Se metió por la cabeza una camiseta y, de nuevo en el dormitorio, descolgó el cuadro favorito de Paula. Fue una sorpresa ver que escondía una caja fuerte. De no sentirse como si le hubiera pasado un camión por encima, se reiría del cliché. Una luz verde anunció la apertura de la puerta. Del interior de la caja sacó un viejo maletín, que abrió sin pestañear. Contenía dinero. Un montón de dinero.
—Aquí hay cinco millones de dólares —dijo sin aspavientos—. Quédatelo. Es tuyo. Nadia llega temprano. Dale tu número de cuenta y te transferiré otro millón. Ese dinero y este piso serán pago más que de sobra por un matrimonio que solo ha durado tres meses.
—¿Estás acabando?
Tenía la cabeza aturdida, pero el corazón y todo lo demás dentro de ella se contraía y temblaba violentamente.
—¿Cómo puedo acabar con algo que era solo temporal? —espetó.
Iba hacia la puerta cuando una furiosa descarga de adrenalina la lanzó hacia delante y se interpuso entre la puerta y él.
—¿Se puede saber qué narices te pasa?
—Te voy a decir lo que pasa, princesa. Creía que podíamos tener un futuro juntos. Creía que podíamos ser una familia. He hecho todo lo que ha estado en mi mano para enmendar el daño que te he causado, pero no ha sido suficiente, y tú no confías en mí. Ni siquiera has llegado a considerar que lo nuestro podría ser permanente porque se te ha metido en la cabeza que, en cuanto digas que sí, yo te voy a poner una cadena y una bola de hierro atada al tobillo, con un sello en la frente que diga que eres de mi propiedad… Igual que ha hecho tu padre. Que puedas pensar algo así de mí… —la miró con desdén—. ¿Quieres tu libertad? ¿Pues sabes qué, princesa? Que esa libertad empieza en este momento. Te regalo este piso. ¿Te parece bien?
—¡Yo no quiero tu casa! —gritó, pero en realidad tenía ganas de insultarle.
—Es el lugar más seguro para mi hijo —contestó, cruzándose de brazos—. Tiene seguridad, y gente de confianza al lado por si llegas a necesitarla. Pero no pienses ni por un segundo que voy a renunciar a mi responsabilidad con el bebé. Voy a ser su padre y a quererlo por encima detodo. Intenta separarlo de mí y te llevaré a los tribunales. Y ahora, apártate o te apartaré yo.
Paula se cruzó también de brazos y, alzándose sobre las puntas de los pies para quedar a su misma altura, se acercó cuanto le fue posible a su cara, sin rozarla. No se había dado cuenta de que las lágrimas le habían rodado por las mejillas hasta que fue a hablar y notó un sabor salado.
—¿Y te preguntas por qué no confío en tí, si eres capaz de tratarme así, apartándome porque no estoy dispuesta a complacerte? Ya he sido durante demasiado tiempo el felpudo de otros. Si pretendo tener un matrimonio de verdad, será una relación basada en el amor y en el respeto mutuo. Si hubieras tenido un poco más de paciencia, puede que hubiera tenido todo eso contigo, pero no tienes ni gota de paciencia. Contigo, todo tiene que ser inmediato. Ni siquiera te diste tiempo para asumir el luto por la muerte de tu padre porque estabas consumido por el deseo de venganza, y ahora te devora la culpa y piensas que una familia preconcebida puede servirte para purgar ese sentimiento.
—No te atrevas a meter a mi padre en esto.
Sus ojos se habían transformado en dos trozos de hielo color esmeralda.
—¡Él es la razón por la que estamos aquí! —respondió. Le temblaba la barbilla—. Te perdoné hace mucho tiempo por todas tus despreciables mentiras porque comprendí que actuabas empujado por el dolor de perderlo. Me obligué a hacerlo por el bien de nuestro hijo. Espero que, también por su bien, seas capaz de perdonarte a tí mismo algún día.
Su expresión no cambió. Era como hablar con un muro de ladrillo. Tampoco cambió cuando la alzó por la cintura para apartarla, ni cuando bajó las escaleras y salió de la casa. Y de su vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario