¿Acaso ella no se percataba del efecto que le producía? ¿Formaba también parte de la representación? Abrió el portátil y comenzó a realizar las llamadas que había previsto durante el vuelo, dispuesto a no volver a prestarle atención. Su forma de reaccionar ante el atractivo de ella constituía una complicación a la que debería enfrentarse lo antes posible, pensó él, mientras le llegaba el olor de su perfume con notas de naranja, canela y salvia. El olor era adictivo, pero no era el de un perfume caro, como se esperaba. Claro que, hasta aquel momento, todo lo referente a ella había sido inesperado, lo cual no le gustaba en absoluto.
Paula abrió los ojos al atravesar una zona de turbulencias y se encontró con la mirada de él. Se colocó el cabello detrás de las orejas y se irguió en el asiento sintiéndose violenta por haberse quedado dormida después de la cena que les habían servido. ¿Cuánto tiempo llevaba mirándola?
—Lo siento —murmuró.
Seguía avergonzada por haber llegado tarde al helipuerto y porque él se hubiera enfadado tanto. No solía retrasarse, pero había algo en él que la ponía nerviosa, aparte de excitarla. Era como si quisiera provocarla deliberadamente con aquellas inquietantes miradas y bruscas exigencias. Respiró hondo. «Contrólate, por favor. No es culpa de él, sino tuya. Estás cansada y un poco alterada porque has puesto muchas esperanzas en este trabajo». Casi todo en aquel encargo ya le parecía algo personal, tal vez por la forma extrema de reaccionar ante Alfonso y la presión para hacer bien el trabajo. Pero eso nada tenía que ver con él. Pedro asintió levemente aceptando la disculpa, como si se la debiera. A ella le molestó su despótica actitud. Era verdad que había llegado tarde, pero él había reaccionado de forma exagerada.
—Llegaremos dentro de diez minutos —dijo él.
Fueron sus primeras palabras desde el despegue. Llevaba dos horas y media sin prestarle atención.
Ella inclinó la cabeza y se obligó a sonreír.
—Me muero de ganas de ver su casa —afirmó intentando de nuevo establecer algo semejante a una relación con él.
Se le daba bien establecer una sólida relación laboral con sus clientes. Era muy sociable. Estaba segura de que si se empeñaba, podría ablandarlo para que no solo le mostrara su lado malo.
—Por las fotos de Internet, el castillo parece magnífico y es, desde luego, un sitio ideal para una boda. Su hermana tiene suerte —adularlo era una estrategia que aún no había empleado—. Sé que lo compró hace años y que se gastó una fortuna en restaurarlo, para lo que contrató a artesanos locales.
Parecía que la adulación tampoco servía. Los ojos de él siguieron tan impasibles e inquietantes como antes, cuando le había reprochado el retraso como si fuera una niña desobediente. Pero, entonces, sus labios esbozaron una sonrisa que no suavizó su mirada, sino que la intensificó. Ella notó una sensación de humedad entre las piernas y las cruzó.
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