrimiento de la virginidad de ella y de los riesgos que la había hecho correr. Era la mejor solución y el único modo de cumplir la sagrada promesa que había hecho a su padre en su lecho de muerte de no aprovecharse de la inocencia de una mujer. Su padre le hizo prometer que protegería a su madre y hermanas. ¿Acaso Paula era distinta? La había abandonado el mismo canalla que había abandonado a Sonia. Además, de su unión derivarían otros prosaicos beneficios. Llevaba un tiempo pensando que casarse sería un movimiento acertado para la empresa y que le estabilizaría la vida. Karen le había dado la idea con sus constantes preguntas sobre el tema, pero no era la candidata ideal. Pero, a diferencia de ella, le saldría muy barato mantener a Paula.

Te Necesito: Capítulo 51

 —¿Qué es lo que sientes?


—No haberte dicho que… —susurró avergonzada—. Que eras el primero. Creí que no te importaría tanto.


—Ya —se inclinó a recoger el bóxer, se levantó para ponérselo y salió del dormitorio sin decir nada y sin mirarla.


Ella oyó que tiraba de la cadena y abría el grifo. Se imaginó que había tirado el preservativo y se lavaba las manos. Esperó. ¿Estaba enfadado? ¿Por qué? Pedro volvió. Se había puesto un albornoz del hotel y llevaba otro en la mano que tendió a Paula.


—Póntelo para que podamos hablar.


Ella lo hizo, contenta de poder taparse. Seguía deseando sus caricias, a pesar del dolor que sentía entre los muslos. «¿Quién iba a decirme que tener sexo con Pedro Alfonso me volvería insaciable». La estúpida idea la ayudó a tranquilizarse un poco. Él se sentó en el sofá.


—Ven aquí —dijo tomándola de la mano y sentándola a su lado.


No parecía enfadado. Pero su forma de mirarla no la calmó. Era incapaz de protegerse de aquella mirada imparcial.


—¿Cómo eras virgen, si has estado casada?


La pregunta la hizo pensar en Leandro por primera vez. La pena seguía ahí, pero también el sentimiento de culpa. Racionalmente sabía que no había motivo para sentirse culpable. No había decidido dar aquel paso hasta no sentirse preparada. No había traicionado a su esposo, porque su matrimonio no fue tal, pero le parecía que traicionaría la amistad que había habido entre ambos, si le contaba la verdad a Pedro. Así que le dijo la mentira que llevaba años contándose a sí misma.


—Leandro estaba muy enfermo cuando nos casamos. No podía… — tartamudeó y se detuvo cuando él la miró con los ojos entrecerrados—. No era esa clase de matrimonio…


Carraspeó y se miró las manos. Por desgracia, se le daba fatal mentir.


—No era capaz de… —se detuvo bruscamente cuando él le levantó la cabeza y volvió a mirarla a los ojos.


—¿No era esa clase de matrimonio o él no era capaz? —preguntó él con voz calmada.


Ella se encogió de hombros y apartó la mirada. La culpa le había formado un nudo en la garganta. Había mentido a Leandro y a sí misma. Se habían engañado mutuamente con respecto a su matrimonio. Tal vez había llegado el momento de reconocerlo. Respiró hondo.


—Creo que las dos cosas.


Él le puso la mano sobre la suya y se la acarició con el pulgar.


—Explícamelo. ¿Por qué te cásate con él si no querían acostarse?


—Porque se moría y porque era mi mejor amigo —murmuró ella—. No tenía a nadie. No tenía familia, y no quería que estuviera solo —se secó las lágrimas con la manga del albornoz.


«Y yo tampoco quería estar sola». Por primera vez, se dió cuenta de la realidad.

miércoles, 7 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 50

«¡No! ¡Maldita sea!». El cerebro de Pedro se negaba a reconocerlo, pero ya era tarde. Notaba el deseo subiéndole por la columna vertebral. Era imposible seguir aplazando su satisfacción ni un minuto más.  Ella estaba tan caliente y tensa en torno a él que tenía que moverse, acabar de una vez. Era tarde para echarse atrás. Apretó la frente contra el pecho de ella y le besó un pezón, después la levantó y la dejó en el sofá. Ella parecía deslumbrada y mareada. No sabía lo que había hecho, pero daba igual. Él le puso la mano en la mejilla.


—Dime si te duele.


Tenía que dolerle. Sin embargo, ella negó con la cabeza.


—No me duele, me gusta.


Él la penetró todo lo lenta y cuidadosamente que pudo, ya que su cuerpo era pura desesperación. Notó que perdía el control, pero era incapaz de detenerse. Obligado a moverse, la embistió con más fuerza y rapidez. Retirándose y volviendo a introducirse en ella, el deseo se convirtió en un tsunami que lo arrastró hacia el clímax más intenso de su vida. Buscó el clítoris de Paula con torpeza, ansioso porque ella llegara al orgasmo antes que él. Ella tensó los músculos y sollozó retorciéndose debajo de él. Por fin, él se dejó ir, y todo lo que era, todo lo que creía ser, se hizo añicos mientras saltaba al abismo. Al estrellarse contra la tierra, recordó las últimas palabras que su padre le había dicho y que lo habían condenado. «Las mujeres son lo más importante que tenemos. Recuérdalo y protégelas y respétalas. ¿Me lo prometes, hijo? Nunca tomes lo que no puedas devolver». Paula estaba saciada y exhausta, con el cuerpo flácido y la mente confusa por un torrente de pensamientos y emociones. Conall tenía la cabeza apoyada en su hombro. La erección seguía firme en el interior de ella. Los jadeos de ambos llenaban el silencio. Poco a poco, ella recuperó el ritmo de la respiración. Le acarició la mejilla y le retiró el húmedo cabello de la frente con ternura e intentó no dejarse llevar por la emoción. «Solo ha sido química y una aventura maravillosa. Que sea la primera vez que lo haces, no significa que sea algo más que sexo». Él se removió y alzó la cabeza. Su mirada, intensa y no totalmente feliz, le escrutó el rostro. La expresión de sus ojos no tenía sentido. Ella se esperaba sorpresa, incluso fastidio, por no haberle dicho que era virgen. Se había dado cuenta de su error cuando él se lo había preguntado, sorprendido. Pero ahora parecía… ¿Resignado? ¿Lamentaba lo que acababan de hacer? Se le hizo un nudo en el estómago, pero antes de que pudiera decir nada, él se separó de ella y se sentó.


—Pedro, lo siento.


¿Verdaderamente importaba que él hubiera sido el primero? Su virginidad era asunto de ella. No se había propuesto engañarlo. Además, ¿Qué más le daba a él? Para ella era más importante de lo que se había imaginado. No se esperaba que la primera experiencia fuera tan abrumadora, que la pasión y el placer fueran tan íntimos e intensos, aunque dudaba que lo hubieran sido para él. Era evidente que él estaba acostumbrado a semejantes sensaciones. Había estado con muchas mujeres, antes que con ella. Él volvió la cabeza para mirarla.