Al presionar el botón del ascensor, notó que le temblaba la mano y la cerró. Debía controlar su reacción ante Alfonso porque, ¿Cómo, si no, iba a sobrevivir estando tan cerca de él durante una semana y a comportarse de manera mínimamente profesional? Tragó saliva de forma compulsiva. «No seas absurda, Paula. Eres una profesional y él es un cliente, el mejor que has tenido. Has trabajado mucho para conseguir esta oportunidad, por lo que no vas a echarla a perder por una reacción inadecuada». De todos modos, ¿Qué posibilidad había de que él fuera a involucrarse en la organización de la boda? Ya le había dejado claro que las bodas no le interesaban. Además, era un hombre muy ocupado. Para quien ella iba a trabajar era para Carolina, la novia, con independencia de quien pagara las facturas. Y de lo despótico, controlador e increíblemente atractivo que fuera su hermano.
-Llega tarde —gritó Pedro para hacerse oír por encima del ruido del helicóptero, cuando Paula Chaves apareció en la entrada del helipuerto, en la azotea de la Alfonso Tower.
Ella se apresuró a ir a su encuentro. Llevaba una bolsa pequeña y una enorme carpeta, probablemente llena de ideas que él rechazaría. Pero, mientras lo invadía la satisfacción al pensar lo mucho que iba a disfrutar al poner a la hermana de Rafael De Courtney en su sitio, el viento originado por las aspas del helicóptero pegó el abrigo al cuerpo de ella, lo que a él le provocó una punzada de deseo. Frunció el ceño y reconoció que la decisión de contratarla para una boda de cuya celebración no estaba seguro, cuando su plan inicial era sonsacarle información sobre su hermano, había sido impulsiva. Y él no lo era. Mientras ella se acercaba, pensó que era mucho más baja y que tenía más curvas que las mujeres que le resultaban atractivas, lo cual hizo que la reacción de su entrepierna le resultara aún más molesta. El sol se había puesto hacía unos minutos, y la luz acentuaba el brillo de su cabello castaño. Como si le hiciera falta. Los rebeldes rizos de la corta melena se balanceaban y atrajeron su atención hacia el leve sofoco de sus mejillas. «¿Le brillará igual la piel después de hacer el amor?». El pensamiento lo puso tenso y lo irritó, así como la constatación de que la decisión de invitarla a Connemara se debía tanto al efecto que le provocaba en la libido como a su relación con el hombre del que necesitaba averiguar muchas cosas, del modo más discreto posible. Hacer una entrevista al único familiar conocido de ese hombre le había parecido la solución perfecta, hasta que la vió y el deseo estalló en él.
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